Teorías del humor

Enrique Gallud Jardiel (Doctor en Filología Hispánica, profesor universitario, ensayista, escritor y humorista literario y escénico. Nieto del gran humorista Enrique Jardiel Poncela / español
Copyright © Enrique Gallud Jardiel. Publicado en Humor Sapiens con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

 


 

Teoría de la ignorancia: Platón

 

En Platón —y posteriormente en Aristóteles— hallamos el énfasis colocado sobre las implicaciones éticas de la risa. El fundamento de su incipiente teoría es la burla del propio ridículo, no del de los demás. Lo ridículo consiste esencialmente en una negación del precepto «Conócete a ti mismo», o sea, una carencia de autoconocimiento.[1] Platón define lo ridículo como un fallo del conocimiento de sí propio. Esto es risible en la gente común, pero terrible en gobernantes y gentes con responsabilidad especial.[2]

La filosofía de Platón consiste en contrastar el mundo ideal con el mundo cotidiano imperfecto que conocemos. La definición del ideal sirve como fuente de comicidad. El humor, según el filósofo, se basa en la propia ignorancia, en ver a los hombres como incapaces de observarse a sí mismos, revelándose faltas en lo que se suponía que eran virtudes. En esta expresión platónica se halla la base de las teorías del contraste de los sentimientos que más tarde habrían de elaborar los pensadores de la escuela alemana.

Es importante recordar que la risa en los humanos conserva muchos de los elementos de agresión y defensa que observamos en los primates. Esta dimensión de la risa ha sido inexplicablemente desdeñada por los numerosos estudios dedicados al tema. Sin embargo, Platón ya había subrayado inequívocamente esta dimensión negativa de la risa. Desde el momento en que la risa es un placer, reír ante el engreimiento de nuestros amigos constituye, por tanto, un regocijo ante sus desgracias y eso también implica malicia, lo que es doloroso. Así, la risa precisa del placer y del sufrimiento. Por ello, el humor es decadente. Se basa en la malicia y en la envidia.[3]

Posteriormente Quintiliano afirmaría que la risa siempre se asocia a algo bajo o humilde.

En cuanto a la relación entre el humor y el desconocimiento de uno mismo, autores modernos han compartido la opinión platónica. Entre ellos Baudelaire («Es necesario añadir que uno de los rasgos más característicos de lo cómico absoluto es el de ignorarse a sí mismo»[4]) y Bergson («Un personaje cómico es generalmente cómico en la exacta medida en que se ignora a sí mismo. Lo cómico es inconsciente.»[5])

 

 

 

[1] Platón: Filebo, 47-50.

[2] De hecho, Platón censuró el humor en las personas con responsabilidad. Afirmó que los guardianes de un estado ideal no podían darse a la risa. (La república, II, 388 E.)

[3] Cf. Salvatore Attardo, Linguistic Theories of Humour, pp. 19-20.

[4] Charles Baudelaire: Lo cómico y la caricatura, p. 50.

[5] Henri Bergson: La risa, p. 25.

 


 

Teoría de la mimesis: Aristóteles

 

El criterio aristotélico de lo cómico nos llega sólo a través de referencias ocasionales, dado que se perdió el enfoque que él hizo específicamente del tema.[1] Menciona el problema en sus obras Poética, Retórica y Ética a Nicómaco. El filósofo no se propone una definición exacta de lo risible, ni mucho menos presentar una teoría completa. Sólo quiere hacer notar que lo ridículo es un elemento esencial en la comedia y que el hombre es por naturaleza un animal ridens, aunque esto no es precisamente una virtud.[2]

La teoría de la mimesis o imitación postula que lo trágico imita a hombres superiores a lo normal y lo cómico, a hombres inferiores a nosotros mismos. En efecto, la diferencia esencial entre tragedia y comedia reside en que ésta última se ocupa de caracteres de un tipo inferior. En la comedia ve Aristóteles la imitación de los personajes de bajo valor, quizá influido por las obras de Aristófanes, el mejor comediógrafo de su tiempo:

La comedia es, como hemos dicho, mimesis de hombres inferiores, pero no en todo el vicio, sino en lo risible, que es parte de lo feo; pues lo risible es un defecto y una fealdad sin dolor ni daño, así, sin ir más lejos, la máscara cómica es algo feo y retorcido sin dolor.[3]

En resumen: la risa es el castigo de la fealdad. Pero en Aristóteles lo feo no tiene sólo un valor físico, sino también moral, en el sentido de «torpe». Por lo tanto podemos considerarle como el fundador de las teorías de la degradación que los escritores ingleses desarrollaron más tarde.

Aristóteles considera diversos beneficios en el empleo del humor. Permite las bromas porque cumplen algún servicio en la controversia. Nos recuerda que Gorgias decía que se debía matar la seriedad del oponente con las bromas; sus chistes, con seriedad, en lo que tenía razón.[4] También reconoce el carácter agresivo del humor: «El ingenio es la insolencia cultivada.»[5]

En esta concepción del humor, el gran seguidor de Aristóteles es Cicerón, quien se concentra en el uso del ridículo en la retórica e insiste en el énfasis de Aristóteles en la «deformidad». Posteriormente, Thomas Hobbes indicó que la risa estaba asociada a los débiles e incapaces que necesitan reírse de los defectos ajenos, «aquellos que tienen conciencia de lo exiguo de su propia capacidad. No es algo propio de los hombres grandes que se comparan sólo con los más capaces.»[6]

En tiempos más modernos Alexander Bain desarrolla la teoría y asegura que tanto la degradación de las personas como de los objetos puede ser hilarante. «Es sin duda la comicidad de la parodia la que ha sugerido a algunos filósofos, en particular a Alejandro Bain, la idea de definir lo cómico en general como una degradación.»[7] No obstante, Bain puntualiza que Aristóteles debiera haber dicho que la comedia trata de lo que se volvió vil, pero era previamente digno.

En cuanto a los oponentes directos de estas ideas ha de mencionarse a James Beattie, quien sostiene que la teoría de Aristóteles es incorrecta como explicación general de la risa, dado que los hombres ríen ante aquello en lo que no existen faltas ni vileza de ningún tipo. Además, lo risible no es, como sugiere Aristóteles, meramente una variedad de lo feo; por el contrario: los requerimientos de lo cómico posibilitan muchas veces la creación estética. No faltan las posturas éticas de lo que afirman que ridiculizar a alguien no es humor sino enfado o violencia.

 

 

 

[1] Nos referimos al libro I de la Poética, desafortunadamente perdido, en el que, al parecer, había teorizado sobre lo ridículo y sobre cuyo hallazgo se basa la famosa novela Il nome della rosa, de Umberto Eco.

[2] De hecho sostuvo que lo serio era lo rector de la vida y que lo cómico constituía una deficiencia moral o estética (Ética a Nicómaco, x, 6).

[3] Aristóteles: Poética, p. 67.

[4] Ibíd., Retórica, libro III.

[5] Ibíd., libro II, cap. 12, 16.

[6] Thomas Hobbes: Leviathan, libro I, cap. VI.

[7] Henri Bergson: La risa, p. 104.

 


 

Teoría del juego: Sto. Tomás de Aquino

 

Entre los autores que se ocupan de este tema, destaca por su profundidad y percepción Santo Tomás, quien trata del juego en la Suma de Teología, II-II, q. 168, arts. 2-4, y en su Comentario a la Ética a Nicómaco de Aristóteles, iv, 16. Su punto de vista en ambos libros es antropológico y ético: el papel de lo lúdico en la vida humana, la necesidad de jugar, las virtudes y los vicios en esta actividad.

El primer punto que se destaca en las reflexiones del filósofo es que el juego no es una actividad optativa: «Tal como indicamos, el juego es necesario para la vida humana.»[1] Así como el hombre necesita de reposo para el cuerpo para restablecerse, también necesita de reposo para el alma: lo que se hace por el jugar. Se recalca también que no existe en realidad la aparente oposición juego/trabajo. Ambos deben compaginarse. De hecho, como asegura L.J. Lauland [2], de la necesidad del juego para el alma se siguen consecuencias importantes para la educación: la enseñanza no puede ser aburrida. El fastidium es grave obstáculo para el aprendizaje.

Tomás basa sus reflexiones en las aseveraciones de Aristóteles quien, en su Ética a Nicómaco, afirma que la falta de juego constituye un vicio.[3] Pero va más allá y entre las novedades que aporta respecto al original, en su Comentario a la Ética a Nicómaco de Aristóteles, sobresale la fundamentación del jugar como virtud plena. Jugar es bueno por una causa principal: porque es útil a la vida humana como necesaria distensión ante la ansiedad de las preocupaciones y pesares de esta vida.

Esta razón queda bien probada en la siguiente frase: «Si lo lúdico no pudiera tener alguna razón de bien, no existiría ninguna virtud referente al mismo. Empero, lo lúdico tiene alguna razón de bien, en cuanto que es útil a la vida humana.»[4]

Aquí se parte de la base de la necesidad del hombre de relajarse y olvidar momentáneamente sus angustias:

Sabiendo, pues, que el descanso del alma se halla en el placer, como hemos visto anteriormente, debemos buscar un placer apropiado que alivie la fatiga espiritual procurando un relajamiento de tensión del espíritu.[5]

Este placer proporcionado por la relajación se consigue en los juegos de palabra y obra, lícitos para el hombre sabio y prudente. En el mismo artículo Utrum in ludis possit esse aliqua virtus [Si los juegos pueden ser objeto de virtud], Tomás menciona también a San Agustín, quien recomienda «ser indulgentes con nosotros mismos, relajando un poquito la tensión del espíritu».[6] Pasa, a continuación, a definir las formas lícitas de actitud ante el juego. Indica que la regulación de los placeres del jugar depende de la temperancia como virtud principal y de la eutrapelia como secundaria.[7] Sobre el primer punto trata en la misma cuestión, en disquisiciones sobre si en el exceso de juego puede haber pecado y si en el juego se puede pecar por defecto. Pero hace mayor énfasis en la existencia de una virtud específica del jugar: la eutrapelia[8] o virtud del buen jugar o bromear. El término lo toma de Aristóteles y lo traduce libremente como «alegría»: «[Aristóteles] dice que los que se comportan moderadamente en el T son llamados eutrapélicos, como divirtiéndose apropiadamente, porque lo que se dice o se hace, lo convierten en motivo de risa[9]

Según Sto. Tomás, el juego puede presentar diversas variedades —torpe, devoto y recreativo[10]—, en función de la evolución espiritual del que lo lleva a cabo:

Hay tres tipos de jugar: el que de por sí es torpe y ese tal debe ser evitado sobre todo por los penitentes, como el ludus que es el teatro lascivo. Otro ludus procede de la devoción y éste debe ser promovido. Hay finalmente un ludus que es oportuno de acuerdo con las circunstancias y que es bueno cuando sirve para tornar agradable el convivir.[11]

Esta última forma, el jugar, bien ordenado, es bueno y meritorio, pues sirve a la recreación.[12] Se encuentra, además, asociado de manera casi automática a las inteligencias superiores, otro de los puntos que toma de Aristóteles, quien afirma que el ignorante no puede apreciar las sutilezas del juego:

[Aristóteles] dice que el hombre agreste o rústico, sin cultivar, es inútil en la conversación o trato lúdicos, en nada contribuye a ello sino se contrista en todo. En esto es vicioso, en tanto detesta toda actividad lúdica, que es necesaria a la vida humana como cierto descanso.[13]

Finalmente, la teoría tomista sobre la relación entre el juego y la alegría y el humor pasa a consideraciones más metafísicas y menciona la intervención divina en el proceso de juego. La sabiduría divina juega[14] y se establece así la noción poética y metafórica de que la creación es producto del juego de Dios.[15]

 

 

 

[1] Tomás de Aquino: Summa de teología, ii-ii, 168, 3.

[2] L. Jean Lauland: «Lo lúdico en los fundamentos de la cosmovisión de Tomás de Aquino».

[3] Tomás de Aquino: Suma de teología, ii-ii, 168, 4.

[4] Ibíd., Comentario a la Ética a Nicómaco de Aristóteles, p. 279.

[5] Ibíd., Suma de teología, ii-ii, 168, 2. (Ver también i-ii, 1, 6.)

[6] Ibíd.

[7] Ibíd., iii Sent., 33, 2, 1 c.

[8] «Eutrapelia: Virtud de la moderación en las diversiones.» Martín Alonso: Enciclopedia del idioma, vol. iii, p. 1919.

[9] Tomás de Aquino: Comentario a la Ética a Nicómaco de Aristóteles, p. 280.

[10] Ibíd., Suma de teología, ii-ii, 138.

[11] Ibíd., iv Sent., 16, 4, 2 c.

[12] Ibíd., ii Sent., 4, 1, 5 c.

[13] Ibíd., Comentario a la Ética a Nicómaco de Aristóteles, p. 282.

[14] Ibíd., Suma de teología, i. Sent., 2, 2, 5.

[15] Como curiosidad podría establecerse un parangón con la teoría hindu de lîlâ, donde todo lo que acaece en el universo es también resultado del juego de dios. «[En la filosofía de la escuela Nyâya] se postula que las creaciones y destrucciones sucesivas del universo tienen lugar según la ley de causa y efecto que ata a los seres o debido quizá a un mero juego [lîlâ] de Îshvara [Dios].» Surendranath Dasgupta: A History of Indian Philosophy, vol. i, p. 325.

 

 


 

Teoría del placer: Juan Luis Vives

 

La denominada teoría del placer, enunciada por el humanista español Juan Luis Vives, es en extremo clara, como aparece expresada en su obra El alma y la vida: La risa es la huella de la alegría y el gozo. Esta concepción tiene una gran semejanza con la de Tomás de Aquino y, en general, con la visión del humor que mantenía la escolástica medieval. Afirma el filósofo: «La risa proviene de la alegría o de una deleitación nueva. Lo inesperado y repentino impresiona más y suscita mayor risa con mayor celeridad.»[1]

El teólogo jesuita Francisco Suárez reafirmó este punto en sus estudios sobre Aristóteles, estableciendo que la risa surge de la delectación y del gozo y que no hay nada que mueva a risa que al mismo tiempo no deleite.[2] Por ello, el lugar natural donde reina a sus anchas el humor y la risa es el mundo del pueblo llano y el mundo de los niños y de los amantes, que viven con plenitud.

Suárez mencionó asimismo que es necesaria la admiración, porque las cosas placenteras no producen risa si no traen consigo la novedad.

No obstante, Vives hacía referencia a una risa espontánea. La que no lo es, la provocada, la que se origina en la burla es negativa. El pensador trata de la maldad de la risa y rechaza la ridiculización de nuestros semejantes:

Reírse de lo bueno es maldad; de lo malo es crueldad; de lo indiferente es locura; escarnecer a los buenos es impiedad, a los malos, crueldad; a los conocidos, monstruosidad; a los desconocidos, desvarío, y burlarse del hombre es inhumano.[3]

En contra de esta teoría se manifestó William McDougall, quien rechazó el criterio de que la risa fuera una expresión de placer. Sostuvo que las situaciones que provocan risa son esencialmente displacenteras y nos disgustarían si no nos riéramos de ellas.[4]

En cambio, Max Eastman considera a la risa y a la sonrisa como grados diferentes de una misma reacción, siendo ambas expresión de placer. Para él, la risa no es un acto de rechazo, sino de aceptación, un medio de comunicación social del placer.[5] Eastman reconoce el hecho de que las situaciones risibles son, desde un punto de vista, siempre disgustantes. Pero el acto físico de la risa inhibe el pensamiento y produce un estado de euforia o bienestar.

 

 

 

[1] Juan Luis Vives: El alma y la vida, libro iii.

[2] Francisco Suárez: Commentaria una cum quaestionibus in libros Aristotelis De anima, cap. v, núms. 11 y ss.

[3] Juan Luis Vives: Introducción a la sabiduría, p. 86.

[4] Willian McDougall: Outline of Psychology, p. 165.

[5] Max Eastman: The Sense of Humour, cap. i.

 

 


 

Teoría del castigo: Ben Jonson

 

Esta teoría parte de la base de que la risa implica la intención de corregir al individuo asocial. Podría definirse como una especie de castigo cuya finalidad no sería otra que provocar en el individuo un cambio de actitud; desde esta perspectiva, reírse de alguien sería una forma de docencia. Según esta posición, la risa es un gesto social, mediante el que la colectividad misma castiga toda rigidez. Esta postura confiere a la risa no sólo una categoría de instrumento ético, sino una dimensión metafísica, ya que la risa quedaría vinculada a la contemplación filosófica del universo en razón de que ambas se preocupan por la discrepancia entre lo que es y lo que debería ser. La risa puede ser de utilidad al filósofo estimulando la autocorreccción y ayudándole en una evaluación racional y bien equilibrada del mundo.

El pionero en la enunciación de esta función correctiva de la risa fue, de nuevo, Aristóteles, quien reconoció el valor del ridículo en la retórica. También es conocida la frase de Horacio: «Castigat ridendo mores», que incita al empleo del humor como correctivo social.

Su mayor defensor es Ben Jonson, quien en varias de sus obras[1] desarrolla la teoría corriente de la función correctiva de la comedia, o sea, la crítica de las locuras de la humanidad: «La función primaria [de la comedia] es corregir faltas más que provocar la risa[2] Los críticos isabelinos, siguiendo a Ben Jonson, aseveraron que la función de la comedia era corregir las necedades de la humanidad al hacerlas parecer ridículas.

En la línea de Jonson se encuentra el poeta y novelista inglés George Meredith, quien nos proporciona un excelente enfoque literario de la función correctiva de la comedia en su obra An Essay on Comedy. El espíritu de la comedia es el espíritu del sentido común y su función es enseñar al mundo qué es lo que lo aflige. En su ensayo «On the Idea of Comedy and the Uses of the Comic Spirit», Meredith hace una verdadera celebración del poder civilizador del espíritu cómico. Según nos dice, la civilización se basa en el sentido común, que permite apreciar el humor.

Aunque la finalidad correctiva de la risa ha sido mencionada por muchos, quien mejor y más completamente la expone es Henri Bergson, ya que para él la risa es un correctivo social que está siempre destinado a eliminar los automatismos incrustados en el vivir.

Opuestos a esta teoría existen dos argumentos principales: el primero insiste en que la teoría de la función correctiva de la risa es inadecuada para explicar su surgimiento ante el ingenio o chiste verbal, que es similar a cualquier otro tipo de situación cómica. Y, en segundo lugar, parece evidente que la comedia no puede corregir las costumbres, dado que solamente suele ridiculizar aquellas que ya están socialmente condenadas. También se puede aducir que el castigo por actos no intencionados o errores no puede tener como finalidad disuadir a otros de un comportamiento similar.

 

 

 

[1] Every Man in his Humour y Every Man out of his Humour.

[2] Ben Jonson: Tiber, en Works, p. 764.

 

 


 

Teoría del escarnio: René Descartes

 

Antes de pasar a definir su teoría, conviene especificar que Descartes es el primero que se sitúa sobre lo psicológico más que sobre los problemas literarios y éticos.

Inicialmente Descartes considera a la risa como uno de los principales signos de alegría; pero sostiene que esa alegría, para causar risa, debe no ser muy grande y ha de hallarse mezclada con otros elementos, tales como admiración, sorpresa u hostilidad. Sobre este tercer elemento fundamenta su hipótesis: la risa tiene un punto de odio. Ya Francis Bacon había insistido en la «deformidad» como causa primera de la risa, pero Descartes va más allá y discute el escarnio, al que describe como un tipo de alegría mezclada con hostilidad, siendo este estado producto de la percepción de un mal menor en alguien que consideramos que se lo merece; esta experiencia, sobrevenida inesperadamente, nos conduce a la risa: «La irrisión o burla es una especie de gozo mezclado con odio, que proviene de que percibimos un pequeño mal en una persona que pensamos que es digna de él.»[1]

Respecto a la ridiculización especifica que cuando es moderada y cumple una función útil al presentar ridículo al vicio sin que el mofador se ría o muestre hostilidad personal, no debe ser considerada como pasión, sino como cualidad de un hombre virtuoso que pone de manifiesto la jocosidad de su humor y el equilibrio de su carácter, ambos muestras de virtud: «En cuanto a la broma modesta, que corrige los vicios de forma útil, haciéndolos parecer ridículos, [...] no es una pasión, sino una cualidad del hombre honesto.»[2]

Entre sus defensores se halla Alexander Bain, quien mantiene que todo humor supone la degradación de algo. Bergson también pertenece a esta escuela. Para Bergson, la risa puede intimidar humillando. Su famoso libro sobre la risa en realidad se refiere en gran medida a la risa como producto de la burla. Charles Lalo afirma que la gran mayoría de los análisis hacen de la risa un comportamiento de depreciación.[3]

Sin duda, la burla es uno de los aspectos de la risa y no ya en tanto que sublimación o catarsis de sentimientos agresivos, sino como agresión genuina: una burla puede ser —y con frecuencia lo es— más dolorosa que una bofetada. Ahora bien, reducir la risa y el porqué de la misma a tales manifestaciones resulta, a todas luces, insuficiente y exagerado, pues tal posición no explica la risa por placer. El humorista inglés Chesterton, quien no es del todo ajeno a esta posición, al considerar el humor como una apreciación bastante profunda y delicada de las absurdidades de los demás, se distancia, no obstante, sensiblemente de ella, porque no son sólo las debilidades del prójimo aquello que el humor pone de relieve, sino también las propias, dado que en el humorismo se tiene la sensación de ser objeto de risas, a la vez que se ríe uno mismo. El humor implica cierto reconocimiento de la debilidad humana. En cualquier caso, reducir el humor a la crueldad le parece, al escritor inglés, francamente desproporcionado.

 

 

 

[1] René Descartes: Las pasiones del alma, p. 251.

[2] Ibíd.,p. 252.

[3] Charles Lalo: L’esthétique experimentale contemporaine.

 

 


 

Teoría de la gloria súbita: Thomas Hobbes

 

La teoría del humor de Thomas Hobbes sobre la «gloria súbita» es uno de los criterios mejor conocidos sobre la risa y uno de los que más se preocupan del problema psicológico.

Hobbes sostuvo que la risa es el resultado directo de la percepción de que la otra persona es inferior a uno mismo. Por ejemplo, un amigo choca contra una farola, un músico falla una nota o un actor cómico hace el papel de tonto o incompetente.

Entonces, la pasión de la risa proviene de la visión instantánea de nuestra grandeza. Nuestro propio espíritu se siente superior, comparándonos con las debilidades de los otros hombres.

Existe una pasión que no tiene nombre, cuya expresión exterior es la risa, que siempre es alegría. Esta alegría no se debe a la mera percepción de un chiste, porque los hombres ríen por infortunios e indecencias, donde no existe ingenio ni broma alguna (Thomas Hobbes: Human Nature, cap. IX).

Sea lo que fuere que cause risa debe ser inesperado; este elemento es una «gloria súbita»: El entusiasmo repentino es la pasión que mueve a aquellos gestos que constituyen la risa; la causa o bien algún acto repentino que a nosotros mismos nos agrada o la aprensión de algo deforme en otras personas, en comparación con las cuales uno se ensalza a sí mismo. (Leviatán, pp. 87-88.)

Es evidente que esta alegría implica un claro sentimiento de superioridad. Reír mucho ante los defectos de los demás es signo de pusilanimidad, porque al hacerlo adquirimos superioridad sólo por virtud de la inferioridad de los otros. (Ibíd., p. 163.) Esta postura encontró bastantes seguidores.

El moralista y ensayista inglés Joseph Addison, un siglo antes, ya había apuntado la teoría de Hobbes con ejemplos que trataban de demostrar que siempre podemos atribuir la risa a un súbito sentimiento de superioridad. Alexander Bain amplió en parte la teoría de la «gloria súbita».

El triunfo sobre un enemigo constituye una de las causas de la risa, siendo el origen de aquella que «bajo un arrebato de actividad, cuando nuestro trabajo está hecho, necesitamos dejar escapar el vapor, y esto se consigue mediante espasmódicos estallidos de risa.» (The Emotions and the Will, cap. x.)

Existen argumentos en contra. No consideramos adecuada la teoría de la risa de Hobbes para explicar todos los hechos cómicos, por varias razones. Su planteamiento presenta dos defectos: No intenta explicar la risa por puro deleite, cuando no incluye superioridad, y, además, no da razón de la risa que surge frecuentemente en situaciones en las que no está involucrado ningún sentimiento humano.

Como argumento opuesto a la teoría, el poeta escocés James Beattie ya había comentado el hecho de que los que se ríen no son necesariamente orgullosos ni personas serias que humillan a otros.

También Voltaire había antes refutado esta supuesta relación causa-efecto: Como sólo reímos por lo que nos divierte, algunos autores han supuesto que la risa nace del orgullo, que se juzga superior a aquél de quien se ríe. [...] Sin embargo, no es el orgullo el que nos provoca la risa; el niño que ríe de todo corazón no se entrega a ese placer por creerse superior a los que le hacen reír. (Diccionario filosófico, vol. II, p. 520.)

Más tarde el historiador holandés Johann Huizinga, en su obra Homo ludens, afirmaría que el verdadero buscador de la verdad no se enorgullece de triunfar sobre un rival.

También cabe aducir que, en el caso de que riamos ante un cantante que falla una nota que nosotros no podemos dar, no interviene ahí la propia superioridad. Además, si sólo la superioridad fuera causa de risa, el hombre adulto reiría constantemente del niño, el civilizado del salvaje, etc.

 


 

Teoría del ingenio: John Locke

 

La noción de humor basado en el ingenio es antigua y sustenta la más pura de las teorías intelectualistas. Considérese que la palabra "ingenio" originariamente significaba habilidad intelectual en general, pero el término ha tendido a asociarse específicamente con el tipo de habilidad que provoca risa.

En la antigüedad, ya Cicerón apunta esta teoría. Asegura que el origen de lo risible es alguna cosa infortunada hacia la que se atrae la atención de manera no tan desgraciada.[1] Aquí aparece el elemento esencial de la teoría de John Locke sobre el humor. Pocos años antes de la aparición de la obra de Locke An Essay concerning Human Understanding (1690), el conceptista español Baltasar Gracián escribe todo un capítulo de una obra de estética sobre «la agudeza por una rara ilación»: «Supone esta especie de sutileza, extraordinaria perspicacia de discurso. Consiste su artificio en sacar una consecuencia extravagante y recóndita; y así, es parte de la pasada.»[2]

Locke no trató directamente la cuestión de la risa, pero intentó establecer una distinción entre ingenio y juicio que es de considerable importancia para una teoría de la risa,.[3] El ingenio reside en la asociación de ideas y en ponerlas juntas con rapidez y variedad. El juicio, por el contrario, está en el lado totalmente opuesto: se ocupa de separar unas de otras las ideas semejantes que, por su mismo parecido, nos pueden conducir a error.

La risa es el resultado de la percepción de una cierta conexión entre elementos que aparecen incongruentes o sin relación aparente. Consiste en conocer el parecido de las cosas distintas y la diferencia de las cosas que se parecen. Se produce cuando hallamos diferencias entre cosas semejantes (que son y deben ser, por tanto, siempre semejantes) o semejanzas entre cosas diferentes: «El ingenio se encuentra principalmente en el ensamblamiento de ideas, en su yuxtaposición con rapidez y variedad, allí donde puede hallarse algún parecido o congruencia, creando así imágenes agradables y placenteras[4]

Entre los partidarios de esta teoría —aunque enuncien además las suyas propias— se encuentra Arthur Schopenhauer, quien cree que el humor depende del placer de hallar conexiones inesperadas entre las cosas. Y también Enrique Jardiel Poncela, quien define así: «Humorismo es reasociar elementos previamente disociados.»[5]

De los opositores cabe mencionar a Joseph Addison, quien destaca que la explicación de Locke no cubre todos los casos de ingenio, porque no sólo la semejanza de ideas, sino la oposición de las mismas con frecuencia produce el chiste. También James Beattie destaca el importante hecho de que a pesar de que el ingenio y el humor con frecuencia provocan risa, no lo hacen invariablemente.[6]

 

 

 

[1] Marco Tulio Cicerón: De oratore, vol. ii, p. 58.

[2] Baltasar Gracián: Agudeza y arte de ingenio, p. 252.

[3] John Locke: An Essay concerning Human Understanding.

[4] Ibíd., libro ii, cap. ii, § 2.

[5] Enrique Jardiel Poncela: Máximas mínimas, en O.C., vol. iv, p. 1114.

[6] James Beattie: «On Laughter and Ludicrous Composition».

 


 

Teoría de la expectativa defraudada: Immanuel Kant

 

Ésta es una variedad más de teoría intelectualista y podría definirse como el reverso de las teorías del humor basadas en la sorpresa. También se le han querido hallar puntos de contacto con las teorías de la incongruencia.

Las bases para esta noción las hallamos ya en Cicerón: «El chiste más común es aquél en que esperamos oír una cosa y se dice otra.»[1] Quintiliano fue el primero en mencionar como recursos humorísticos el «efecto sorpresa» y la «expectativa defraudada».[2] Aunque es Kant quien enuncia propiamente esta teoría, su antecedente inmediato es Blaise Pascal, quien afirmó: «Nada hace reír tanto a las gentes como la sorprendente disparidad entre lo que esperan y lo que ven suceder».[3]

Kant postula que la risa es una emoción que surge cuando algo que se espera intensamente no sucede. Un ejemplo sería la violación intencionada de un chiste, que acaba no siéndolo. Todos los ingredientes del chiste pueden estar ahí, esperando ser utilizados, pero el edificio no se concluye.

Esta transformación de una esperanza en nada, que ciertamente no es deleitosa a la comprensión, proporciona, sin embargo, un muy activo disfrute por un momento: «La risa es una emoción que nace de la súbita transformación de una espera ansiosa en nada.»[4]

El filósofo es el primero en establecer los límites de la validez de su postura. Esta reducción a la nada de una expectación intensa no abarca todas las clases de risa. En realidad, la mayor objeción que puede hacerse a su punto de vista es que Kant no nos dice por qué la risa debe sobrevenir tras la «esperanza frustrada». En efecto: la expectativa defraudada puede producirse sin crear humor en absoluto, cuando esperamos un grado de respuesta a algo y obtenemos un grado inferior.[5] Esta insuficiencia de las teorías intelectualistas para explicar por qué la particular reacción de la risa debe resultar de la percepción de la incongruencia es inherente a la naturaleza del problema. La mera comprensión intelectual de la contradicción no proporciona risa.

Una variante de la definición kantiana del origen de la risa la proporciona el psicólogo alemán Theodor Lipps, quien hace nacer la risa del empequeñecimiento de lo que uno esperaba como lleno de significación.[6] En la misma línea de Kant se encuentran las reflexiones del pensador estadounidense Ralph Waldo Emerson:

La esencia de todo chiste, de toda broma parece ser una honesta y bien intencionada sensación de lo inacabado: no llevar a cabo lo que se pretende y afirmar que se está haciendo. Las tentativas inconclusas del intelecto, las expectativas frustradas, la ruptura de la continuidad en el intelecto: eso es la comedia, que se manifiesta en los agradables espasmos a los que llamamos risa.[7]

 

 

 

[1] Marco Tulio Cicerón: De oratore, libro i, cap. 63.

[2] Marco Fabio Quintiliano: Instituciones oratorias, vol. ii.

[3] Citado por J. Perdomo García: La teoría del conocimiento en Pascal, p. 127.

[4] Immanuel Kant: Crítica del juicio, p. 294.

[5] Bohdan Dziemidok: The Comical: A Philosophical Analisis, p. 17.

[6] Theodor Lipps: Komik und humour.

[7] Ralph Waldo Emerson: «The Comic», en Letters and Social Aims, núm. 3, 1858.

 


 

Teoría del triunfo: G. W. F. Hegel

 

Esta teoría sobre el humor, sólo parcialmente formulada, es una variedad de aquellas basadas en la superioridad. Incluye un elemento añadido de interés, debido al carácter marcadamente antihumorista de Hegel, quien persiguió con crítica despiadada el principio de la ironía, fundamental entre los románticos alemanes, a diferencia de otros filósofos que consideran muy adecuado el humor per se y como medio para diversos fines estéticos. Cabe preguntarse, pues, cuál es el grado de valor que debe darse a su opinión.

Georg Wilhelm Friedrich Hegel menciona la risa incidentalmente al ocuparse de la comedia[1] y en su obra sobre arte. Sin embargo, no debe olvidarse que sus famosas lecciones sobre estética no constituyen una obra en el sentido normal de la palabra. Se trata de unas lecciones recogidas en cuadernos y publicadas después de su muerte. Por ello, la exposición que de esta teoría hace Hegel es tan breve que no alcanza a dar una explicación del motivo por el cual la risa debe seguir a lo risible.

Según Hegel, la risa es una expresión de triunfo: el triunfo intelectual de «comprender» una situación hilarante. La risa, en general, es poco más que una expresión de sagacidad autosatisfecha; un signo de que se tiene suficiente ingenio para reconocer un hecho así y de que se es consciente del hecho. Para este autor, la risa expresa una seguridad, un gozo del alma, la felicidad del individuo de verse representado por encima de la contradicción, de hallarse seguro ante el espectáculo de la ruina de los grandes ideales.[2]

Es cierto que los chistes más primitivos despiertan emociones crudas, agresivas o sexuales a través de una mínima cantidad de ingenuidad. Pero hasta la más basta y zafia de las risas en que dichas emociones explotan contiene siempre un elemento adicional de admiración por la inteligencia del chiste y, sobre todo, de satisfacción por la propia inteligencia mostrada al comprender ese chiste.[3]

Esta idea debe distinguirse cuidadosamente de la «gloria súbita» de Hobbes, que surge por la percepción de nuestra superioridad ante el objeto risible y no por nuestro triunfo al entender el sentido. Tiene, sin embargo, el mismo leit motiv que de la Hobbes, o sea: que el placer surgido de lo risible nace de un sentimiento de superioridad. Para Hegel era esencial a lo cómico que quien ríe se sienta tan seguro de su verdad que pueda contemplar con superioridad las contradicciones ajenas. Vemos que, para este autor, la auténtica fuente de lo cómico es la subjetividad.

En cuanto a la utilidad de la risa —aparte de la ya mencionada autocomplacencia— la limita a su función desmitificadora. Para Hegel, la risa, al disolver, niega una época precedente; la desvalorización pasa a dar lugar a una nueva fase del arte.

Esta teoría posee cierto grado de plausibilidad. Con la degradación existe un sentimiento de triunfo por parte del sujeto, pero este sentimiento existe por añadidura a la apreciación de la calidad de lo risible. Además, se puede uno preguntar por qué otros triunfos intelectuales no provocan risa, problema que la teoría de Hegel deja sin resolver. Ya Descartes[4] había aclarado que la relación entre la sensación de triunfo y la risa nunca es totalmente pura: precisa siempre de otros elementos complementarios:

Aunque parezca que la risa sea uno de los principales signos de gozo, sin embargo sólo puede causarla cuando es mediocre y hay alguna admiración o algún odio mezclado con él. Pues por experiencia encontramos que, cuando estamos extremadamente gozosos, nunca el motivo de este gozo hace que estallemos de risa.[5]

 

 

 

[1] G.W.F. Hegel: The Philosophy of Fine Art, vol. iv.

[2] Diego Sánchez Meca: Diccionario de filosofía, p. 102.

[3] Diego Sánchez Meca: Diccionario de filosofía, p. 102.

[4] Hemos empleado opiniones de autores para ratificar teorías distintas de las suyas en aquellos casos en las que sus teorías abarcan más de un aspecto.

[5] René Descartes: Las pasiones del alma, p. 191.

 

 


 

Teoría de la incongruencia: Arthur Schopenhauer

 

Pese a que la conexión entre absurdo y humor se atribuye a Arthur Schopenhauer, el punto de partida de esta explicación se halla en Horacio:

 

Si a una cabeza humana quisiera un pintor unir un cuello de caballo y aplicar plumas multicolores a un amasijo de miembros dispares, de suerte que un hermoso talle de hembra rematara espantosamente en un negro pez, y os invitara a contemplarlo, ¿podríais, amigos míos, contener la risa?[1]

 

Otro antecedente claro del alemán sería Søren Kierkegaard, quien aseveró que donde hay vida hay contradicción; y, donde hay contradicción, lo cómico está presente.[2]

Sin embargo, es Arthur Schopenhauer quien sostiene haber resuelto de una vez y por todas el problema de la risa mediante la enunciación de la teoría del absurdo o la incongruencia, aunque no descarta otras causas para el humor. Como nos dice, lo risible se puede dividir en dos clases: ingenio y desatino. Todo lo risible es tanto un relámpago de ingenio como una acción disparatada. Sobre lo incongruente escribe en El mundo como voluntad y representación y en el capítulo iv de Parerga y Paralipomena.

El humor es una contemplación amable de las incongruencias de la vida. Schopenhauer nos dice que nos reímos ante la incongruencia entre un concepto y los objetos reales que fueron pensados mediante el mismo: «La causa de la risa en cada caso reside, simplemente, en la súbita percepción de la incongruencia entre un concepto y los objetos reales que fueron pensados a través de él.»[3]

La risa la provoca un apareamiento de ideas, situaciones, conductas o actitudes inconsistentes o incompatibles. Según Schopenhauer la risa se produce ante la constatación de la «incongruencia entre el pensamiento y la realidad». El pensador compara lo risible a un silogismo cuya premisa mayor fuese impecable, pero que asociada con una premisa menor inesperada y sorprendente, produjera invariablemente una tercera falsa, pero llena de humor:

 

Los caballos tienen cuatro patas.

Mi mesa de billar tiene cuatro patas.

Mi mesa de billar es un caballo.

 

La causa de lo risible se encuentra siempre en la subsunción o inclusión paradójica y, por tanto, inesperada de una cosa en un concepto que no le corresponde. La risa indica que, de repente, se advierte la incongruencia entre dicho concepto y la cosa pensada, es decir: entre la abstracción y la intuición. Cuando mayor sea esa incompatibilidad y más inesperada en la concepción del que ríe, tanto más violenta será la risa.

La razón psicológica de la risa es la siguiente: la mente humana está ordenada de tal forma que los objetos noveles tienden a ser colocados en categorías familiares. Cuando un objeto no puede ser colocado en ninguna categoría, escapa a la capacidad clasificadora de la mente. Cuando pensamos en un objeto como perteneciente a dos categorías mutuamente excluyentes, surge el absurdo y la risa como reacción. Ésta es la razón por la que la súbita irrupción de un perro en una iglesia en mitad de los oficios religiosos provoca la risa espontánea de los presentes.

Otros pensadores posteriores efectuaron puntualizaciones y refutaciones a lo expuesto por Schopenhauer. Johann Paul Friedrich Richter indica que la risa no nace de un absurdo real, sino de un absurdo subjetivo: «Lo cómico, lo mismo que lo sublime, está siempre en el sujeto, nunca en el objeto.»[4]

Henri Bergson insiste en que no puede generalizarse la noción de «absurdo»: «El absurdo, cuando lo encontramos en lo cómico, no es un absurdo cualquiera. Es un absurdo determinado. No es un absurdo que crea lo cómico, sino que más bien se deriva de él.»[5]

Nos habla de una lógica de la imaginación que no es la lógica de la razón, que incluso a veces se opone a ésta, y con la cual ha de contar la filosofía para abordar el estudio de lo cómico: «El absurdo cómico es de la misma naturaleza que el absurdo del ensueño.»[6]

Herbert Spencer aceptó parcialmente la tesis de Schopenhauer, pero trató de demostrar que sólo la incongruencia descendente provoca risa. Aquí ‘descendente’ implica un juicio de valor. La discordancia descendente (el cambio de nivel) provoca risa, mientras que la ascendente provoca asombro, por lo que no todo lo absurdo o incongruente resulta humorístico. Efectivamente: muchas situaciones son incongruentes sin ser risibles y una teoría científica errónea o un cuadro feo, por ejemplo, no provocan risa.

Jean-Paul Sartre estuvo de acuerdo con el alemán, cuando escribió lo siguiente sobre la emoción de lo humorístico: «Existe emoción cuando el mundo de los objetos desaparece abruptamente y el mundo de la magia surge en su lugar.»[7]

Dejando aparte el hecho de que ningún autor ha descrito adecuadamente la forma particular de incongruencia o contradicción que tiende a convertir en risible una situación, nos parece que la mayor parte de los partidarios de las teorías intelectualistas caen en la denominada «falacia del psicólogo»: confundir el objeto del pensamiento (la situación risible) con el pensamiento mismo (la apreciación de tal situación). Si consideramos el tiempo preciso para reaccionar ante una situación dada, sabremos por experiencia que la apreciación de lo cómico es demasiado inmediata para permitir nada tan explícito o elaborado como un juicio de incongruencia.

 

 

 

[1] Quinto Horacio Flaco: Arte poética, pp. 180-181.

[2] Søren Kierkegaard: Concluding Unscientific Postscript, p. 36.

[3] Arthur Schopenhauer: El mundo como voluntad y representación, vol. i, p. 76.

[4] Citado por Marcelino Menéndez y Pelayo: Historia de las ideas estéticas en España, vol. ii, p. 118.

[5] Henri Bergson: La risa, pp. 147-148.

[6] Ibíd., p. 151.

[7] Jean-Paul Sartre: Sketch for a Theory of Emotions, p. 90.

 

 


 

Teoría del satanismo: Charles Baudelaire

 

El poeta francés Charles Baudelaire expuso sus ideas en su ensayo «De l’essence du rire et généralement du comique dans les arts plastiques», en Curiosités estétiques y en su obra Lo cómico y la caricatura.

Su premisa fundamental es que la risa es la expresión de la idea de superioridad, no ya del hombre sobre el hombre, sino del hombre sobre la naturaleza. Deja claro, también, que lo cómico dejaría de existir si no existiera el hombre, pues los animales no se creen superiores a los vegetales, ni éstos a los minerales. Asegura que si ahondamos en el hombre, encontraremos en el fondo del pensamiento del que ríe cierto orgullo inconsciente del que surge la risa:

 

Así como la risa es esencialmente humana, es esencialmente contradictoria, es decir, a la vez es signo de grandeza infinita y de miseria infinita, miseria infinita respecto al Ser absoluto del que posee la concepción, grandeza absoluta respecto a los animales. La risa resulta del choque perpetuo entre esos dos infinitos.[1]

 

El siguiente paso del poeta es asociar este elemento con su base teológica. En Mi corazón al desnudo, acaso su libro más sincero, Baudelaire escribió que existen en todo hombre y a todas horas dos postulaciones simultáneas: una hacia Dios y otra hacia Satán. La invocación a Dios, o espiritualidad, es un deseo de ascender de grado; la de Satán, o animalidad, es un gozo a rebajarse. Baudelaire propone que la risa es primordialmente satánica, producida por la idea del hombre de su propia superioridad sobre el mundo, esencialmente contradictoria, debido a su miseria infinita ante el Ser absoluto que lo ha concebido. Para Baudelaire la risa está íntimamente ligada a la caída original y, tal como la concebía Platón, ésta contiene tanto elementos de alegría y júbilo como de pena y dolor. La alegría en este caso, causada no por un hecho positivo y benéfico sino por el mal sufrido por otro, emparenta a la risa con el mal y la mezquindad.[2]

Según nos asegura, el sentimiento de superioridad bastaría para demostrar que lo cómico es uno de los más claros signos satánicos del hombre. La risa es satánica, luego es profundamente humana. En el hombre se encuentra el resultado de la idea de su propia superioridad. Tenemos, pues, en Baudelaire, la risa como una concepción teológica: la marca de un orgullo propiamente diabólico: una consecuencia del pecado original.[3]

Baudelaire acepta paralelamente otro tipo de humor no relacionado directamente con lo antedicho: «No siempre nos regocijamos de una desgracia, de una debilidad, de una inferioridad. Muchos de los espectáculos que excitan la risa en nosotros son bien inocentes, [...] nada tienen que ver con el espíritu de Satán.»[4]

Ésta sería la risa necia, la del que no comprende: «La risa es, por lo general, privativa de los tontos; siempre implica en mayor o menor medida ignorancia y debilidad. »[5]

Entre los continuadores de esta idea se encuentra Eugéne Dupréel, quien afirma: «La teoría de la risa debe probar su eficacia en la explicación de esa paradójica unión de alegría y maldad.»[6] Ludovici apunta lo siguiente: «Voy a sugerir que existe algo siniestro en la risa[7] Posteriormente, en El libro de la risa y el olvido, el novelista checo Milan Kundera señala que el mundo está dominado por ángeles y por diablos, y que es necesario un cierto equilibrio entre ambos poderes, pues si hay en el mundo demasiado sentido indiscutible provocado por el gobierno de los ángeles, el hombre sucumbe bajo su peso. Pero si el mundo pierde completamente su sentido y gobiernan los diablos, tampoco se puede vivir en él.

 

 

 

[1] Charles Baudelaire: Lo cómico y la caricatura, p. 28.

[2] Esta variedad de risa ya la había definido Voltaire: «La risa sarcástica, perfidum ridens, es diferente; es la alegría que nos causa la humillación de los demás. [...] Nuestro orgullo entonces se burla del orgullo necio de los demás.» Diccionario filosófico, vol. ii, p. 521.

[3] Ha de advertirse que esta noción satánica del humor no es enteramente original de Baudelaire. Ya aparece apuntada en Felicité Robert de Lamennais: Sobre el arte y lo bello (1841).

[4] Charles Baudelaire: Lo cómico y la caricatura, p. 33.

[5] Ibíd., p. 18.

[6] Eugéne Dupréel: «La probléme sociologique du rire», p. 214.

[7] Anthony M. Ludovici: The Secret of Laughter, p. 17.

 

 


 

Teoría de la sorpresa: Charles Darwin

 

La sorpresa como causa fundamental de lo cómico la postula Charles Darwin, aunque no faltan precedentes. Ya Aristóteles había mencionado que en los chistes «...se dice y se reconoce como verdad aquello que no se esperaba que se dijera.»[1] Y agregó que la risa es una forma de engaño y desconcierto; lo que nos coge desprevenidos tiende a engañarnos y esto es también lo que origina la risa.

Vincenzo Maggi dio una opinión interesante desde el punto de vista psicológico, mezclando los criterios de Aristóteles con los de Cicerón y Quintiliano. Asegura que sólo reímos ante la fealdad indolora cuando es novedad (o sea, sorpresa) y no cuando es familiar: «En todas las fealdades o bajezas ridículas se mezcla la sorpresa».[2]

Según Darwin, los elementos esenciales de la risa son su precipitación y su imprevisibilidad. El humor es la mezcla el factor incongruencia con el sentimiento de superioridad sobre aquello que es objeto de risa: « Se ha escrito mucho sobre las causas de la risa en los adultos. El tema es extraordinariamente complejo. La causa más común parece ser algo incongruente y una sorpresa excitante.»[3]

Detalla que los niños y las personas ignorantes se ríen de todo, a menudo de una contrariedad, siempre que sea inesperada y se demuestre que su idea preconcebida era errónea. El elemento de sorpresa puede hallarse en los chistes comunes, que inducen al oyente a anticipar el final, encontrándose luego con otro distinto, que le sorprende. Demostración de que el humor se basa en la sorpresa es el hecho de que, cuando escuchamos por segunda vez un chiste, la gracia que nos causa es menor. El humor, si es conocido, va perdiendo su efecto.

Darwin —y más tarde el evolucionista Ernst Haeckel — teorizaron que los chistes eran una especie de «cosquillas psicológicas». Charles Darwin fue el primero en explorar académicamente el vínculo entre las cosquillas y la risa, asegurando que éstas la provocan mediante la anticipación del placer. Las cosquillas siempre nos inducen a risa. Pero sólo cuando nos las hacen otros. De la misma forma que nadie puede hacerse cosquillas a sí mismo —ya que el lugar que va a ser estimulado ha de resultar desconocido e inesperado—, de igual modo, respecto a la mente, algo inesperado —una idea nueva o incongruente que rompa la cadena habitual del pensamiento— parece ser, en su opinión, un factor de peso para la hilaridad.

James Beattie coincidió con él, destacando que la oposición de relación y contrariedad no ocasiona risa cuando tal suposición es acostumbrada. Por esta razón, lo cómico debe ser en cierta medida nuevo y sorprendente. También Henri Bergson señaló la sorpresa como factor importante de lo cómico.[4]

Sin embargo, la idea de que lo inesperado provoca risa porque rompe la secuencia ordinaria de situaciones nos parece muy inadecuada como solución del problema. Son muchas las ocasiones en las que el curso normal de la vida se ve interrumpido y tal suceso no provoca risa y no puede ser posiblemente descrito como cómico.

 

 

 

[1] Aristóteles: Retórica, 31-32.

[2] Vincenzo Maggi: In Aristotelis librum de poetica communes explanations, p. 36.

[3] Charles Darwin: The Expresión of Emotions in Man and Animals, p. 198.

[4] Henri Bergson: La risa, p. 251.

 

 


 

Teoría del alivio: Herbert Spencer

 

Herbert Spencer, cuyas ideas estéticas fueron apareciendo en diversos ensayos, la mayoría publicados en revistas, es a quien se considera principal enunciador de la teoría del alivio como fuente del humor. De hecho, entre todas las que tratan aspectos de catarsis, la suya es la más popular y muchos autores trataron de incorporarla dentro de sus propias conceptualizaciones. Pero la teoría de Spencer es más bien de carácter fisiológico y, por tanto, no profundiza en la quintaesencia del fenómeno de la risa.

Empero, sobre la relación entre el alivio de la tensión y el elemento de risa y alegría del juego ya había hablado Santo Tomás de Aquino[1] y, antes que él, el mismo Platón, quien mencionó que existe una analogía entre la experiencia de aliviar una comezón rascando y la apreciación de lo risible. En Spencer, la palabra ‘alivio’ implica un estado de tensión previo, conscientemente experimentado y que es placenteramente interrumpido.

La teoría de Herbert Spencer sobre la risa es fisiológica. La energía nerviosa activa dentro de cualquier parte del sistema nervioso debe escapar a través de los canales del cuerpo. Su definición es inequívoca en este punto: «[El humor] es un acrecentamiento y exuberancia de vida y energía que sentimos en la propia conciencia. [...] La risa es una descarga involuntaria del exceso de actividad nerviosa.»[2]

Esta concepción es una reducción física de la explicación que ya había dado Kant, según la cual nuestro cerebro es un órgano esencialmente lógico y todas las situaciones risibles tienen en común una serie de características absolutamente opuestas a aquéllas con las que el cerebro se siente cómodo: son absurdas, faltas de sentido, incongruentes... El cerebro, enfrentado a ello, quiere entender y no puede; le resulta imposible. Se produce entonces una tensión o una acumulación de energía que la risa viene a aliviar o a descargar.

Las objeciones que se le pueden hacer a la explicación spenceriana del humor son varias. En primer lugar se ha de reconocer que no toda la risa es placentera: ésta puede surgir por distintos sentimientos: por ejemplo, la risa histérica o sardónica. Además, «alivio» es un concepto demasiado estrecho para describir todos los casos de risa por placer.

Otro problema es por qué se emplea la reacción de la risa para quemar la energía nerviosa sobrante. Según Spencer la energía nerviosa escapa a través de los canales más usados habitualmente: los pequeños músculos que contornean la boca son los primeros en ponerse en juego, produciendo la sonrisa; posteriormente entra en función el aparato respiratorio y crea la risa propiamente dicha. Esta respuesta no es totalmente convincente.

Charles Darwin y Sigmund Freud coincidieron parcialmente con esta explicación de la risa por catarsis. El segundo insistió en que la risa libera alguna tensión o sentimiento acumulado, como parece suceder con los chistes verdes o agresivos, con la risa nerviosa y con las jocosas peleas y persecuciones de los niños.

Darwin trató este tema en su obra The Expression of the Emotions in Man and Animals, considerando a la risa primariamente como una expresión de alegría o felicidad, surgida del alivio. Las observaciones que realizó sobre la risa son datos muy valiosos, aunque no lograra sintetizarlos en una teoría coherente.

La teoría del alivio tuvo opositores, como John Dewey, quien afirmó no poder comprender por qué el placer como sentimiento debe transformarse necesariamente en risa.[3]

Por otra parte, no faltan partidarios —al menos parcialmente— de la teoría del alivio, contándose entre ellos Charles Bernard Renouvier o el mismo Friedrich Nietzsche, quien en su obra Humano, demasiado humano, indica que la transición de una angustia momentánea a una alegría de corta duración es lo que se denomina lo cómico.[4]

Posteriormente J.C. Gregory recuerda que, aunque la risa puede tomar muchas formas, todos los ejemplos de ella exhiben una cualidad común: el elemento de alivio.[5] Auguste Penjou considera a la libertad (la que según él es esencialmente placentera) como la causa universal de la risa. A nuestra libertad natural se oponen, a lo largo de nuestra vida, diversas restricciones y el alivio parcial de estos frenos produce una sensación de libre alegría de vivir.[6] Andre Breton y los surrealistas usaron el humor negro como función liberadora y, más recientemente, como hemos indicado, Kundera ha recalcado asimismo este elemento catártico:

Las cosas, repentinamente privadas del sentido que se les supone, del lugar que tienen asignado en el pretendido orden del mundo [...] provocan nuestra risa. La risa pertenece pues, originalmente, al diablo. Hay en ella algo de malicia (las cosas resultan diferentes de lo que pretendían ser), pero también algo de alivio bienhechor (las cosas son más ligeras de lo que parecen, nos permiten vivir más libremente, dejan de oprimirnos con su austera severidad).[7]

 

 

 

[1] «Como a veces al hombre le hace falta descansar dejando los trabajos corporales, así también a veces le hace falta dejar la atención anímica por la cual atiende a las cosas serias, para que el alma descanse, lo cual se hace a través de lo lúdico. Por eso dice que por las actividades lúdicas hay cierto descanso del hombre de la ansiedad de las solicitudes en esta vida y del trato o convivencia humana.» Tomás de Aquino: Comentario a la Ética a Nicómaco de Aristóteles, p. 279.

[2] Herbert Spencer: «The Physiology of Laughter», MacMillan’s Magazine, vol. i, 1860, p. 8.

[3] John Dewey: «The Theory of Emotion», en Psychological Review, vol. i, núm. 6.

[4] Friedrich Nietzsche: Humano, demasiado humano, p. 237.

[5] J.C. Gregory: The Nature of Laughter, p. 56.

[6] A. Penjou: «Le rire et la liberté», en Revue Philosophique, vol. ii, 1893, p. 113.

[7] Milan Kundera: El libro de la risa y el olvido, p. 96.

 

 


 

Teoría de la compensación: Friedrich Nietzsche

 

Nietzsche, más que explicar el origen del humor, nos habla de su utilidad. Basa sus reflexiones en la noción de la risa como compensación del dolor. Su postulado esencial es que el hombre sufre tan terriblemente en el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa. Sólo lo cómico nos proporciona la fuerza precisa para soportar la tragedia de la existencia. En otras palabras: Nietzsche se apresura a reírse de todo para no verse obligado a llorar.[1] Sus doctrinas del superhombre y de la voluntad de poder deben tratar de comprenderse en este contexto de risa y felicidad. El poder que no tenemos es el poder de reír, de ser felices. El superhombre, sin embargo, es un reidor. Estas ideas aparecen en la cuarta parte de Así habló Zarathustra, en la que nos encontramos con ciertos personajes que, en algunos aspectos, parecieran ser espíritus libres, pero que finalmente se revelan como incapaces de reír. Y esta incapacidad les impide ser los discípulos esperados por Zarathustra.

La risa tiene una función liberadora y es un valor importantísimo en la axiología nietzscheana. Quien quiera recibir la enseñanza de Nietzsche debe tener el deseo de aprender a reír, de ser feliz. La risa de la que habla el filósofo no es una risa chillona, burlona o hipócrita. Es una risa saludable, de bienestar, de felicidad. Sirve para escapar de todo tipo de angustias. El pensador intenta convencernos de que, si consideramos que durante miles de años el hombre fue un animal temeroso, no debemos admirarnos de que en presencia de todo lo que se produce sin peligro ni daño el hombre pase a lo opuesto del temor.[2] El arte cumple esta función catártica: «Sólo [el arte] puede torcer y transformar esa repugnancia por lo horrible o lo absurdo de la existencia en representaciones con las que es posible vivir. [...] Lo cómico es la descarga artística de la repugnancia de lo absurdo.»[3]

La segunda función de la risa es la de atacar a la seriedad del mundo. Nietzsche asegura que estamos en los tiempos de la tragedia, de la moral y de la religión, y por ello el hombre no puede reír. Y contra esta posición se rebela. El espíritu libre ríe sobre las ruinas de los viejos conceptos: «Toda gran seriedad ¿no es ella misma ya una enfermedad? ¿Y un primer afeamiento? El sentido de la fealdad se despierta al mismo tiempo que la seriedad; uno deforma ya las cosas cuando se las toma en serio.»[4]

Sus críticas contra la seriedad son abundantes:

En los más, el individuo es una máquina torpe, lóbrega y chirriante que cuesta poner en marcha: le llaman «tomar en serio las cosas» cuando se proponen trabajar y pensar bien con esa máquina. [...] Y «donde hay risa y alegría, el pensamiento no vale nada», así reza el prejuicio de esa bestia seria [el hombre] contra toda «gaya ciencia». ¡Muy bien! Demostremos, pues, que se trata de un prejuicio.[5]

 

El humor sirve para criticar y demoler. Cuando Nietzsche asume la figura del «espíritu libre», la risa entra a formar parte del armamento crítico del nihilismo integral. La misma expresión creada por Nietzsche, «Monótono-theismus», con su connotación irónica, muestra el carácter desacralizador de la risa aplicada a los sistemas de conceptos. Recurrir a la risa muestra que no se intenta superar en el sentido moderno —oponer argumentos más verdaderos— a otros, sino mostrar el carácter humano y, con ello, insignificante, pequeño, mísero, ridículo de los supuestos grandes sentimientos que generan los grandes ideales. La Gaya Scienza cumple este papel corrector como ciencia que puede reír de los resultados a los que ha arribado el espíritu humano.

Nietzsche exagera la dimensión de la risa como instrumento de crítica y la convierte realmente en un arma filosófica. La risa de que aquí se habla es risa constructiva, es un modus operandi distinto para el pensar del filósofo. La inclusión de dicha risa como modus operandi en la labor filosófica significa, sin lugar a dudas, una nueva concepción del intelecto mismo, que ya no puede ser considerado como la «pesada máquina» que arrastra los conceptos.

Muchas objeciones pueden hacerse a esta visión nietzscheana del humor, pero aparte de sus consideraciones éticas —que no son el motivo de este trabajo— cabe decirse que la risa de Nietzsche surge de una voluntad de reír, de una actitud deliberada; no analiza las causas externas que la originan.

 

 

 

[1] Friedrich Nietzsche: Estética y teoría de las artes.

[2] Ibíd., Humano, demasiado humano.

[3] Ibíd., Estética y teoría de las artes, p. 52.

[4] Ibíd., p. 125.

[5] Ibíd., La gaya ciencia, pp. 235-236.

 

 


 

Teoría de la regresión: Sigmund Freud

 

La teoría lúdica de Sigmund Freud aparece expuesta en dos obras principales: El humor y El chiste y sus relaciones con el inconsciente. A decir del mismo, la autoría de las ideas expresadas en dichas obras no es toda suya.[1] En ellas reitera la idea básica de que el placer involucrado en la risa deriva en cierta forma de la resurrección de un estado mental infantil. Esto ha de considerarse a la luz de la hipótesis freudiana de la importancia de esa fase del desarrollo humano: «La infancia es la fuente del inconsciente y los procesos mentales del inconsciente no son sino los que se han producido en la infancia.»[2] La ingenuidad es la base de la infancia y cuando el hombre la conserva, puede deleitarse con los juegos. Como los de la infancia no le satisfacen, juega con los otros más elaborados de la comedia de la vida.

Esto supone, en cierta medida, una refutación de todas las teorías intelectualistas sobre el origen del humor, ya que la risa infantil carece a menudo de causas fundamentadas y en la formación de los chistes ocurren los mismos procesos psíquicos que en los sueños: transferencias, intelectualizaciones, contrasentidos. El chiste tiene una estrecha analogía con el juego: la técnica del chiste, construido mediante incongruencias, absurdos, juegos de palabras, exageraciones, dobles sentidos, etc., es la misma que la de los sueños; y de igual modo que los sueños, el chiste y el humor constituyen una suerte de regresión a modos infantiles de actuar y pensar, una forma de escapar de la realidad y sus exigencias, lo mismo que las neurosis y las psicosis, pero no una forma patológica, como éstas, sino gratificante. Por una parte, el chiste nos proporciona placer mediante procesos mentales que nos permiten liberarnos de la necesidad de ser lógicos, morales y realistas; y, por otra, nos libera también momentáneamente de deseos e impulsos prohibidos de carácter inconsciente.

Dicho de otra forma: durante la infancia tendemos a jugar con palabras y pensamientos, pero esta tendencia es pronto frenada por la crítica de la razón; en el chiste, sin embargo, tenemos justificación para un retorno a este infantil estado mental de juego.[3] El humor es el medio de acabar con el «censor», las inhibiciones internas que nos permiten comportarnos con naturalidad.

La respuesta freudiana a la pregunta de por qué nos reímos podría, pues, sintetizarse diciendo que la risa es uno de los mecanismos de defensa que el Yo utiliza para protegerse de la ansiedad y la frustración. Y a la pregunta de qué es lo que nos hace reír, la clave habría que buscarla —siempre según Freud— en el placer lúdico que se experimenta al escapar de las exigencias de la lógica y de la realidad.

Defensores de esta posición son Stanley Hall y Arthur Allin, quienes definieron el chiste como un shock reducido a casi sus más sutiles términos[4], en lo que conectan con Freud.

 

 

 

[1] La obra de El chiste y sus relaciones con el inconsciente (1921) no se habría podido escribir sin el tratado de Theodore Lipps Komik und humor. «Este libro es el que me ha dado valor para acometer la presente investigación, y al mismo tiempo, el que me ha hecho posible el intentarla.» (Citado por Julio Casares en El humorismo y otros ensayos, pp. 31-32.)

[2] Sigmund Freud: El chiste y sus relaciones con el inconsciente, p. 170.

[3] Ibíd., El chiste y sus relaciones con el inconsciente, pp. 110-112.

[4] Stanley Hall y Arthur Allin: «The Psychology of Tickling, Laughing and the Comic».

 

 


 

Teoría del automatismo: Henri Bergson

 

Bergson es el más respetado de todos los que en tiempos modernos han contribuido al tema de la risa y uno de los que más se han esforzado por resolver el problema.

Su teoría postula que la causa del humor es algo mecánico inserto en lo viviente: «La desviación de la vida en dirección a lo mecánico es la verdadera causa de la risa[1] Se está hablando aquí de la mecanización de la vida, sea por interferencia, repetición o inversión: «Es cómica toda combinación de actos y de acontecimientos que nos produce, insertos uno en otro, la ilusión de la vida y la sensación de una disposición mecánica.»[2] Dicho de otra manera: lo que causa risa es la transfiguración momentánea de una persona en cosa.

Ésta es una explicación comparativamente satisfactoria y podría decirse que la fórmula de Bergson «el mecanismo sobreimpuesto a lo viviente» es aplicable a la mayoría de las situaciones risibles. Lo cómico es una consecuencia del automatismo y la rigidez, que se oponen a la tensión y elasticidad exigidas por la vida y la sociedad. Y tanto más cómico cuando ambos —rigidez y automatismo— puedan ser atribuidos a una distracción fundamental de la persona o de la vida misma. Lo cómico surge de una falta de flexibilidad del ser humano que nos impulsa hacia el automatismo y estorba nuestra adaptación al devenir constante de la naturaleza. Las actitudes, gestos y movimientos del cuerpo humano causan risa en la exacta medida en que dicho cuerpo nos hace pensar en algo simplemente mecánico: «Sabemos que una de las formas esenciales de la fantasía cómica consiste en representarnos al hombre viviente como una especie de muñeco articulado.»[3]

Contra esta teoría podría aducirse el argumento ya esgrimido por Balzac: La reducción de lo vivo a lo mecánico no explica la risa.[4] El ejemplo que proporciona es el fracaso flagrante de escritores como Fenimore Cooper, que intentaron en vano hacer reír.

Sin embargo, el argumento más sólido es la seriedad innata en la mayor parte de los mecanismos automáticos. Según Bergson, la principal fuente del humor son los elementos mecánicos de inercia, rigidez, y repetitividad que encontramos en la vida; el hombre-autómata, la marioneta es el ejemplo que más emplea. No obstante, si el contraste entre lo rígido del muñeco y lo flexible del organismo fuera risible per se, las estatuas nos moverían a risa. Si la repetición automática de la conducta humana fuera causa de comicidad, nada sería más divertido que un ataque epiléptico. Si el concebir a una persona como objeto es divertido, nada sería más divertido que un cadáver. Más aún: existen muchas costumbres sociales, tales como llevar ropas, etc., en los que el automatismo es obligatorio y no nos choca. Es más, son precisamente las desviaciones de este automatismo las que provocan risa.

 

 

 


[1] Henri Bergson: La risa, p. 38.

[2] Ibíd., p. 64.

[3] Ibíd., p. 93.

[4] Honoré de Balzac: «Le rire», Revue parisienne, 25-vii-1840.

 

 


 

Teoría de la cultura: Enrique Jardiel Poncela

 

La explicación de lo cómico que proporciona Jardiel Poncela constata que el humor es una posición del espíritu: con una perspectiva adecuada todo puede ser causa de risa. Pero la condición para poder adoptar esa postura es la cultura y el desarrollo de la inteligencia. Cuando se adquiere una sensibilidad superior, todo el mundo es susceptible de ser tomado en broma. En esencia, Jardiel considera que los recursos humorísticos no son espontáneos, sino producto de una mente cultivada. El humor abarca todas nuestras emociones, pensamientos y acciones en un principio fundamental, una visión del mundo, una actitud.[1]

Esta posición no es especialmente innovadora: tiene precursores claros. Ya Quintiliano reconoció que hay humor en todo. «Todas las formas de argumentación proporcionan iguales oportunidades de ser tomadas en broma[2] Goethe reafirmó esta teoría intelectualista: «El humor es algo inconsciente y tiene por base la sensibilidad.»[3] Para Nietzsche, la potencia intelectual de un hombre se mide por las dosis de humor que es capaz de utilizar.[4] También Schlegel afirmó que el humor se basa en una inteligencia flexible.[5]

Jardiel intentó en su obra llevar a cabo una total reivindicación del humor. Su premisa es que lo trágico y lo cómico son los dos grandes géneros primigenios y que lo dramático es un híbrido posterior e inferior a ambos:

 

En arte, el refinamiento y la cultura arrastran hacia lo cómico o humorístico con idéntica fuerza, propulsión y proporción que la bastedad y la incultura empujan hacia lo sentimental o dramático.[6]

 

Para apreciar la múltiple variedad de lo cómico en la vida se necesita un conocimiento grande de la vida misma y de los valores humanos; y por eso las personas muy dotadas y de gran cultura hallan a cada paso esta reducción o minoración que otras no pueden apreciar.

Jardiel trató de dignificar la intelectualidad del humor, tanto a través de búsquedas expresivas en sus obras como mediante especulaciones teóricas. Aseguró que en el desdén hacia lo cómico no hay más que incultura: el ignorante no comprende el valor verdadero y extraordinario de lo cómico, porque lo cómico es un rezume decantado de cultura, de inteligencia, de experiencia, de imaginación y —en fin— de comprensión.[7]

Lo cómico es el resultado de la cultura. En la prehistoria —nos recuerda— existía lo dramático: dolor, dificultades, sentimientos, angustia y crimen. Pero no risa. Y añade:

 

Ha sido preciso todo el proceso gigantesco de la civilización, han sido precisos siglos de trabajo formidable y de luchas apocalípticas, de pensar, de imaginar, de calcular, de inventar, de ensayar, de tantear, de comprobar, de ejecutar mil y mil esfuerzos inmensos en todos los órdenes de la actividad humana para que en el pantano tenebroso de lo sentimental o dramático brotase y emergiese la flor esplendorosa de lo cómico.[8]

 

Entre aquellos que apoyan esta teoría ha de citarse a Grotjahn, quien escribió: «El sentido del humor denota madurez emocional.»[9] Dice Bohdan Dziemidok: «El ingenio es una prueba de inteligencia. Nadie puede disfrutar de un sentido creativo de lo cómico sin una mente verdaderamente brillante y crítica.»[10]

Krishna Menon asegura: « El hombre con mayor sentido del humor es el que tiene una mente más curiosa, observadora y reflexiva, quien tiene su mente llena de experiencias, quien posee una mente capaz de hallarse alerta.»[11]

 

 

 

[1] Con esta posición concordará asimismo Ludwig Wittgenstein: «El humor no es una emoción, sino una filosofía de vida.» Culture and Value, p. 78.

[2] Marco Fabio Quintiliano: Instituciones oratorias, vi, 3, 65.

[3] Johann W. Goethe: Máximas y reflexiones, en O.C., vol. i, p. 433.

[4] Friedrich Nietzsche: Estética y teoría de las artes.

[5] August Wilhelm von Schlegel. (Citado por J. Stewart: An Anatomy of Humour, pp. 102-108.)

[6] Enrique Jardiel Poncela: «Prólogo» a Es peligroso asomarse al exterior, en O.C., vol. ii, p. 751.

[7] Ibíd., «Entrevista con José Ruiz Castillo» en De «Blanca» al «gato» pasando por el «bulevar», en O.C., vol. iii, p. 712. Jardiel atacó a aquellos sectores de la crítica que menospreciaban la literatura humorística cuando no está al servicio de fines políticos o sociales.

[8] Ibíd., Tres proyectiles del 42, en O.C., vol. ii, p. 752.

[9] Martin Grotjahn: Beyond Laughter, p. 81.

[10] Bohdan Dzemidok: The Comical: A Philosophical Analysis, p. 153.

[11] Citado por David H. Monro: Argument of Laughter, p. 225.

 

 


 

Teoría de la bisociación: Arthur Koestler

 

El concepto de humor por bisociación se le ha atribuido principalmente al ensayista húngaro Arthur Koestler, quien desarrolló efectivamente una teoría del humor en relación con el arte y el descubrimiento, en sus obras Insight and Outlook (1949) y The Act of Creation (1964). Se trata, básicamente, del efecto del paso de un elemento de una serie a otra paralela, la conexión de una sucesión con otra, la combinación de elementos de dos contextos incompatibles.

Esta idea suya había sido expuesta anteriormente. Kierkegaard ya había definido el humor como una contradicción indolora.[1] Jean-Paul Richter lo consideró como la relación entre dos cosas distintas.[2] El mismo Schopenhauer había aseverado que todo humor surge de una paradoja.[3]

Según Chesterton, la risa surge del contraste entre la grandeza espiritual del hombre y la pequeñez que de hecho manifiesta muchas veces. Léon Dumont escribió:

 

Lo risible puede definirse: todo objeto respecto del cual el espíritu se siente forzado a afirmar y negar a un mismo tiempo una misma cosa. En otros términos: es lo que determina a nuestro entendimiento a formar simultáneamente dos relaciones contradictorias.[4]

 

También Höffding había mantenido que el humor es un contraste entre dos ideas, en la que la emoción de una destruye la de la otra.

Koestler profundiza y matiza esta noción. El humor es resultado de la confluencia de dos matrices de referencia bisociadas que se perciben simultáneamente o que abruptamente desembocan una en la otra. La risa se dispara cuando el sujeto percibe dos elementos contrarios o incompatibles, que por algún motivo aparecen unidos, como en el típico chiste de doble sentido, o los contrastes de lo absurdo. El doble significado o doble plano referencial es rasgo común a todos los campos de la creatividad y es fundamentalmente la base del juego humorístico:

 

La bisociación súbita de un suceso mental con dos matices habitualmente incompatibles produce el paso del pensamiento de un contexto asociativo a otro. La carga emocional no puede trasladarse debido a su inercia y persistencia, y halla alivio en la risa.[5]

 

Entre las principales contradicciones empleadas comúnmente pueden mencionarse sagrado y profano, superior e inferior, rico y pobre, listo y tonto, humano y animal, hombre y mujer, adulto y niño, etc. A esto Michael Apter lo llama «teoría de la reversión.»[6]

Esta teoría de la ambivalencia enuncia básicamente que las emociones no pueden ir a la par de un intelecto cambiante. El pensamiento se mueve muy rápidamente para las emociones y esto provoca la risa. «La risa es la agresión (o aprensión) privada de sus propia razón de ser; el alejamiento de la emoción a causa del pensamiento.»[7]

Matizando esta forma de contraste, Camille Mélinaud afirma que el elemento esencial de lo risible consiste en una situación que desde una perspectiva aparece extraña pero desde otra es perfectamente natural. «La risa se produce cuando una cosa es absurda desde un punto de vista y, desde otro, ocupa un lugar claro en una categoría definida.» Además, en la apreciación de lo risible existen dos actos mentales distintos: la apreciación de la contradicción y la percepción de que esta contradicción no es fundamental.[8]

A la explicación de Koestler se le han hecho pocas objeciones. Tuvo bastantes seguidores. Monro arguyó que el humor implica una mezcla de dos diferentes universos del discurso.[9] William Hazlitt escribió: «La esencia de lo risible es lo incongruente, la desconexión de una idea de la otra o la contraposición de un sentimiento con otro.»[10] En un estudio más reciente, John Morreal afirma: «La risa es la expresión de placer ante un cambio psicológico.»[11] También Michael Mulkay acepta esta opinión.[12]

 

 

 

[1] Citado por John Lippitt: Humour and Irony in Kierkegaard’s Thought.

[2] Citado por Dugald Stewart: Outline of Moral Philosophy, p. 102.

[3] Arthur Schopenhauer: El mundo como voluntad y representación, libro i, § 13.

[4] León Dumont: Les causes du rire, p. 72.

[5] Arthur Koestler: The Act of Creation, p. 59.

[6] Michael Apter: Motivational Styles in Everyday Life: A Guide to Reversal Theory.

[7] Arthur Koestler: The Act of Creation, p. 56.

[8] Camile Mélinaud: «Pourquoi rit-on?», p. 612.

[9] David H. Monro: «Humor» en Encyclopaedia of Philosophy.

[10] Citado por Dugald Stewart, op. cit., p. 139.

[11] John Morreal: «Humor and Emotion», p. 58.

[12] Michael Mulkay: On Humour: Its Nature and Place in Modern Society. Mulkay, no obstante, elaboró su propia teoría, que se incluye en un apartado posterior de este mismo trabajo.

 

 


 

Teoría de la desdramatización: Michael Mulkay

 

Entre las últimas teorías sobre el origen lúdico del humor merece destacarse la enunciada en los últimos años por Michael Mulkay, quien considera que cualquier cosa puede volverse graciosa con sólo tomársela en broma, como algo no serio. El goce de la risa se atribuye al surgimiento súbito de un ánimo juguetón junto con un rechazo a tomar en serio cualquier situación. El hombre, pues, modifica su entorno con su actitud y crea causas de humor en todas las cosas:

 

[Los humanos] están ocupados continuamente en darle sentido al mundo que les rodea, por lo que el humor surge en un entorno social en el que los presentes actúan para convertir en humorístico todo lo que ocurre.[1]

 

A esta postura preconizada por Mulkay podría oponerse la tesis del historiador holandés Johan Huizinga, quien en su obra Homo ludens (1938) estudiaba el juego como base primordial de cualquier fenómeno de cultura. Sin embargo, Huizinga afirma que no puede necesariamente establecerse una conexión necesaria entre juego y risa: «Pero la conexión [de lo cómico] con el juego es de naturaleza secundaria. En sí, el juego no es cómico ni para el jugador ni para el espectador.»[2] Su visión es totalmente intelectualista al asegurar que cuando encontramos cómica una farsa o una comedia no se debe al contenido lúdico que encierran, sino a su contenido de ingenio o ideas.

 

 

 

[1] Michael Mulkay: On humour: its Nature and its Place in Society, p. 106.

[2] Johan Huizinga: Homo ludens, p. 18.