El humor en la literatura infantil. La parodia

Pepe Pelayo (Creador y estudioso de la teoría y la aplicación del humor / cubano-chileno)
Copyright © Pepe Pelayo. Publicado en Humor Sapiens con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Se toma un modelo, que puede ser una canción, una persona, una pintura o lo que sea y se imita, exagerando burlonamente ciertos matices que subrayen rasgos importantes del modelo original. El resultado es una parodia. El extremo de la parodia es la caricatura. En el caso de los libros de humor para niños es muy fácil detectarla, porque lo lógico es que el modelo sea muy conocido para que el lector infantil se ría al comparar el original con la imitación. Se define como “burlesca”, porque toda parodia lo es, aunque a veces la intención no es exactamente burlarse del modelo, sino usarlo como recurso para dar un mensaje crítico en tono humorístico. Aparentemente son muy fáciles de hacer. “Es tan simple como hacer una versión exagerada de algo o alguien”, dirían algunos. Pero eso no es cierto. La diferencia entre una parodia y otra, lo da el nivel de la elaboración artística, la calidad del humor y el buen gusto del creador. En eso sí hay que fijarse antes de recomendarle al niño un libro de parodias.

A continuación, un ejemplo. El modelo es el cuento clásico infantil El flautista de Hamelin. En este caso se parodió un cuento, así que se buscó no alterar la estructura del modelo, dejando todo lo que sirviera de referencia, para que el lector fuera cómplice de los disparates que estaban sucediendo. Se utilizó un humor absurdo, con exageraciones, y mucha sátira dirigida a nuestros problemas actuales como sociedad.

Esta versión está sacada del libro Pepito y sus libruras, de la Editorial Alfaguara Infantil.

 

El flautista de Jajamelin

Érase una vez, hace muchísimos años y unos días, un lugar llamado Jajamelin. Era una ciudad tan antigua, pero tan antigua, que los semáforos eran en blanco y negro.

En cierta ocasión, Jajamelin fue invadida por una plaga de ratones. Estaban por doquier. En los televisores de todas las casas, bajo las sábanas, en las cañerías, dentro de los platos de sopa. En fin, nadie sabía cómo expulsarlos de sus vidas.

Pero un día, a alguien se le ocurrió la idea de contratar los servicios de un célebre flautista extranjero. Él aseguraba que con su música exterminaría aquella peste.

Enseguida una poderosa empresa de bebidas lo trajo, auspiciando el evento. El concertista interpretó magistralmente La Flauta Mágica de Wolfgang Amadeaus Mozart, mientras caminaba hacia un río, casi en las afueras del pueblo. Y los ratones, embelesados, lo seguían en caravana. Al llegar al borde de un barranco, los roedores siguieron caminando y cayeron al río, siendo arrastrados por la corriente.

Al flautista le regalaron la llave de la ciudad en una gran fiesta. La alegría fue tremenda, pero les duró poco.

Tiempo después, una plaga de hipopótamos invadió Jajamelin. Se les veía en los baños de las casas, subidos en los postes, en el campanario de la iglesia y en las carteras de las señoras. En fin, en todas partes.

Entonces, volvieron a traer al flautista extranjero. El hombre interpretó de nuevo La Flauta Mágica de Mozart, mientras caminaba hacia un barranco, casi en las afueras del pueblo. Y los hipopótamos, embelesados, lo seguían en caravana. Al llegar al precipicio, los animales siguieron caminando y cayeron al río, huyendo aturdidos hacia todas partes.

Al flautista le otorgaron la medalla al Honor en otra colorida fiesta. La alegría fue apoteósica una vez más, pero también les duró poco.

Muy luego la pobre ciudad de Jajamelin fue invadida por una plaga de teléfonos celulares. Estaban por doquier. Se instalaban de a dos y hasta de a tres en las orejas de los habitantes. Sonaban en reuniones, durante las siestas, en los momentos de mayor intimidad. En fin, en todas partes y todo el tiempo.

Tuvieron que llamar urgente al famoso flautista extranjero (le avisaron por palomas mensajeras que llevaban correos electrónicos amarrados en sus patas). El músico, al llegar, tocó una vez más La Flauta Mágica de Mozart, mientras caminaba ahora hacia un área sin señal en las afueras del pueblo, donde coincidían el barranco y el río. Y los teléfonos celulares, embelesados, lo seguían en caravana.

Al llegar al borde del precipicio, los aparatos empujaron con violencia al flautista que cayó desde lo alto al río y, avergonzado, nadó contra la corriente usando su flauta como snorkel.

Mientras tanto, los celulares regresaron a la ciudad sonando al unísono sus timbres. Pero quizás como homenaje –vaya usted a saber-, de repente sustituyeron su tradicional ring-ring, por las metálicas y entrecortadas notas de La Flauta Mágica de Mozart, y el Para Elisa de Beethoven, para más tarde cambiar éstas por La Mayonesa y La Gasolina de no sé quién.

Y fueron muy felices… ellos.

 

Está tan obvio el ejemplo que no es necesario profundizar más.