Hay artistas que dominan una disciplina, otros que definen una época y unos pocos, los verdaderamente excepcionales, que consiguen modificar nuestra manera de interpretar la realidad.
Mel Brooks alcanczó este mes (día28), el siglo de vida. Pero no celebraremos únicamente la longevidad de uno de los grandes creadores del entretenimiento moderno; celebraremos la permanencia de una mirada, de una filosofía y de una idea profundamente humana: que la risa puede ser una de las formas más sofisticadas de inteligencia y una de las armas más eficaces contra el miedo.
La historia del humor siempre ha estado ligada a la libertad. Desde los bufones medievales hasta los grandes monologuistas contemporáneos, el cómico ha ocupado un territorio privilegiado: el de quien puede pronunciar verdades incómodas bajo la protección de la broma. Mel Brooks ha sido, en ese sentido, el gran bufón de la cultura popular contemporánea, un creador que pasó casi un siglo recordándonos que ninguna ideología, ninguna institución y ningún relato humano deberían estar a salvo de la carcajada.
Su humor nunca nació del desprecio, sino de una profunda admiración por la tradición. La parodia en sus manos se convertía en una conversación con la historia del cine. Por eso "El jovencito Frankenstein", rodada en un expresivo blanco y negro y utilizando parte del material original de los laboratorios empleados por James Whale en los años treinta, no se ríe del monstruo, sino de los prejuicios humanos y de nuestra dificultad para aceptar aquello que consideramos diferente.
Conquistó el teatro con la adaptación musical de "Los productores", un enorme éxito en Broadway, llegado en un momento en el que Estados Unidos trataba de recuperarse del shock causado por los atentados del 11-S, que terminaría por convertirlo en uno de los escasos artistas en alcanzar el EGOT, el exclusivo grupo formado por quienes han ganado los premios Oscar, Emmy, Grammy y Tony.
Existe una hermosa paradoja en su legado: el hombre que pasó toda su vida derribando monumentos culturales terminó convertido en uno de ellos. El gran iconoclasta acabó siendo un clásico.
Probablemente en esa contradicción resida la mayor victoria de Mel Brooks: haber demostrado que la cultura puede ser profundamente inteligente sin dejar de ser popular, que la risa puede convivir con la reflexión y que, frente a la tiranía, el fanatismo y la excesiva importancia que los seres humanos nos concedemos a nosotros mismos, una carcajada sigue siendo una de las expresiones más altas de libertad. (Fuente: elcinedeloqueyotediga.net).
"Crear, pensar y vivir con humor".