Los animales también gastan bromas, aunque quizá no entendamos o sepamos interpretar su lenguaje. Bromear, reír y jugar de formas insospechadas no son cualidades exclusivas del ser humano:
son maneras de disfrutar de la existencia que compartimos con otras especies.
El humor también aparece en el juego
Darwin aseguraba que los animales tienen sentido del humor. Como ejemplo, contaba que su perro, después de recoger el palo que le había lanzado, se negaba a devolvérselo. Lo dejaba en el suelo y, cuando el naturalista se disponía a cogerlo, se lo quitaba rápidamente.
Esta broma —ofrecer algo y retirarlo justo cuando el otro va a tomarlo— también la hacen los bebés. Un estudio reciente interpreta la acción de ofrecer y retirar un sonajero como una predisposición lúdica vinculada a nuestro desarrollo cognitivo. La gracia estaría en romper una expectativa, una incongruencia que hasta hace poco se consideraba uno de los pilares del humor sapiens.
Pero esa idea ya no se sostiene. Neurólogos como Michael Brecht niegan que el sentido del humor sea exclusivo de nuestra especie.
¿Qué ocurre cuando Darwin juega con su perro? ¿Podría ser que el animal simplemente no quisiera ir a buscar el palo otra vez? Cuando un humano juega con un animal, ambos adoptan una disposición lúdica y recurren a menudo al engaño en broma. Estos juegos incluso podrían servir para entrenar la capacidad de detectar engaños, una habilidad útil para la adaptación social.
El humano hace como si fuera a lanzar el palo, pero lo esconde. El perro cae en el truco las primeras veces, aunque algunos pronto aprenden la artimaña. Lo más sorprendente es que los animales también incorporan sus propias bromas al juego, aunque nosotros nos hemos mostrado reacios a interpretarlas como tales.
Juegos entre especies
Un objeto tan sencillo como un palo puede convertirse en instrumento de interacción entre dos especies y en algo parecido a un juguete, quizá uno de los más antiguos del mundo. También pueden servir para jugar un hueso u otros objetos. Según afirma el paleontólogo Bruce Rothschild, incluso los dinosaurios pudieron haber jugado con huesos.
El juego es clave para el aprendizaje, así que los tiranosaurios pudieron jugar como otras especies. Aunque la idea nos resulte extraña, es lógica: nuestro imaginario está poblado de imágenes terribles de estos animales. Al margen de que las marcas en los huesos de dinosaurio fueran fruto del juego o no, es innegable que este existía en el Cretácico.
Hemos estudiado poco la incongruencia en los animales no humanos, porque su lenguaje es distinto del nuestro. Aun así, las semejanzas evolutivas nos permiten conectar con otras especies de forma lúdica, sin olvidar que cada una tiene sus propios rasgos.
El humor de un perro y el de un gato, por ejemplo, son distintos, pero sus diferencias no son insalvables: pueden jugar juntos si se conocen. Otra cosa ocurre cuando el juego entre especies se produce sin el consentimiento de una de ellas. Se han descrito interacciones de juego entre animales de distintas especies, aunque no siempre es posible saber si ambas partes participan voluntariamente.
El sentido del humor puede tener un lado cruel cuando no existe una asociación voluntaria entre dos individuos. Si el humor se basa en la incongruencia, deberíamos investigar esta cualidad en los animales. Quizá descubramos que cada especie tiene una forma distinta de entenderlo. Para hacerlo, debemos aceptar que nuestra manera de ver, percibir y sentir el mundo no es la única.
Las bromas y los juegos de otras especies
Los animales gastan bromas que quizá no entendamos nunca, sobre todo si seguimos creyendo que el humor es exclusivo de los sapiens. La lista de juegos de bonobos y chimpancés es demasiado larga como para menospreciar su sentido de lo lúdico. Tiran objetos, se suben unos encima de otros, esconden cosas, ríen, ponen caras e inventan bromas para no aburrirse y contagiar su diversión al resto.
Ninguna especie animal, o casi ninguna, habría prosperado sin un sentido que la impulsara a disfrutar de la existencia. Hace casi dos siglos que se conoce el juego de los peces, pero no se tomó en serio hasta que Gordon Burghardt descubrió su larga trayectoria evolutiva. Los peces mormíridos empujan y manipulan bolas; también juegan los pulpos y otras especies de reptiles.
Las aves son increíblemente lúdicas. En Nueva Zelanda, el loro kea es conocido por sus locuras y bromas. Sus travesuras incluyen llevarse objetos que les resultan curiosos. A los keas los llaman «los payasos de las montañas» y, cuando están en grupo, emiten sonidos contagiosos parecidos a la risa.
La broma de Mozart
Los estorninos tienen un canto animado y particular. En sus melodías incorporan sonidos como alarmas de coches, microondas o sirenas de ambulancias. Da la impresión de que no se toman nada en serio. Sus composiciones alocadas, casi sin armonía, buscan un tono quebrado cuya acústica puede infundir ánimo al ser vivo más apesadumbrado.
Mozart tenía oído de genio y percibió enseguida el carácter lúdico del canto del estornino. Tenía uno, como cuenta Lyanda Lynn en su libro, e incluso se sospecha que le dedicó una sinfonía. Muy pocos quieren tocar el Concierto para piano n.º 17 de Mozart porque parece una broma. Algunos creen que el genio de Salzburgo intentó reproducir el tono irregular e imprevisible de los estorninos.
En otras palabras, Mozart y su estornino, como Darwin y su perro, participaron en un juego interactivo que, en este último caso, acabó en una broma colosal.
Animales que juegan en entornos humanos
Los animales que viven en las ciudades han cambiado mucho. Algunos, como el mirlo, han modificado su conducta en entornos urbanos.
También nosotros seguimos evolucionando y adaptándonos a los medios tecnológicos, en inusitadas simbiosis con las máquinas. Los animales forman parte de esa ecuación. Los juguetes para mascotas están cada vez más de moda: hay pelotas y muñecos, e incluso se han diseñado videojuegos para elefantes en cautividad. Poco a poco, algunos animales empiezan a entender cómo funcionan los medios de transporte y las imágenes.
Ahora se pueden hacer videollamadas para contactar con una mascota, y los perros callejeros se suben al metro de Moscú para desplazarse. Los cisnes hacen surf en las playas de Chile y los cuervos usan trozos de plástico como trineos para deslizarse por las pendientes de tejados nevados.
Alberto Lombo Montañés
prehistoriador
muyinteresante.okdiario.com
"Crear, pensar y vivir con humor".