Mafalda o la "Quinoterapia"

Marie-Laure Sara (Profesora-investigadora de Estudios Hispánicos en la Universidad de Versailles-St Quentin en Francia.)
Copyright © Marie-Laure Sara. Publicado en Humor Sapiens con el permiso de su autora. Reservados todos los derechos.


A mis amigos franco-argentinos Sylvie y Fernando

 

En 1964, hace cincuenta años, nace en Argentina una niña entrañable con nombre de hada, calcetines, melena negra coronada de un lazo, cara redonda y ojos grandes: Mafalda. Con los años, la heroína de historieta ha conquistado a más de treinta países no hispanohablantes pero sigue siendo esa niña genuinamente argentina, y hasta la parada del metro parisino Argentine le rinde homenaje, al lado del muy serio Jorge Luis Borges…

A ella y a su padre, Joaquín Lavado alías Quino, con esta ocasión y en este coloquio dedicado al humor que nos permite vivir y mirar la vida con más imaginación y locura, quisiera rendir un homenaje a distancia al que ustedes perdonarán, espero, su carácter poco académico que le dedico, a modo de guiño, al que dejó la prestigiosa academia de Bellas Artes, “cansado de pintar ánforas y yesos” para volverse un “dibujante humorista” [1].

Como muchos adolescentes franceses, aprendí el español con las viñetas de Quino, y sin la preciosa ayuda de Mafalda, no sé si me hubiera parecido tan alegre la lengua del Ingenioso Hidalgo… Con su humor benevolente, basado en la mirada a la vez ingenua y cuerda de la niñez, la “Quinoterapia” recupera la imaginación infantil para cuestionar al mundo adulto, sus prejuicios y contradicciones, y despierta nuestra percepción atolondrada y dormida por las rutinas de nuestra seriedad, haciéndonos sentirnos quizás más vivos.

“Quinoterapia”: permitan que retome la expresión tan acertada a otro humorista real mágico, Gabriel García Márquez, que le dedica a su amigo Quino un precioso prólogo en la edición completa de 2004, al cumplir Mafalda sus cuarenta años [2]. “Quinoterapia” para los tiempos de Guerra fría, luego de dictaduras, “Quinoterapia”, hoy, para nuestros tiempos de depresión y crisis. Pero ¿qué tendrá de terapeútico la lectura de Mafalda? ¿Qué especie de felicidad y qué tipo de humor se experimentan ahí? Nos aclara el prólogo de García Márquez al definir el genio del arte de Quino:

Los niños son los depositarios de la sabiduría. […] Lo malo para el mundo es que a medida que crecen van perdiendo el uso de la razón, se les olvidan en la escuela lo que sabían al nacer, se casan sin amor, trabajan por dinero […]. Comprobar esto en cada libro de Quino es lo que más se parece a la felicidad [3].

 

Dejémonos ganar también, pues, por el espíritu contagioso de la “Quinoterapia” en un caleidoscopio del mundo de Mafalda.

 

1. Felipe

Los sueños son vida y la vida es de soñar

 

En el mundo de Mafalda, Felipe es el inseparable amigo. Con su aire bueno, tierno y a veces algo triste, su carácter se complementa muy bien con el de su amiga.

Pronto a entusiasmarse, Felipe encarna el espíritu de la niñez soñadora. Soñar con ser un héroe o tener poderes telepáticos, soñar con tener la voluntad de estudiar en la escuela y sacar buenos resultados, soñar porque se ve más linda la vida en el prisma del sueño.

Pero a Felipe siempre le hace falta una pizca de voluntad suplementaria para que se le crean el cuento. Gracioso a pesar suyo, el amigo idealista topa con la realidad cual el Quijote ante sus molinos. Hay que confesar en su defensa que siendo sin quererlo su Sancho Panza, Mafalda suele quitarle la ilusión recordándole los límites que le imponen el principio de realidad al placer de soñar. Sin embargo, los intercambios amistosos de ambos niños tienen como consecuencia que Mafalda quede contagiada por el humor soñador de Felipe para el mayor goce de los lectores que, bajando la guardia, se dejarán ganar también por su fantasía eufórica.

 

 

2. Susanita

El feminismo apechugado con virilidad

 

Si Mafalda le quita la ilusión a Felipe, las conversaciones con Susanita son fuente de rotunda desilusión para nuestra heroína.

Susanita: futura ama de casa conservadora admiradora de los modelos occidentales que cotillea como las ancianas de pueblo y se aferra a su status social, sin otra ambición que la de esperar pasiva a que la salve su príncipe azul-mesías y vertiendo todas sus ambiciones en el hijo ideal proyectado.

Mafalda: incansable defensora de los derechos de la mujer y del niño a liberarse de cualquier intento de subordinación ilegítima, tratando de convertir a su amiga al evangelio de una educación emancipadora que cumpla el mandamiento quinoterapeútico: “lo importante es ser uno mismo”.

El humor brota ahí de la fuerza del contraste con que se confrontan las dos visiones radicalmente opuestas de la identidad femenina. ¿Qué podrán compartir las dos niñas que le permitan legitimar su amistad siendo tan diferentes? El lector se deleita del round Susanita-Mafalda y de esta inquebrantable amistad que parece resistir todos los rabiosos asaltos de la oposición como en esas parejas que funcionan mediante el equilibrio de los contrarios. Bella lección de convivencia dada por la gracia de la sabiduría infantil, la amistad de Susanita y Mafalda asume la constatación evidente de que un mundo sin diálogo con la contradicción sale indudablemente desabrido y que uno se cansa de vivir en una sociedad de pares donde no existe seres diferentes.

 

 

3. Manolito

Las buenas cuentas hacen buenos amigos

 

Si no fuera por el empeño de Susanita en presentar a Manolito como una “bestia”, ambos niños formarían probablemente una pareja ideal que se conformaría perfectamente con el american way of life capitalista y conservador.

¡Pobre Manolito! Con su corte de pelo a lo “cepillo”, su pinta cuadriculada de comerciante y sus capacidades aparentemente limitadas en entender tanto el contenido general de las clases como el alcance metafísico de las conversaciones de sus amigos, el niño, sin embargo, tiene mucho corazón a la hora de amparar a sus camaradas y desconoce el descanso cuando se trata de ayudar a sus padres en su negocio.

La comicidad de Manolito le viene aseguradamente de la poderosa deformación profesional con que, de forma caricaturesca, reproduce los comportamientos y la mentalidad mercantiles de sus padres. Mercantilismo al extremo de lo soportable que contamina el imaginario de sus amigos con sus estereotipadas pesadillas, impregnándolo de espeluznantes condicionamientos pavlovianos. Comicidad enternecida, sin embargo, ya que Manolito trata de distanciarse de su vicio comercial con humilde sentido de auto-irrisión.

 

 

4. Mafalda y sus padres

La militancia en un mundo de aguafiestas

 

Ahora le toca el turno de este juego de roles a nuestra Mafalda, portavoz de la niñez en un mundo de adultos desencantados que han dejado de preguntarse el sentido de sus actos, atrapados por el desenfrenado rumbo de la vida. ¿Por qué nos es tan simpática aquella niña preguntona que no deja descansar a sus padres con sus reivindicaciones desconcertantes?

Quizá sea porque Mafalda no abandona ni se resigna a dejarse desalentar por el real-pesimismo del mundo muy serio de los adultos –aguafiestas, todos. Mafalda escoge la militancia, y su imparable técnica de guerrilla humorística termina por vencer las resistencias y ganarse la comprensión cómplice de sus padres. El humor absurdo de su lógica infantil desvela indudables verdades simbólicas cuyo impacto conquista sobre todo al padre que se ablanda, al mismo tiempo que el lector.

Patriota, feminista, humanista, comprometida, la mirada de Mafalda saca su paradójica precisión de la finura de su desfasado enfoque, enfoque doblemente marginal, por ser ella niña. Sí, ¿cómo no quedarnos atrapados en la ternura de aquella imaginación que se evade de las prisiones conceptuales y busca soluciones estrafalarias, por la sorpresa de los chistes que provoca, por la obsesión que se le antoja a esta niña con buscarle equilibrio al globo terráqueo de su casa y encontrarle solución al bipolarismo de la Guerra fría o, más cerca, al conflicto entre Susanita y Manolito?

Es posible que ser padre no sea sino volver a maravillarse o indignarse mediante los ojos de sus criaturas y los lectores, a compás con los padres de Mafalda, vuelven a sentirse felices y libres con aquella sonrisa aliviada de quien sabe lo que cuenta realmente, restándole importancia a todas las capas superfluas de civilización.

 

 

4. Guille, Miguelito y Libertad

El relevo de la nueva generación

 

No se puede dar por acabada la farándula sin evocar el relevo de la nueva generación de discípulos de Mafalda: Miguelito y Libertad, los amigos más chicos, y sobretodo el hermanito Guille cuya llegada da un paso radical en la lucha de Mafalda. Miguelito, más ingenuo e idealista, Libertad, más determinada y contestadora y Guille, más decidido en revolucionar las costumbres adultas de la casa, son tres discípulos que superan a su maestra y garantizan la perpetuación de su labor de resistencia.

 

 

Con todos sus personajes, el mundo de Mafalda concretiza una posible convivencia ya que cada niño encarna una identidad o un perfil social complementándose todos. Porque todos tenemos a un aguafiestas para amargarnos y todos somos un aguafiestas para otro. Pero todos llevamos adentro un niño y todos tenemos a nuestro alrededor a alguien que sea más niño y nos permita desempolvarnos de nuestros acondicionamientos adultos. Para emanciparnos liberando nuestros sueños y nuestra capacidad a entusiasmarnos gracias a Felipe, buscando justicia sin abandonar nunca, gracias a Mafalda, conservando el ingenuo idealismo de Miguelito, la determinación de Libertad, la astucia desacomplejada de Guille, luchando con nuestras limitaciones con Susanita, Manolito y los padres que quizás seamos hoy.

Todos llevamos adentro el mundo entero de Mafalda pidiendo que se le preste atención y risa para despertar al niño durmiente, al niño primitivo, instintivo, que siempre supo jugar, crear y ser feliz. Eso es “Quinoterapia”, invento loco de genio tan latinoamericano como la sofrología, la zumba o la biodanza; instrumento de felicidad creadora y alentadora… Un invento que, hace cincuenta años, nacía de una fantasía infantil y sigue luciendo tan joven, porque el espíritu de niñez no tiene edad…

Te demos las gracias, Mafalda: ¡que los cumplas feliz!

 

Notas


[1] Según los términos del propio Quino en su página web oficial: http://www.quino.com.ar/biografia.

[2] Todo Mafalda, Quino, Barcelona : Lumen, 1992.

[3] Op.cit., p. 5, prólogo de Gabriel García Márquez.