Recomendaciones | Reír, dueño de uno mismo (Luis Pescetti)

Enviado por Humor Sapiens el Dom, 16/08/2026 - 19:30
Recomendaciones | Reír, dueño de uno mismo (Luis Pescetti)

El 6 de agosto de este año 2026, en la Capital de Argentina, see celebró la Ceremonia de recepción del título de Doctor Honoris Causa de la Universidad de Buenos Aires por parte del humorista y gran amigo de Humor Sapiens, Luis M. Pescetti.

Pescetti es Escritor, músico y humorista literario, escénico y musical argentino. Multipremiado internacionalmente por su obra, acaba de obtener el apreciada distinción Doctor Honoris Causa, nada menos que de la prestigiosa UBA.

Estas fueron sus palabras en la Ceremonia:

Rector, Decano, señoras y señores.

Yo era un docente que no se había propuesto hacer canciones de humor para chicos, pero en una clase me reclamaron “Maestro, esas canciones son para nenes chiquitos”. Me quedé de una pieza, tenía más de cien canciones con lo mejor del repertorio de entonces… y ellos eran la salita de cinco.

Así empezó. El día que vi a uno, encandilado por una compañerita que no le prestaba atención, me di cuenta de que mi repertorio no tenía historias con chicos y familias reales: entonces compuse la primera, una en la que el protagonista se hace pipí al ver a su chica. Ese narrador en primera persona muestra que no hay vergüenza en perder el control por amor. Lo de hacerse pipí, le ocurría a uno de la sala de cuatro, cuando me veía entrar al salón. Poner al narrador como protagonista diluye el lugar de poder de quien señala, pues es un par al que le ocurre lo mismo. De esta manera, el error no avergüenza, y transmite que “las reglas de la corte” no deben intimidarnos.

Respondieron con una risa que no se termina al día de hoy.

Una vez frené en un semáforo y, por el paso de cebra, cruzó una mamá con un hijo de unos diez años, que iba adelante y otro de unos cuatro, que avanzaba tropezándose en uno de esos triciclos de plástico.

La mamá se impacientó y lo retó tironeándolo del brazo. Entonces, vi cómo se dibujaba una gran sonrisa en la cara del mayor. Ahí está, pero si hiciéramos una canción sobre la paciencia entre hermanos, lo perdemos. Porque el mayor sabía qué se esperaba de él. Si machacamos con el ideal, los chicos sienten lo mismo que cuando nos invitan a una merienda, y pescamos que es para vendernos un tiempo compartido. Mejor como en los boleros, no discutir con la emoción: “Por fin mi mamá lo devolverá”. Y se reiría, sintiéndose reconocido en su inteligencia. La de “los hermanos deben amarse” tiene ese aire de campaña evangelizadora que, en verdad, cree que “los salvajes son incorregibles”.

Representa una foto y no: una película que se desarrollará.

Pero, ¿cuándo aprendimos a vernos como una foto que no cambia?

Una mañana, en un acto escolar en Cuernavaca, dejó de funcionar la amplificación. La directora miró el micrófono con desencanto y exclamó: “Ya tronó”. Esa expresión resalta, no el desperfecto, sino que era esperable.

En Latinoamérica, nuestros chicos crecen oyendo sobre el fracaso o la corrupción del país, sus instituciones y funcionarios; siempre unido a “lo esperable” que sea así. El descreimiento está internalizado en los medios y las charlas cotidianas: “No va a cambiar”, “en otro país, esto no pasaría”.

Es un Chernóbil de autorrepresentación.

Vivir en México y trabajar por Latinoamérica me recordó que Argentina fue parte de una colonia, pero no nos pensamos así. Luego siguió una cadena de autoritarismos, modelos de dependencia; y se nos escapa lo arraigada que tenemos esa mirada colonial. La metrópoli nos administró, beneficiándonos con civilidad y progreso, porque los nativos éramos desobligados, ruinosos para nosotros mismos.

Después la colonia se va, la mirada queda. Si algo sale mal, no nos sorprende, somos incorregibles, yestamos en la loma del peludo. Dios está en todas partes, pero atiende en Madrid, que para colmo no es Nueva York, ni París, ni Berlín. Y para casi todo, toca peregrinar a Buenos Aires.

Por ejemplo, yo crecí en San Jorge, sobre la ruta provincial 13. Si la maestra pedía un libro, íbamos a una papelería que lo encargaba a Santa Fe o a Rosario, que lo traía desde Buenos Aires. Lo mismo con los repuestos, y hasta los programas de radio y televisión, que no siempre eran en vivo.

La inspectora escolar llegaba en un Fitito. El día anterior mi vieja lavaba el guardapolvo y les pasaba tiza a las zapatillas, para blanquearlas. A la mañana siguiente, el silencio era absoluto, no se movían ni los peores de la clase. El director saludaba y anunciaba la visita con tono severo. Ella inclinaba la cabeza y luego recorría las aulas, se sentaba al fondo. A la profesora, le temblaba el libro en las manos. Y lo más extraordinario es que todos sabíamos que viajaba con un mono tití en el Fitito, lo dejaba esperándola en el auto con la ventanilla ligeramente abierta, para que respirara sin asarse por el calor santafecino.

Circulaban algunos chistes, por supuesto.

Se salía a dar la vuelta al pueblo a ver vidrieras, atentos a las novedades, pero ¿quién se interesaba en las nuestras?

En la confitería del Jockey Club, se juntaban abogados, escribanos, el comisario no, pero el juez de paz sí. Los médicos eran una categoría aparte: no se sacaban el ambo blanco ni para ir a hacer trámites. Un “Buen día, doctor” los precedía donde fueran.

Una tarde fui a comprar útiles a una papelería, el dueño me dio un dinero y dijo: “Pibe, andá a comprarme unos cigarrillos”, y fui. Él daba por natural ese encargo, y yo: que debía cumplirlo. Tenía doce años.

Crecí entre fuerzas que esquivaba como si hubiera estudiado poscolonialismo. Sabía que debía caer bien, sentí vergüenza, “no te hagas el payaso” me lo dijeron montones de veces, vi calzar la identidad como un traje prestado y caminar ajeno en la propia tierra. Después me fui, con la música y el humor a otra parte, que suena romántico, pero no deja de ser un desplazamiento con el desarraigo que implica. En el trabajo con chicos encontré mi tierra prometida. Bien leído, soy un niño que nadó hasta llegar a la infancia, que fue donde encontré mi sentido, el que esperaba de chico y tengo la suerte de poder devolver de grande.

Fui refinando mi humor: uno puede reírse, no como lisonja ni para pedir ayuda con la autoestima (“soy un desastre, ¿verdad?”) sino con soberanía. Confirmé que hay una relación entre risa y territorio, y que la risa puede ser un gesto de identidad frente a tantas jerarquías y autoritarismo.

Ustedes me distinguen porque vieron reír a sus hijos, quería contarles qué hay detrás de esas risas.

Recibo mensajes del tipo: “Dice mi mamá que cómo hiciste para saber lo que pasa en casa”. Porque pasó en la mía, ofrecí mi recorrido personal para ejemplificar lo común que es esta historia.

Especialmente en días que juntan el desfinanciamiento de educación, salud, ciencia y tecnología pública, con el encargo de reactores nucleares a empresas extranjeras, volver sobre las consecuencias de ser colonia y el desafío de la independencia ayuda a leer lo que hoy se juega.

Así como la Universidad nos da autonomía y capacidad crítica: Quino, Fontanarrosa, Tato Bores, Les Luthiers, Cortázar y Borges nos hicieron pensar y reír devolviendo nuestra realidad en un lenguaje familiar. Aprendí con ellos, con mi padre que soldó un canasto en mi bicicleta para que llevara pan al hospital y mi madre que nos despertaba cantando, que hay que alejarse de la cantinela del fracaso.

Busqué una risa de desexilio, que los chicos se reconozcan en la voz y las anécdotas, que se sientan orgullosos de sí mismos, de su gente querida y de la tierra en la que están.

Encontré en la risa el fuego sagrado que Prometeo robó a los dioses para entregárnoslo a los humanos.

Rompe el encantamiento, y nos muestra que el doctor, la autoridad… traen un mono en el Fitito; y que el territorio tiene horizontes más amplios.

Tengo una con enorme gratitud hacia la educación pública y a lo que esta Universidad representa.

No imagino una Universidad sumisa ni una risa obediente.

Al recibir esta distinción, quiero recordar que, frente a los chicos, no tenemos derecho al desencanto, ni a hacerlos sentir un error.

Nadie se merece lo que lo atormenta, por eso mis personajes pueden cometer un error, pero sin convertirse ellos en un error.

Cuando los chicos reconocen sus líos y aventuras, se ríen que estallan de alegría, de curiosidad voraz, se roban los libros de la biblioteca, le ponen el nombre del personaje a su perro, persiguen a la familia contándoles un chiste, oyen un disco hasta que los demás se hartan y se quejan conmigo.

De desatar ese torbellino se trata, no de entorpecerlo, y no para que todos sean científicos o profesionales sino para que todos se sientan dueños de sí mismos.

Muchas gracias.

 

6 de Agosto de 2026

Ciudad Universitaria, UBA, Buenos Aires

 

 

Humor Sapiens

"Crear, pensar y vivir con humor".