Hay casas correctas en las que casi nunca se ríe, escuelas donde todo parece demasiado grave y comunidades tan tensas que una palabra mal escogida levanta una frontera. Se puede vivir así, pero cuesta decir que se vive bien.
Un lugar habitable necesita verdad, cuidado y pertenencia; también cierta vivacidad, la libertad de pasarlo bien juntos y una sonrisa que recuerde que ninguno es tan importante como a veces imagina.
José Mota, comediante y hombre sensato, ha expresado esta intuición con una fórmula luminosa: la comedia es «el camino más corto entre dos personas». Cuando dos desconocidos ríen ante la misma escena, dejan de vigilarse. La risa compartida no les exige pensar igual; les descubre algo común. Antes que adversarios o consumidores, son dos seres humanos capaces de reconocer el absurdo, la ternura y la torpeza de la vida.
Una crítica que no expulsa
El buen humor no es ingenuo. Puede señalar la vanidad, la curiosidad malsana, la codicia, la pedantería o la mezquindad con una exactitud que a veces no alcanza un discurso solemne. Mota dice que nos reímos de nuestras propias miserias vistas en otro. El personaje cómico funciona como un espejo indirecto: no nos acusa de frente, pero nos permite reconocernos sin sentirnos inmediatamente atacados. Uno ríe y, mientras ríe, piensa en silencio: «Es verdad, yo también hago eso».
Ahí comienza su fuerza educativa. La comedia puede corregir sin humillar y revelar sin condenar. Nos permite tomar distancia de nuestros defectos para que no tengamos que defenderlos como si fueran toda nuestra identidad. No elimina la verdad: la hace soportable y, por ello, más fácil de aceptar. El humor amable no encubre lo peor del hombre; lo muestra conservando la esperanza de que el hombre puede cambiar.
Por eso importa tanto el límite que Mota se impone: prefiere perder una carcajada antes que agredir a alguien. No es cobardía ni miedo a criticar. Es respeto. El humorista puede hacer una radiografía social, caricaturizar al poderoso y denunciar lo absurdo, pero no necesita destruir el honor de nadie. Hay una diferencia entre reírse de la condición humana —que compartimos— y convertir a alguien en un objeto que el público apedrea entre risas.
La comedia noble hace sonreír sin agredir. No pregunta solamente «¿esto provocará risa?», sino «¿qué deja esta risa dentro de nosotros?». Algunas carcajadas unen; otras necesitan una víctima. Unas nos vuelven lúcidos y compasivos; otras alimentan el desprecio. La libertad cómica alcanza su grandeza cuando es incisiva sin volverse cruel.
La flexibilidad que prepara el perdón
El sentido del humor no produce automáticamente el perdón, pero prepara algunas de sus condiciones. Enseña a no absolutizar una ofensa, a mirar una situación desde otro ángulo y a no confundir un error con la totalidad de una persona. Quién sabe reírse de sí mismo protege menos su orgullo, admite antes una torpeza y puede decir «me equivoqué» sin sentir que el mundo se derrumba.
Esa flexibilidad no es frivolidad, sino humildad. Permite que las relaciones respiren y amortigua el choque de los caracteres. En una familia, una broma cariñosa puede desarmar una tensión; en la escuela, un maestro con humor puede corregir sin avergonzar; en una comunidad, recordar juntos una equivocación puede convertir un reproche antiguo en memoria compartida. El humor no siempre sustituye el perdón ni repara el daño, pero puede aflojar el resentimiento y abrir la puerta a la conversación y la reconciliación.
Frente al odio y la polarización, la comedia introduce una pausa. Mota bromea diciendo que lo único que viaja más rápido que la luz es el odio. La imagen es divertida porque resulta dolorosamente reconocible. La respuesta del cómico no es devolver otra bala, sino hacer con ella un truco y convertir el casquillo en una flor. La comedia no deshace todos los conflictos, pero puede impedir que la hostilidad ocupe todo el espacio. Amortigua el golpe, rebaja la temperatura y nos devuelve una proporción más humana.
La alegría sencilla de vivir juntos
Un hogar, una escuela, un teatro o una plaza mejoran cuando permiten reír juntos sin miedo. Los niños necesitan descubrir que los adultos no solo organizan, corrigen y se preocupan: también juegan, cuentan historias y celebran. Necesitan comedias familiares inteligentes y compasivas, capaces de mostrar luces y sombras sin acostumbrarlos a la grosería o al escarnio.
Esta alegría posee cierta austeridad. No exige comprar experiencias estratosféricas ni depender de la felicidad empaquetada por el mercado. A veces basta una mesa, una historia, una imitación, una película compartida o el recuerdo de un disparate familiar. Pasarlo bien juntos es un bien sencillo y poco aparatoso. No necesita alaracas: necesita tiempo, confianza y personas presentes.
Una cultura que ha contemplado buenas comedias dispone de un pequeño patrimonio moral. Ha aprendido que podemos mirar nuestras debilidades sin desesperar, pensar mientras reímos y disentir sin dejar de reconocernos. Desde Buster Keaton y Chaplin hasta Gila, Les Luthiers o el propio Mota, la gran comedia ha mostrado que la inteligencia puede bailar, que la crítica puede sonreír y que la belleza también puede aparecer en forma de carcajada.
La alegría de Jesús
Los Evangelios no dicen expresamente que Jesús riera, pero cuesta imaginar a Jesús, verdadero Dios y verdadero hombre, privado del humor amable. Sus palabras contienen imágenes de una viveza casi cómica: una viga en el ojo, un camello que pretende pasar por el ojo de una aguja, unos guías ciegos que conducen a otros ciegos. Jesús participó en comidas y bodas, acogió a los niños y llamó amigos a sus discípulos. No fue un hombre sombrío. Su alegría no ridiculiza ni hiere: alivia, despierta y acerca.
Podemos pensar, con sobriedad, que también su modo de hablar hacía sonreír y que su presencia permitía descansar. El humor verdaderamente humano participa de esa amabilidad: no aparta la mirada del sufrimiento, pero impide que el sufrimiento tenga la última palabra.
Un futuro con una sonrisa
El futuro que proponemos no puede ser una casa impecable y silenciosa donde nadie se atreva a hacer una broma. Ha de tener conversación, juego, teatro, relatos y risas que atraviesen la familia, la escuela y la comunidad. Una de las características de esa futura morada de un futuro mejor para todos será la sonrisa: la capacidad de disfrutar juntos sin excluir, de pensar sin pontificar, de corregirse sin crueldad y de perdonarse sin llevar una contabilidad interminable de las ofensas.
José Mota afirma que la misión de la comedia es poner unos granos de arena para que el mundo sea mejor. Le llama a la comedia un arma de construcción masiva. Quizá sea exactamente eso: dejar una flor sobre la mesa de la vida recorrida. No salvar el mundo con una carcajada, sino hacerlo un poco menos áspero, menos rígido y menos enemigo; un lugar donde podamos reconocernos, reír y volver a empezar juntos.
Esperamos expectantes la próxima película de José Mota cuyo título es Arriba Tutto, su ópera prima como director. Se estrenará en los cines de España el 9 de octubre de 2026. ¡Atentos!
Ignasi de Bofarull (Profesor Emérito de la Universidad Internacional de Cataluña).
Fuente: religionenlibertad.com
"Crear, pensar y vivir con humor".