La risa con letra entra (notas sobre humor y exilio)

Por Enrisco (Humorista literario cubano)
Copyright © Enrisco. Publicado en Humor Sapiens con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

(Discurso pronunciado el 5 de octubre del 2014 en el XIII CONGRESO ANUAL del Centro Cultural Cubano de Nueva York. EL CHOTEO CUBANO: Humor and National Identity)

Hay cosas que uno se encuentra donde menos las espera. “El invierno más frío que pasé fue un verano en San Francisco" dicen que dijo Mark Twain. Yo, por mi parte –y en este caso pueden citarme de buena tinta–, nunca me aburrí más que en un congreso sobre el humor. Fue en un frío otoño de Montreal donde tuve que asistir a conferencias a cual más soporífica sobre autores supuestamente divertidos a los que los ponentes les habían extraído hasta el último miligramo de gracia para exhibirlos como al cadáver de la famosa clase de anatomía de Rembrandt. Yo atribuyo ese despropósito al intento de aquellos académicos de salvar al sujeto de aquel congreso –el humor– de su mala fama de tema poco serio mediante el recurso extremo de obligarlo a negarse a sí mismo. O puede que no. Podría ser simplemente que aquellos señores académicos consagrados al estudio del humor fueran de por sí el conjunto de personas más aburridas del planeta y que eligieran ese tema de estudio como intento desesperado para escapar a su verdadera naturaleza. Eso quizás lo confirme el hecho de que terminada la sesión de ponencias no se les ocurrió manera mejor de pasar la noche que reunirse en el vestíbulo del hotel a leerse aquellos chistes infames que solían circular en los correos electrónicos colectivos de hace década y media. Pero si esta descripción les suena a ensañamiento, a venganza tardía por un mal rato pasado hace quince años, están equivocados. La verdad es que tanto patetismo todavía me despierta la más profunda compasión, como pueden despertarla reuniones de exiliados planificando el futuro de un país que ya no existe: y es que aquellos académicos a quienes sospecho desterrados de cualquier otro cónclave más o menos respetable de literatura y, por supuesto, de cualquier reunión alegre e irrespetuosa de borrachines, me han servido de indicio para entender las extrañas pero firmes relaciones que existen entre el humor, la literatura y el exilio.

Porque alguna habrá de haber, al menos en el caso cubano, cuando muchos de los ejemplos más felices de la relación entre literatura y humor nacieron en el exilio: ya fuera el exilio más bien cultural del Virgilio Piñera de los “Cuentos fríos” o los exilios políticos del Pablo de la Torriente Brau de las “Aventuras del soldado desconocido”, o casi toda la obra exiliada de Cabrera Infante o de Reinaldo Arenas. Esos y otros tantos nombres pueden hacer pensar en dos posibilidades: a) que el exilio empuja a la práctica del humor; b) más bien es al contrario: la facultad de reírse de casi todo es lo que impulsa a sus poseedores a poner tierra por medio de los poderosos que entienden la risa como un insulto.

Sin embargo, ¿no basta emitir la palabra “exilio” para amargar una fiesta que hasta el momento resultaba bastante divertida? ¿No están los así llamados exiliados predestinados a añorar sufridamente ciertas modulaciones de la naturaleza o del lenguaje que sólo se dan en la patria abandonada a la buena de Dios o a la mala de los tiranos de turno? ¿No es acaso el exiliado –pongamos que cubano en este caso– un ser capaz de derramar lagrimones ante la visión de una palma o la convicción de que estos frijoles no alcanzan el mismo sabor de aquellos que nos hacía abuela? Las dictaduras son de por sí solemnes y en momentos claves exigen de sus súbditos un comportamiento taciturno, pero el exilio cuando se piensa como tal no resulta muy distinto. Parecería que el exilio tratara de competir en solemnidad con la tiranía que dejó atrás, como si temiera que de perder esa competencia perdería realidad. Y sin embargo aun así encontramos el humor en abundancia en esa parte de la realidad tan melancólica y lacrimosa en la que somos capaces de entristecernos recordando una ensalada de aguacate digerida hace varias décadas atrás.

La pista de estas relaciones entre humor y exilio me la dio el insigne y casi olvidado escritor cubano de principios del siglo XX Jesús Castellanos, autor de frases tales como “la modestia en nuestra tierra es como los zapatos: muy bonitos pero estorban para trepar”. Fue él quien en el prólogo a su hilarante reunión de artículos titulada “Cabezas de estudio” explicaba que los textos que la componían habían nacido de su necesidad de liberarse de “toda la dosis de cursilería que en mi alma pusieron tres años de emigración”. Basta una frase así para imaginarse las circunstancias por las que tuvo que pasar Castellanos: reuniones nocturnas en salones decorados con banderas y retratos de mártires, voces crispadas, manos en el pecho, himnos, discursos y alusiones constantes a la patria que sufre, al yugo que sofoca y a nuestros pobres hermanos oprimidos. Porque a esos extremos simbólicos, retóricos y decorativos hay que llegar para rellenar la distancia que media entre la realidad de esos exiliados y la de su país, para que la escenificación del horror colectivo se vea cumplida en un mundo más bien apacible. No debe ser casual que las “Aventuras del soldado desconocido cubano” se inicien con la aparición de su fantasmagórico protagonista en una de esas reuniones patrióticas del primer exilio antibatistiano justamente en Nueva York. Allí (o más bien “aquí”) el narrador (alter ego de Pablo de la Torriente Brau) improvisa su discurso ligando “los acontecimientos mundiales del día, la experiencia de la historia y ciertos conceptos filosóficos deliberadamente vagos, con los aspectos de la lucha contra el imperialismo en Cuba”, dejando entrever lo mucho que hay en tales actos de ritual hueco que pronto será rellenado con el humor que desborda ese monumento al jodedor cubano que es Hiliodomiro del Sol. Pensemos también en los conciliábulos secretos y absurdos que aparecen en toda la obra de Virgilio Piñera desde “Jesús” y “La carne de René” hasta los “Los siervos” como profetizando (y choteando de antemano) esa larga y penosa enfermedad conocida como Revolución Cubana. Pensemos cómo Reinaldo Arenas inicia “El color del verano” con otra apoteosis de solemnidades (la celebración del falso medio siglo de la Revolución castrista (en realidad han pasado “sólo” cuarenta años). Dicha celebración va a ser interrumpida por la fuga hacia la Florida de la poeta Gertrudis Gómez de Avellaneda que a continuación es atacada física y verbalmente por los asistentes al acto. O sea, que otro de los momentos más delirantes del choteo cubano es ese carnaval de humillaciones que ahora se conoce como “acto de repudio”. (Por otra parte –y tratando de universalizar mi experiencia cubana– recuerdo haber estado en un par de bar mitzvás sentado durante horas escuchando letanías en hebreo y creo que nunca me he aburrido más en la vida excepto –por supuesto– en aquel congreso sobre el humor. Entonces fue que creí entender el secreto del humor judío imaginándome a unos hermanos Marx niños escuchando salmo tras salmo en la sinagoga mientras sus mentes trataban de escapar a donde sus cuerpos no podían). Caso aparte sería el de Castor Vispo, el genial libretista que resumió todo el teatro bufo en el programa radial “La tremenda Corte”. Fue nada menos que un gallego nacido y criado en La Coruña quien reconstruyó la cubanidad a través de personajes -como Rudesindo Caldeiro y Escobiña y José Candelario Trespatines- que creaban los diálogos y situaciones más divertidas y surreales en uno de los sitios más serios que pueden existir: nada menos que en un tribunal de justicia. Vispo era un inmigrante quien, a partir del triunfo de la revolución, ya demasiado mayor para emprender otra fuga, se vio convertido en un exiliado interior hasta que la muerte le llegó en 1973. Afortunadamente, a pesar del destierro que sufrió de los medios de comunicación desde principios de la revolución ahora Ecured, la Wikipedia provinciana de la siempre fiel isla de Cuba, ha decidido acabar con su vida en 1966 y así ahorrarle retroactivamente siete años de penoso inxilio. (Cuenta una leyenda urbana que un par de comediantes televisivos hablaron con su viuda para recuperar aquellos libretos que se habían difundido por las ondas radiales de toda Hispanoamérica y ella les contestó que fueran a buscarlos. Dicen que al acercarse a la casa vieron una humareda que se levantaba por encima de esta y que la viuda los hizo pasar al patio donde ardía una gran fogata alimentada por el papel de los libretos. Toda la obra de Cástor Vispo quedó desde entonces y para siempre en el aire: en el aire contaminado por aquel humo suicida y en el que todavía transmite sus programas por todo el hemisferio).    

Pero volviendo al caso de nuestros escritores y el humor: una golondrina no hará verano pero dos o tres ya bastan para enunciar una ley de la historia o de la literatura: es definitivamente el humor el llamado a equilibrar el patetismo que se deriva fatalmente de la nostalgia, el dolor, la impotencia y la desesperanza que producen no sólo los estados autocráticos sino también esa condición que llamamos exilio. Agradezcámosle al humor no sólo las sonrisas que nos saca en medio de lo adverso y lo incierto sino que nos ayude a conservar cierta dignidad. “Pienso que la realidad en general es siempre tan desmesurada y tan cruel que si perdiéramos la risa lo perderíamos todo”. Eso no lo digo yo sino Reinaldo Arenas, que bien sabía de desmesuras y crueldades. Y de exilios. Aunque no deberíamos dramatizar nuestra realidad cotidiana llamándola exilio. Uno no se despierta todas las mañanas en el exilio ni va a tomarse una cerveza en una esquina de su destierro. Exilio es lo que nos sorprende cuando se acaba una fiesta, o a la salida de un concierto, justo cuando más a salvo nos sentíamos de él. O a donde vamos voluntariamente a encontrarnos con hermanos de causa, en el sentido más presidiario del término.

El más plañidero de los compositores cubanos se quejaba en una de sus canciones de que le pidieran obras alegres “con tantos motivos para no reírse como hay”. Era como si no entendiese que la risa es más necesaria allí donde tiene menos pretextos pero no menos sentido. Que lo diga si no el pueblo judío con su historia atroz y su humor refinadísimo y al mismo tiempo a prueba de balas.

Dicho esto –convirtiendo en verano este puñado de golondrinas–, quedarían por explicar las relaciones entre el humor y la literatura en el exilio ya no sólo como contrapeso al patetismo de nuestra realidad o, más bien, al patetismo con el que la miramos. Porque con respecto a la realidad cubana el humor también ha sido usado como instrumento –como le diría el Lobo a la Caperucita Roja– para entenderla mejor. El humor puede y debe funcionar como las gafas de sol: para evitarnos deslumbramientos innecesarios y permitirnos concentrarnos en la cosa en sí sin la distracción de las convenciones. Sólo el humor nos permite someter una realidad tan desmesurada y esperpéntica al juicio implacable del sentido común. “Creo que el humor tiene un papel fundamental: es la única manera de decir una realidad cuyo patetismo resulte tal que pierda efectividad al ser contada” dice nuevamente Reinaldo Arenas con esa sabiduría incontestable que sólo tienen algunos muertos. Para evitar las deformaciones del pathos y explicar horrores que escapan a todo entendimiento –más que por profundos, por duraderos, en un régimen que a escala humana se asemeja al infinito– se acude a esa risa amarga de la que buen uso han dado esos escritores de la generación de Mariel como el propio Reinaldo Arenas, Juan Abreu, Miguel Correa o Néstor Díaz de Villegas. O a la risa bastante más laxa que encontramos en la correspondencia de Ramón Fernández Larrea con celebridades cubanas que van desde la Virgen de la Caridad del Cobre hasta la vaca Ubre Blanca. O en la incansable creación del propio Fernández Larrea de programas radiales y televisivos que hacen sospecharlo como una feliz reencarnación de Castor Vispo, alguien que no se resigna a ser el humo de viejos libretos. O en las desaforadas burlas dirigidas al estamento intelectual cubano dentro y fuera de la isla del enigmático Fermín Gabor, de cuya autoría real han acusado a todo intelectual cubano vivo con algún sentido del humor. Y en este caso lo único de veras preocupante es que la lista de sospechosos no pasara de dos o tres nombres.

Pero esa risa que he esbozado aquí como una especie de superhéroe encargado de cumplir tareas imposibles por otros medios me recuerda más bien el personaje Bola de Sebo del famoso cuento de Guy de Maupassant. Todos se vuelven a ella en los momentos más desesperados, cuando la risa es el único escape y, sin embargo, cuando pasa el peligro, no le ofrecen más que un desprecio similar al de la prostituta del cuento. Solo ello explica que intenten convertir a escritores como Virgilio Piñera o Reinaldo Arenas, en meros santones literarios en lugar de en esos seres maliciosos y endemoniados que siempre fueron, sin paz para ellos mismos ni para nadie. Pero no nos sintamos sorprendidos ni indignados. Somos, pese a todo, un pobre pueblo joven que no sabe definir, que como la luz o la infancia aún no tiene rostro y que se ríe todo el tiempo excepto cuando se hace la foto con la que piensa fijar su imagen definitiva. Trascenderse. Para la foto oficial ofrece otra cara, más seria y adusta. Quizás piensa que así va a quedar mejor representado. No sabe que la risa nos muestra tal y como somos: un pueblo desesperado por escapar del aburrimiento terrible que le produce su Historia, su propio destino. Así es que dejamos la risa fuera de lo cubano como mismo se la deja fuera de todos los congresos sobre el humor (menos de este, claro), para luego volverla a encontrar en donde menos se la espera: en algún clásico de la literatura o en un velorio.