¿Quién inventa los chistes?

Por Pepe Pelayo (Comediante, escritor y estudioso de la teoría y la aplicación del humor, cubano-chileno)
Copyright © Pepe Pelayo. Publicado en Humor Sapiens con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Me refiero en esta reflexión a los tradiciones chistes orales, escritos, que cuentan una breve historia o situación.

Comencemos a descubrir ciertas teorías entonces. Por ejemplo, algunas mentes brillantes han intentado desentrañar el enigma de quién inventa los chistes populares, anónimos, como es el caso del escritor ruso de ciencia ficción Isaac Asimov, quien en el cuento “El chistoso” atribuye la autoría de estas bromas a una potencia extraterrestre.

Otra tesis la propuso la revista humorística española “El Jueves” , sugiriendo que los inventaba una sociedad secreta.

El mencionado ya Sigmund Freud, dijo al respecto: “se los inventa la gente”, así de sencillo y sorprendente, ya que uno esperaba una genialidad más complicada de ese señor.

“Hay personas más ocurrentes que otra, pero el chiste, por lo general, es un proceso de elaboración colectiva en el que intervienen muchas manos”, asegura el filólogo español Juan José Prat.

En realidad, muchos de los chistes que conocemos los ha inventado la humanidad en su conjunto: egipcios, griegos, romanos y otros pueblos. Quizás la gracia en bruto inicial, que dio lugar al chiste, probablemente surgió de una persona en concreto en una época determinada, y en su desarrollo posterior intervinieron miles de chistosos anónimos que lo pulieron y enriquecieron.

Partiendo de lo anterior, existen teorías que señalan que los chistes se originan en sitios donde trabaja mucha gente, por ejemplo, en grandes fábricas, en trabajos físicos en el campo, etcétera, y son creados por personas que desempeñan trabajos manuales y repetitivos, que les permiten dedicar los mejores años de su vida a maquinar ocurrencias agudas. (No estoy muy seguro. Creo que también a un ser solitario, medio ocioso en su casa, en una playa, en una cueva o donde sea, se le puede ocurrir esa gracia que circulará después cuando la cuente).

Otra teoría es que se crean en los bares o en las cárceles. Pero siempre donde la gente pasa muchas horas junta y, sobre todo, entre amigos. (Insisto, es una posibilidad, pero no creo que la única.)

Cabe mencionar al profesor de Psicología Positiva, máster en Antropología por la Universidad de Oxford y cofundador de “Humor Positivo”, el español Eduardo Jáuregui, quien afirma que en realidad sólo hay 27 chistes, el resto son variaciones. “Hay chistes que llevan contando desde hace cientos de años y que se adaptan a cada época”, afirma.

Nunca he estudiado esa materia tan profundamente, pero sí conozco esos chistes que se adaptan a épocas y lugares diversos, como él dice. Por ejemplo, cuando llegué a vivir a Chile, me contaban chistes del triste período de la dictadura de Pinochet, como éste: ¿Por qué los policías siempre andan en rondas de tres? Porque uno de ellos sabe leer, el otro escribir, y el tercero vigila a esos dos peligrosos intelectuales... Pues una variante del mismo chiste la escuché en Cuba, mucho antes de oírlo en Chile, cuando comenzaron a pulular en La Habana los policías llegados -o traídos- de la zona oriental del país. Pero en ese caso iban de a dos. Uno sabía leer y escribir y el otro cuidaba al intelectual. Y curiosamente, tiempo después, leí que ese mismo chiste se contaba en Rumanía durante el régimen de Ceausescu.

“El chiste popular, oral, es la gracia anónima, la vena humorística que corre secretamente por la entraña social, y la riega y vivifica con su ingenio espontáneo” Ángel Marsá en La Risa del Mundo, Antología del Humor Universal (Editorial Janés, España, 1947).

Para mí, existen dos clases de chistes inventados.

1) Los que lo crea una persona anónima y con el paso del tiempo otros lo pulen.

2) Los inventados “de autor”, creados para libros, guiones de TV y radio, para caricaturas, para Internet, etcétera. Claro, muchos de los chistes de autor, con el paso del tiempo y en el boca a boca, pierden la autoría y se vuelven anónimos, como los anteriores.

En este punto no puedo evadir un aspecto importante para mí: el plagio de los chistes de autor.

Una anécdota: cuando Virulo, humorista y director del Conjunto Nacional de Espectáculos de Cuba (CNE), nos invitó a compartir con Les Luthiers en la Sala Atril, la medianoche después de una actuación de los maestros argentinos en La Habana, estallamos de alegría. Recuerdo que ellos interpretaron informalmente varios números ante unas cien personalidades invitadas. Al terminar, Virulo se nos acercó y nos pidió que subiéramos al escenario.

Imagínese, después de nuestros ídolos, ¿qué podían hacer ahí unos principiantes provincianos? El nerviosismo nos consumía, porque nos batíamos entre hacer un papelazo y el orgullo de haber compartido escenario con ellos. Entonces se nos ocurrió algo: Aramís Quintero y yo escribimos una nota humorística en un rincón de la Sala a toda velocidad, y se la dimos al actor chileno Jorge Guerra, miembro del CNE para que la leyera. Nosotros estaríamos observando la reacción de los seis “lesluthiersianos” y si se reían, actuábamos, si no se reían, no. Virulo aceptó y Guerra leyó. Se rieron y actuamos.

La anécdota en sí ocurre después de nuestra actuación y de las felicitaciones de Les Luthiers. Nos repartimos a conversar por la Sala entonces con todos sus miembros, por esa necesidad de conocer, aprender. Entonces, me puse a dialogar informalmente con Marcos Mundstock y en un momento le pregunté si le había gustado el chiste “tal” que usamos en la nota leída previamente por Guerra. Y ese gran profesional me respondió que ese chiste lo habían usado ellos en un espectáculo hacía años. Yo quedé paralizado, pensando que ellos podrían creer que nosotros los habíamos plagiado (a pesar de que hacía menos de un año que conocíamos a ese grupo y sólo algunos números y ningún espectáculo completo). Le pedí disculpas de manera torpe y me contestó algo que nunca olvidé: “¡no, no te preocupes, a cualquier boludo se le ocurre el mismo chiste!”

Quedé de nuevo confundido. ¿Me ha dicho boludo? Pero por su sonrisa y desenfado me di cuenta de que era una broma y me explicó su opinión al respecto. Más tarde mi experiencia en el oficio le dio la razón, porque es cierto que a cualquiera se le puede ocurrir la misma idea.

El humorista argentino-español Darío Adanti, publicó un artículo muy interesante y simpático. Aquí lo dejo con un par de fragmentos de ese texto:

“Quiero denunciar aquí que el señor Joaquín Salvador Lavado, alias Quino, me ha estado robando mis mejores chistes durante décadas. Y no hablo de su célebre Mafalda, no, hablo de sus chistes recopilados en cualquiera de sus veinte libros publicados de humor gráfico.

Cada vez que se me ocurre un chiste soberbio, aquel que convertirá toda mi obra anterior en meros errores, busco en sus 20 libros de humor gráfico y descubro que dicho chiste ya fue hecho, y de forma mucho más fina y certera, por el mentado señor Quino. Así que aquí dejo asentada esta denuncia. Quizá mañana la justicia tome en cuenta los postulados de la física cuántica y el hecho de que el tal Quino los haya hecho en tiempos anteriores no le sirva como coartada para librarse de ser condenado por plagiar lo mejor de mi obra jamás realizada”.

Muy ingenioso, ¿no es cierto? Pues si cito esos párrafos aquí, es por lo que comentaba sobre ese punto polémico siempre entre los creadores en general y entre los humoristas en particular.

Muchas veces hemos escuchado o leído un chiste, o lo hemos visto dibujado o actuado y nos hemos preguntado “¿este chiste yo lo conocía o era uno parecido?”. Sin embargo, parece original, ya que está firmado por un creador o supuesto autor.

A veces los creadores de humor no tienen escrúpulos y toman un chiste popular, anónimo, y lo hacen suyo, sin señalar que es una recopilación –algo muy válido y necesario también.

Y están los que se aprenden un chiste que hizo o creó alguien y lo cuenta, escribe o dibuja por ahí, como si fuera de su propia cosecha.

Pero también nos encontramos a los que toman el chiste que les llega por cualquier vía y le hacen una mínima variación, como para justificar el plagio, diciendo que es una coincidencia porque “se parecen, pero no son iguales”.

Y sucede que algunos “chistosos” no se apropian descaradamente de la autoría del chiste de otro, pero tampoco dan el crédito del verdadero autor y dejan pasar el asunto y el que piense que es de él, que lo piense, “¡pero que conste que yo nunca dije que era mío!”.

Claro, hay veces que la mente te traiciona. Uno ve un chiste que le gustó y pasa el tiempo y de repente te viene la idea de ese chiste como si fuera original. O también pasa que uno duda si tu idea es original o ya la vio o escuchó; en fin, todo se le enreda en la cabeza.

Conclusión:

* Hay que crear siempre, y tratar de ser original, sin pensar que alguien inventó el chiste antes. “Ya casi todo está inventado”, dicen algunos.

* Hay que ser respetuoso y dar crédito si el chiste es de otro. Me molesta mucho esos que copian con gran frescura mis chistes en Internet y lo reproducen así, sin más ni más, creyéndose con derecho a usar mi creación como si fuera patrimonio de todos. Y ojo, me encanta que se difunda mi obra, que la copien y reproduzcan, pero por favor, que me den crédito, porque logran el mismo efecto y a mí me estimula más continuar creando.

* No hay que plagiar. Y no sólo porque no es honesto hacerlo, sino también porque más tarde o temprano te pillan y tu obra se verá muy dañada, porque pondrán en duda el resto de tus creaciones.

En fin, me uno al humorista autor de los párrafos que mencioné: cuando me llega un chiste buenísimo, la primera sensación y pensamiento es, “¡por qué no se me ocurrió a mí!”. Pero como no fue así, mi deber es estar agradecido de las genialidades de esos grandes creadores de humor y admirarlos, honrarlos y respetarlos siempre, mientras me esfuerzo por ser cada día mejor en mi creación.

* Y termino dirigiéndome a todos los lectores, sean inventores de chistes o no: si les llega un chiste anónimo o de autor a través de un dibujo, una historia que leyeron o escucharon, etc., disfrútenlo y conviértase en agente transmisor.

Muchos no tienen ni idea de lo importante que son para el ser humano.

(Mi próximo artículo en este especaio tratará sobre cómo crear un chiste, así que si no lo es ya, pronto podrá ser un respetado autor).