En 2008, el cómico británico Jim Bowen se subió a un escenario a probar material nuevo. Solo que el material no tenía nada de nuevo: llevaba escrito desde el siglo IV.
Bowen leyó ante un público contemporáneo una selección de chistes sacados de un libro griego de la Antigüedad tardía, y la sala se rio. No de la antigüedad del texto, sino de los chistes en sí.
Uno de ellos, sobre un hombre que compra un esclavo y descubre que ha muerto, guarda un parecido tan incómodo con el sketch del loro muerto de Monty Python que un clasicista terminó calificándolo de antepasado directo de la escena. Ese libro se llama Filógelos (“el amante de la risa”), y es la colección de chistes más antigua que se conserva de todo el mundo antiguo.
Vamos con el principio. El Filógelos reúne 264 o 265 chistes, según se cuenten las variantes y repeticiones, escritos en griego y agrupados por tipos de personaje: el erudito despistado (el σχολαστικός, scholastikos, una especie de intelectual con la cabeza en las nubes y los pies fuera de la realidad), el charlatán, el misántropo, el comentarista ingenioso, médicos y pacientes, maestros y alumnos, maridos y esposas.
También hay chistes étnicos, dirigidos sobre todo a los habitantes de Abdera, Sidón y Cime, tres localidades que la tradición cómica griega convirtió en sinónimo de necedad, del mismo modo en que otras culturas han fabricado sus propios chivos expiatorios del humor.
El erudito, el scholasticus, es con diferencia el protagonista más recurrente: aparece en más de un centenar de las bromas conservadas, siempre encarnando la misma paradoja, la de un hombre culto que es incapaz de resolver el problema práctico más sencillo.
No es, sin embargo, el primer libro de chistes que existió, solo el primero que ha sobrevivido. El escritor Ateneo de Náucratis cuenta en su obra Deipnosofistas que Filipo II de Macedonia pagó a un club social de Atenas para que sus miembros le pusieran por escrito los chistes que allí se contaban, un dato que sitúa la tradición de recopilar bromas al menos en el siglo IV a. C., varios siglos antes del Filógelos.
El comediógrafo latino Plauto, a comienzos del siglo II a. C., pone en boca de sendos personajes de sus comedias Persa y Estico menciones a libros de chistes ya existentes en su época. De todos esos precedentes no ha quedado ni una línea. El Filógelos es, simplemente, el único que logró cruzar los siglos.
La autoría se atribuye por tradición a dos nombres, Hierocles y Filagrio, que aparecen en el título de algunos manuscritos pero de los que no se conserva ninguna otra obra ni ningún dato biográfico fiable. Se ha especulado con que el Hierocles del título fuera el filósofo neoplatónico Hierocles de Alejandría, activo en el siglo V, pero la coincidencia de nombre es el único argumento a favor, y no hay ninguna prueba textual que sostenga la identificación.
La Suda, la gran enciclopedia bizantina del siglo X, ofrece una tercera vía y atribuye la autoría a un comediógrafo del siglo V a. C. llamado Filistión de Nicea, al que presenta como contemporáneo de Sócrates y pariente de sangre del poeta cómico Filemón.
Si la fecha que da la Suda fuera correcta, el libro sería varios siglos más antiguo de lo que indica el propio texto, así que la mayoría de los especialistas la descartan y sitúan la compilación mucho más tarde. De hecho, si Hierocles y Filagrio existieron y tuvieron algo que ver con el libro, lo más probable, según los estudiosos actuales, es que se limitaran a reunir y ordenar chistes que ya circulaban de forma oral, más que a inventarlos ellos mismos.
La fecha de composición tampoco se conoce con precisión, pero hay una pista dentro del propio texto que permite acotarla. El chiste número 62 menciona los Juegos Seculares que celebró el emperador Filipo el Árabe para conmemorar el milésimo aniversario de la fundación de Roma, una efeméride que se celebró en el año 248 d.C. Eso implica que la recopilación, o al menos esa broma en concreto, no pudo fijarse por escrito antes de esa fecha.
El helenista William Berg, que publicó una traducción al inglés en 2008, sostuvo además que el griego empleado en el texto delata una redacción del siglo IV, lo que sitúa el Filógelos en la última etapa del Imperio romano, en un mundo mediterráneo donde el griego seguía siendo la lengua de la cultura y del humor culto, aunque Roma llevara siglos gobernando.
El libro sobrevivió gracias a un puñado de manuscritos bizantinos medievales, y no llegó a Occidente hasta que los copistas y eruditos del Renacimiento empezaron a interesarse por él. La primera traducción al latín es de 1605, y a mediados del siglo XVIII ya circulaban versiones en alemán.
En el mundo anglosajón hubo que esperar mucho más: la primera traducción al inglés completa es de 1983, obra del clasicista Barry Baldwin, profesor emérito de la Universidad de Calgary, y en 2008 el filólogo William Berg publicó una nueva versión que difundió en internet junto con el experimento de Jim Bowen, precisamente para comprobar si el humor de hace un milenio y medio seguía teniendo gracia.
Y aquí conviene detenerse en el propio contenido, porque el Filógelos no es un tratado sobre el humor, es humor sin más, chiste tras chiste, casi sin contexto narrativo. El estudio de la doctora estadounidense y de otros clasicistas ha ido componiendo, chiste a chiste, un catálogo bastante completo de las obsesiones cómicas del Mediterráneo tardorromano: la pedantería inútil, la avaricia, los médicos matasanos, las esposas cargantes, los cobardes, los borrachos.
Uno de los chistes, protagonizado por un cobarde al que preguntan qué barcos son más seguros, si los largos o los redondos, resuelve con una respuesta que cualquier guionista actual firmaría: los que están varados en tierra. Otro presenta a un propietario envidioso que, al ver que a sus inquilinos les iba bien viviendo en su casa, decide echarlos de ella con tal de no seguir viendo su prosperidad. Un tercero, sobre un médico glotón, cuenta que al encontrarse un pan agujereado lo rellenó de vendas, como si fuera una herida que curar en vez de una hogaza que comer.
El chiste que abre la colección, el número 1, ha traído de cabeza a los filólogos durante siglos, porque durante mucho tiempo se consideró casi incomprensible. Dice así, en su versión más difundida: un erudito encarga a un platero que le prepare una lámpara, y cuando el artesano le pregunta de qué tamaño la quiere, el erudito responde que la haga lo bastante grande como para ocho personas.
Durante siglos, siguiendo la lectura que ya propuso el humanista italiano Giovanni Pontano en el Renacimiento, se entendió simplemente como la respuesta absurda de un necio incapaz de calcular un tamaño con sentido: confundía la capacidad de una lámpara con la de una fuente para servir comida. Pero en 2013 la profesora de clásicas Egizia Maria Felice, de la Universidad de Reading, publicó un artículo que le devuelve al chiste su lógica interna.
La palabra griega que se traduce como «lámpara», lychnos, designaba también, según atestigua el geógrafo Estrabón en su Geografía, una especie de pez comestible. Según esta lectura, el erudito no está siendo simplemente absurdo: está confundiendo, sin darse cuenta, la tienda de un platero con la de un pescadero, y pidiendo un plato de pescado para ocho comensales con el mismo lenguaje con el que pediría una lámpara.
El chiste, dice Felice, no se ha perdido por el paso del tiempo, se ha perdido por la distancia del idioma, y una vez se recupera el doble sentido, vuelve a funcionar como un juego de palabras razonablemente ingenioso, no como un simple sinsentido.
Ese tipo de ambigüedad lingüística explica también por qué buena parte de los chistes del Filógelos resultan hoy más desconcertantes que graciosos. El chiste número 4, por ejemplo, exige saber que en griego antiguo decir que un caballo «ha tirado» los dientes significaba que ya era adulto, un dato zoológico y lingüístico que cualquier lector de la época dominaba sin pensar y que hoy hay que explicar en una nota a pie de página.
Otros, en cambio, atraviesan los siglos casi intactos. Uno de los más citados presenta a un erudito preocupado por saber si tenía buen aspecto mientras dormía, así que se plantó frente a un espejo con los ojos cerrados para comprobarlo. Otro, sobre un barbero muy hablador que le pregunta a un cliente cómo quiere que le corte el pelo, se resuelve con una única palabra: en silencio.
El más célebre de todos, no obstante, es el que ha terminado emparentado con Monty Python. La broma, catalogada dentro de la sección de intelectuales, cuenta que un hombre se encuentra con el vendedor que le colocó un esclavo hace poco y le reclama, indignado, que el esclavo ha muerto. El vendedor, apelando a los dioses, contesta que mientras estuvo con él nunca hizo tal cosa.
La estructura es exactamente la del sketch del loro muerto que escribieron John Cleese y Graham Chapman para el primer episodio de Monty Python’s Flying Circus, emitido el 7 de diciembre de 1969: un cliente furioso reclama por un producto muerto, y quien se lo vendió se niega a admitir la evidencia con una excusa cada vez más disparatada.
Cuando la editorial que publicó la traducción de Berg difundió el paralelismo en 2008, la noticia recorrió medios de medio mundo, de la BBC a Reuters, y un puñado de clasicistas se apresuraron a matizar que no se trataba de la misma broma, sino de la misma estructura cómica reaparecida siglos después con una mascota en vez de un esclavo. El cómico Jimmy Carr, por su parte, ha comentado que algunos chistes del libro le resultan «sorprendentemente parecidos» a los que se cuentan hoy en cualquier escenario de comedia.
El interés por el Filógelos no se ha quedado en la anécdota periodística. El National Museum of Language de Estados Unidos mantiene una exposición virtual titulada Filógelos: The First Joke Book, con viñetas basadas en las traducciones del libro, y el propio experimento de Jim Bowen sigue circulando como una rareza cultural: un cómico de la televisión británica leyendo, ante un público de pub, bromas que ya hacían reír, o al menos eso se supone, a los ciudadanos del Imperio romano tardío.
Lo que queda menos claro, y ahí sigue el debate entre los filólogos, es hasta qué punto ese aplauso demuestra que el humor humano apenas ha cambiado en un milenio y medio o si, más bien, lo que demuestra es que la comedia moderna ha construido, sin saberlo, sobre estructuras que ya estaban agotadas en la Antigüedad tardía. El propio chiste número 1, con su pescado disfrazado de lámpara, es la mejor prueba de que un mismo texto puede parecer un chiste roto o un chiste perfecto según quién, y con qué herramientas, se ponga a leerlo dieciséis siglos después.
(Fuente: labrujulaverde.com).
"Crear, pensar y vivir con humor".