El mexicano Münchhausen | Leduc, el humor de clase

Ricardo Guzmán Wolffer
Abogado, narrador, poeta, dramaturgo y humorista literario.
El mexicano Münchhausen | Leduc, el humor de clase

Article in English

 

De Renato Leduc (México, 1895-1986) se recuerdan muchas anécdotas. Personaje señero de una generación donde el cacumen y la vida en la calle se mezclaban con las sutilezas de lo académico, basaba su producción en una vida de trabajo en los más distintos lugares de la historia mexicana: telegrafista con el revolucionario Pancho Villa, censor cinematográfico, diletante en Paris, periodista combativo, entre otros Pero poco se le tiene como poeta, a pesar de que sus versos tenían mucho de crítica y más de ese humor franco y eficaz que lo hizo parte ineludible del México del siglo XX.

            Las correrías de esa generación muy anterior al SIDA, el VIH y demás enfermedades que hicieron cambiar algunas costumbres sexuales, están en la prosa de Leduc. Desde el amante de la esposa que amanece en la cama conyugal y escucha la vida campirana entre el gallo, el buey y las estrellas que se disuelven en el amanecer (Égloga IV), hasta la ciudad que cobija lo mismo a madres obesas de hijos pequeños hasta las doncellas del cabaret (Oda a la ciudad). La perspicacia de Leduc no lo alejaba de sus raíces y con ello de sus referentes humorísticos. Su pasado rural, su vida en el campo de cultivo, eran escenarios para el humor básico, ese que se repite en todas las latitudes, como las muchas variantes de parejas sexuales, sin importar la calidad de los concupiscentes. Leduc contiene la burla sobre las formas más regulares del sexo, como lo es el heterosexual entre adultos, si alguno es casado o engaña al futuro cónyuge, es parte de la broma. Las posibilidades del sexo delictivo se asoman poco en las bromas de Leduc. Hoy sus escritos nos siguen gustando por translucir una inquietud mental que deriva en destellos geniales y en una obra sostenida en su calidad, pero el sexo anida en las formas primordiales: el hijo que ha matado al padre sueña que el rio se lleva el cadáver de la hermana, profanada por el incestuoso y sus “turbulentas entrañas” (Parricidio). Más allá de la forma poética en que Leduc traslada el crimen a formas literarias visuales, como si tuviera en mente escenas cinematográficas, el poema nos da la visión del autor, más preocupado por cómo veremos al cuerpo flotante de la hermana, desnuda y mostrando “un seno, el sexo dorado, otro seno” en la superficie del agua, apenas con el nivel suficiente para refractar esa piel y sus turgencias.

            Leduc anuncia sus contenidos favoritos (Temas): “Va pasando de moda meditar./ Oh, sabios, aprended un oficio. / Los temas trascendentes han quedado, /como Dios, retirados de servicio. / La ciencia… los salarios… / el arte… la mujer… / Problemas didascálicos, se tratan / cuando más, a la hora del cocktail.” De ahí que el libro “del buen amor” tome las pesadumbres que las mujeres dejan en los cínicos y los tímidos, todos burlados y burladores en las lides de las féminas y sus despechos y apetitos. Abierto crítico de la religión y sus abusos, filtra a la Virgen de Guadalupe en un poema dedicado a otra Guadalupe, con quien vive el amor entre sus ojos oscuros, “negros como la fama de una suegra” (Invocación a la Virgen de Guadalupe y a una señorita del mismo nombre: Guadalupe). En el sentimiento del siglo XXI, donde privan los sentidos y la individualidad, Leduc acierta en lo atemporal del disenso entre hombres y mujeres y, como buen macho de su época, acepta el dolor que infligen las hembras que deciden negar los propios favores de venus a los moscardones que las circundan. Más allá del discurso femenino de independencia e igualdad, Leduc pervive en el imaginario inconsciente de quienes se duelen de no compenetrarse con el sexo contrario. “Mas por una padecen los jóvenes, los viejos, / los sabios, los mediocres, los pendejos… / yo, que la sufro cerca, tú, que la lloras lejos…” (Aquí se presume que todo linaje de hembras es, aunque deseada, mala).

            La presencia lúdica de Renato, como perpetuador de la queja masculina, nos hace sonreír por aludir a ese conflicto que se da en todas las latitudes. Hoy, cuando los géneros se multiplican en las preferencias menos esperadas para quienes habitan el terreno binario; hoy, cuando los cuerpos se mutilan, se dibujan, se pintan, se cambian para que lo material corresponda a lo mental; hoy, cuando la literatura parece decrecer entre los analfabetas funcionales, entregados a la contemplación de lo visual; hoy, cuando la brevedad artística gana terreno a las obras de largo alcance; hoy, Leduc nos hace sonreír para regresar a las pugnas básicas de los hombres y las mujeres integradas a una sociedad que parece ingenua ante políticos de hoy que actúan hablar con la verdad pero el resultado de sus gestiones los desmiente.

            Leduc el visionario, no dejó de burlarse de los corruptos. Banqueros y funcionarios eran sus favoritos. Entre los escándalos de corrupción que brotan cada vez con más fuerza, gracias a la información de redes sociales imposibles de ser censuradas como sucedía en diarios y televisoras de hace unas generaciones, retomar a Leduc y sus críticas será una sonrisa no sólo por ver cómo verdaderamente la corrupción no es algo novedoso, sino por admirar la elegancia en las formas y la profunda mirada humorística de quien comprende que sólo queda señalar al corrupto, ante la imposibilidad de un cambio de fondo real en esa clase política educada en la depredación del que aprovecha el cargo para quedarse con todo lo robable, sin la intención de ocultar las nuevas fortunas, pero necios en la insistente mentira ante los micrófonos que no logran borrar la realidad de las víctimas de su ineptitud ladrona. En lo esencial, el tiempo no ha cambiado a esos héroes de la rapacería que cambian de partido para seguir cosechando impunidad. Leduc podría escribir hoy sobre la política y sus componendas. Trata al banquero como un coyote. “Cual diligente perro de negocios / viaja por el desierto a trote largo/ como si fuese a una reunión de socios/ y de usurario banco a hacerse cargo.” Fiel a la tradición humorística de hacer escarnio propio para evidenciar al lector, muestra que, como aquel banquero del que habla, él le debe ese homenaje al “Señor de la rapiña… y del vagabundaje.” (El coyote). Dentro de sus muchos aciertos, el poema señero que describe a los legisladores obedientes (El diputado) resume la perspectiva ciudadana sobre quienes cobran por no trabajar: si antes iban a dormir y a levantar al mano cuando se lo ordenaba el líder nacional, hoy muchos ni siquiera van a las reuniones legislativas; saltan de una cámara a otra durante décadas para no dejar la nómina pública;  otros ven partidos de futbol desde su curul y, son capaces de golpearse o arrojarse objetos desde la “máxima tribuna” del país. Pero, bien refiere Leduc, el asunto es llegar al puesto, lo demás es lo de menos: “Trasudando sufragio-efectivo /caga sangre el señor diputado /al pensar que pudiese algún vivo /comerle el mandado…”. Emparentados políticamente, legisladores y magistrados (especialmente los elegidos por vía electoral) éstos últimos también son evidenciados por Leduc (El señor magistrado) como de “criterio cretino pero afilados dientes”. Las posibilidades de la inteligencia artificial hoy amplían esa burla sobre los ministros incapaces de leer unas hojas, de articular verbalmente oraciones conceptuales, de entender sobre los juicios que resuelven en una pantomima digna del teatro del absurdo que es risible por trágica. Si el humor es una defensa ante la adversidad, también lo es al comprender que el destino de millones se decida en sesiones de ministros que ni siquiera pueden aprenderse los diálogos de esa obra de teatro sacada del dadaísmo o de practicar la redacción de resoluciones judiciales mediante la extracción de papeles de una pecera, en recuerdo de aquella practica literaria llamada “cadáver exquisito” que si literariamente podría tener un sentido creativo, suponerlo como única explicación de las sentencias judiciales es una tragedia que lleva a la risa por las formas y el resultado de esos mal llamado juzgadores. La burla popular se refleja en miles de memes, caricaturas y montajes donde la voz de Cantinflas se adhiere a la imagen de la juzgadora para evidenciar las incoherencias lingüísticas y jurídicas de quien parece no haber cursado la educación primaria. Si la democracia se entiende como la igualdad de oportunidades, sólo el humor puede servir para ver cumplida esa similitud laboral entre quienes carecen por completo de las herramientas de análisis y comprensión, contra quienes se prepararon por décadas para llegar al cargo y establecer el pensamiento crítico como arma informada. Pronto se dirá que los menores de edad también tienen el derecho de laborar con los adultos, en esa democracia mal entendida y que hace reír por carecer de lógica.

            Los políticos y las mujeres como fuente de desdichas son dos de las muchas constantes en el imaginario mexicano. Leduc las encumbra con precisión literaria y, mejor aún, con el matiz humorístico que permeó por décadas en su crítica pluma, donde quienes sabían leer el mensaje “oculto” podían identificar al destinatario de la pulla. Al final, las malas gestiones de políticos y comerciantes (siempre los banqueros para Leduc, aunque claramente van acompañados de otros detentadores del poder económico) llevan a una inexistente justicia social donde millones apenas sobreviven y pocos llegan a ser millonarios de nivel mundial, algunos por trabajar y otros por robar.

            “¿Dónde está la justicia…? Debajo de una mesa/ contempla al magistrado que eructa y que bosteza…”

La crónica personal de Leduc lo lanza al estrellato literario en México como referente de una época de mirada y pluma crítica que debe ser un llamado, entre risas dolientes, para la comprensión de los mecanismos actuales del humor basado en el decaimiento de una sociedad que, cual novela antigua de ciencia ficción, opone el discurso falso y su bombardeo mediático ante una realidad sangrante que muestra no solo un retroceso social, sino histórico en tanto se evidencia que México está sujeto al vecino del norte bajo el ejercicio de la fuerza militar supuestamente encubierta. Leduc daba por hecho que éramos un país soberano capaz de mejorar en los hechos y el discurso. Hasta en eso, nos sigue encaminando por los pasillos del humor desconsolado.

 

 

Imagen
arena1.jpg
Imagen
arena2.jpeg
Imagen
arena3.jpg
Imagen
arena5.jpeg

 

 

Leduc, Humor with Class

By Ricardo Guzmán Wolffer

 

Many anecdotes are remembered about Renato Leduc (Mexico, 1895–1986). A leading figure of a generation in which sharp intellect and street life blended with academic subtlety, he based his work on a life spent in the most diverse settings of Mexican history: telegraph operator for the revolutionary Pancho Villa, film censor, dilettante in Paris, combative journalist, among others. Yet he is seldom remembered as a poet, despite the fact that his verses contained a great deal of criticism and even more of the frank and effective humor that made him an unavoidable figure in twentieth-century Mexico.

The escapades of that generation—long before AIDS, HIV, and the diseases that transformed certain sexual customs—are present in Leduc’s prose. From the lover of a wife who awakens in the marital bed and listens to rural life among the rooster, the ox, and the stars dissolving at dawn (Eclogue IV), to the city that shelters both obese mothers of small children and cabaret maidens (Ode to the City). Leduc’s insight never distanced him from his roots, and therefore from his humorous references. His rural past, his life in the cultivated fields, became settings for basic humor, the kind repeated in every latitude, such as the countless variations of sexual couples regardless of the quality of the lustful participants. Leduc contains mockery directed at the most regular forms of sex, namely heterosexual relations between adults; if one of them is married or deceives a future spouse, that becomes part of the joke. The possibilities of criminal sexuality appear only faintly in Leduc’s humor. Today his writings still appeal to us because they reveal a restless mind that produces brilliant flashes and a body of work sustained by quality, while sex remains rooted in its primordial forms: the son who has killed his father dreams that the river carries away the corpse of his sister, violated by the incestuous man and his “turbulent entrails” (Parricide). Beyond the poetic way in which Leduc transforms crime into visual literary forms, as though he had cinematic scenes in mind, the poem offers us the author’s vision, more concerned with how we will see the floating body of the sister, naked and displaying “one breast, the golden sex, another breast” upon the water’s surface, barely covered enough for the water to refract that skin and its fullness.

Leduc announces his favorite themes (Themes): “Meditation is going out of fashion. / Oh wise men, learn a trade. / Transcendent subjects have been retired from service, / like God himself. / Science… wages… / art… woman… / Didactic problems are discussed, / at most, during cocktail hour.” Thus the book of “good love” gathers the sorrows women leave behind in cynics and timid men alike, all mocked and mocking within the struggles provoked by women, heartbreak, and desire. An open critic of religion and its abuses, he filters the Virgin of Guadalupe into a poem dedicated to another Guadalupe, with whom he experiences love through her dark eyes, “black as a mother-in-law’s reputation” (Invocation to the Virgin of Guadalupe and to a Young Lady of the Same Name: Guadalupe). Within the sensibility of the twenty-first century, where feelings and individuality prevail, Leduc succeeds in capturing the timelessness of disagreement between men and women and, as a true macho of his era, accepts the pain inflicted by women who deny their favors of Venus to the gadflies surrounding them. Beyond modern discourse about female independence and equality, Leduc survives in the unconscious imagination of those who suffer because they cannot connect with the opposite sex. “Yet because of one woman suffer the young, the old, / the wise, the mediocre, the fools… / I, who endure her nearby; you, who mourn her from afar…” (Here It Is Presumed That Every Lineage of Females Is, Though Desired, Wicked).

Renato’s playful presence, as a perpetuator of masculine complaint, makes us smile because it alludes to a conflict repeated across every latitude. Today, when genders multiply into preferences unimaginable to those who inhabit binary thinking; today, when bodies are mutilated, redrawn, painted, transformed so that the material may correspond to the mental; today, when literature seems to decline among functional illiterates devoted to visual contemplation; today, when artistic brevity gains ground over works of great scope; today, Leduc makes us smile by returning us to the basic struggles between men and women integrated into a society that seems naïve before today’s politicians, who pretend to speak the truth while the results of their actions contradict them.

Leduc the visionary never stopped mocking the corrupt. Bankers and government officials were his favorites. Amid the corruption scandals that erupt with ever-greater force — thanks to social media that cannot be censored the way newspapers and television broadcasters were a few generations ago — revisiting Leduc and his critiques will bring a smile, not only for showing how corruption is truly nothing new, but for the elegance of his forms and the profound humorous gaze of someone who understands that the only recourse is to point at the corrupt, given the impossibility of any real, fundamental change in a political class raised in the predatory tradition of exploiting office to take everything that can be stolen — with no intention of hiding their newfound fortunes, yet stubbornly clinging to persistent lies before microphones that cannot erase the reality suffered by the victims of their thieving incompetence. In essence, time has not changed these heroes of rapacity, who switch parties only to keep harvesting impunity. Leduc could write today about politics and its scheming. He treats the banker like a coyote: "Like a diligent business dog / he travels through the desert at a long trot / as if heading to a partners' meeting / to take charge of a usurious bank." True to the humorous tradition of self-mockery as a way of exposing things to the reader, he shows that, like that very banker, he owes his tribute to the "Lord of plunder… and of vagrancy." (The Coyote).

Among his many achievements, the landmark poem describing obedient legislators (The Representative) encapsulates the citizen's perspective on those who are paid not to work: if once they went to sleep and raise their hands when the national party leader commanded, today many do not even attend legislative sessions; they bounce from one chamber to another for decades so as never to leave the public payroll; others watch soccer matches from their seats and are capable of brawling or hurling objects from the country's supposed "highest podium." But, as Leduc rightly notes, the point is simply to get the position — the rest is secondary: "Sweating effective-suffrage / the honorable representative strains / fearing that some clever soul / might steal his prize..." Politically related, legislators and magistrates — especially those chosen by popular vote — are likewise exposed by Leduc (The Honorable Magistrate) as having "cretinous judgment but sharp teeth." The possibilities of artificial intelligence today amplify that mockery of ministers incapable of reading a few pages, of stringing together coherent sentences, of understanding the cases they resolve in a pantomime worthy of theatre of the absurd — laughable precisely because it is tragic. If humor is a defense against adversity, it is also a way of coming to terms with the fact that the fate of millions is decided in sessions by ministers who cannot even memorize their lines in this play drawn from Dadaism — or who seem to draft judicial rulings by drawing slips of paper from a fishbowl, recalling the literary practice known as cadavre exquis, which might carry some creative meaning in literature, but as the only possible explanation for judicial sentences becomes a tragedy that provokes laughter through its methods and outcomes, courtesy of those who barely deserve to be called judges. Popular ridicule is reflected in thousands of memes, cartoons, and montages in which Cantinflas's voice is dubbed over images of a female judge to highlight the linguistic and legal incoherence of someone who appears not to have completed primary school. If democracy is understood as equality of opportunity, only humor can serve to see that workplace equivalence fulfilled — between those who entirely lack the tools of analysis and comprehension, and those who spent decades preparing for office and established critical thinking as an informed weapon. Soon it will be said that minors, too, have the right to work alongside adults, in a democracy misunderstood to the point of absurdity, and laughable for its lack of logic.

Politicians and women as sources of misfortune are two of the many constants in the Mexican popular imagination. Leduc elevates them with literary precision and, better still, with the humorous nuance that permeated his critical pen for decades — where those who knew how to read the "hidden" message could identify the intended target of the jab. In the end, the mismanagement of politicians and merchants (always the bankers for Leduc, though clearly accompanied by other holders of economic power) leads to a nonexistent social justice in which millions barely survive while a few rise to become billionaires of global standing — some through work, others through theft.

"Where is justice…? Beneath a table / it watches the magistrate belch and yawn…"

Leduc's personal chronicle launched him to literary stardom in Mexico as the emblem of an era of critical vision and pen — a vision that must serve as a call, amid painful laughter, to understand the current mechanisms of humor rooted in the decay of a society that, like an old science-fiction novel, sets false discourse and its media bombardment against a bleeding reality revealing not only a social but a historical regression, insofar as it becomes clear that Mexico remains subject to its northern neighbor under the exercise of supposedly covert military force. Leduc took for granted that we were a sovereign country capable of improving both in deeds and in discourse. Even in that, he continues to guide us through the corridors of disconsolate humor.

 

(This text has been translated into English by ChatGPT)

Copyright © Ricardo Guzmán Wolffer. Publicado en Humor Sapiens con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.