Los cubanos somos unos cómicos

Por Eduardo del Llano (humorista literario, audiovisual y escénico cubano)
Copyright © Eduardo del Llano. Publicado en Humor Sapiens con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

"Duda" Foto: aNto / / CC BY-NC-SA 2.0

O eso creemos. Como lo de que somos los mejores amantes del mundo, es el tipo de cosa que se da por sentada. Y claro, si somos cómicos, es plausible suponer que disfrutemos del buen humor, de todo el humor, venga de donde venga.

Recuerdo una visita del extraordinario escritor y músico uruguayo Leo Masliah a La Habana, en la segunda mitad de los ochenta, invitado por Virulo. Presentó su trabajo en el Karl Marx un domingo por la tarde… y la gente lo silbó sin piedad. Aquellas canciones obsesivas, neuróticas (La recuperación del unicornio, Corriente alterna) aquellos relatos surrealistas (Multiprocesador de acción interna, Cambio de cabezas) dejaron perplejas a las familias que hacían su salida dominical. Sin embargo, unos días más tarde reapareció Leo, esta vez en la sala Ernesto Guevara de la Casa de las Américas, y su éxito fue rotundo e inmediato, pese a desgranar básicamente el mismo repertorio previamente abucheado. Como en cualquier otra latitud del mundo, quedó bastante claro que por acá hay gustos masivos y gustos minoritarios; en otras palabras, que no somos mejores que nadie.

Y es que el sentido del humor refleja el desarrollo, la perspicacia y la formación estética del receptor. Históricamente imposibilitado de un contacto real, físico, con otras tierras y otras culturas, y consumiendo en los últimos tiempos lo peor de la producción audiovisual de otros países en discos piratas –cuya venta es increíblemente legal en Cuba- el nativo promedio se aferra a lo elemental y recela de la alta cultura que supone aburrida per se. Si emigra, se integra o se enquista; las grandes comunidades de cubanos emigrados buscan e incentivan los rasgos más zafios de nuestra forma de ser, de ahí que con muy rara excepción el humor de Miami gire en torno a rancios clichés políticos y al más descarnado choteo.

No soy en principio un enemigo del choteo: está entreverado en nuestra idiosincrasia, todos hemos choteado o sido choteados alguna vez, lo que no implica que cada sacrificio deba hacerse ante su altar. Me entristece, eso sí, que a mucha gente le baste con la pincelada gruesa, la farsa que anula. Son los que creen que el humor alemán, inglés o eslavo resulta aburrido y sin gracia, y que nosotros, en cambio, estamos dotados para percibir lo gracioso en cualquier circunstancia. Los que en cine o televisión entienden por comedia sólo la astracanada pródiga en caídas, tortazos y equívocos sexuales. En el teatro, asumen que el artista comparece para que el público ría no sólo con él, sino también de él: he visto en casi todos los coliseos habaneros espectadores feroces que irrespetan a los actores y les gritan cosas, suscitando el regocijo cómplice y estúpido de sus iguales. Y como siempre que existe demanda aparece la oferta, proliferan los cómicos soeces que trasladan sin miramientos el lenguaje del peor cabaret a los grandes escenarios.

 Por otra parte, este es un país institucionalmente serio. Un programa televisivo de actualidad como aquél de la televisión española en que intervienen muñecos que retratan caricaturescamente políticos y artistas es impensable aquí. Para los medios masivos nacionales está muy claro que la comedia es una cosa ligera que no debe salirse de sus empinados márgenes, mucho menos inficionar los temas serios. Incluso cuando se echa mano a animaciones que satirizan al enemigo, son tan graciosas como la perspectiva de extraerse un cordal.

 Sí, los cubanos somos unos cómicos. A menudo damos risa.

(1 de julio 2013)