Homo Ridens o la necesidad de reír-nos de los profesores

Maili Ow González
Doctora en Didáctica de la Lengua y la Literatura (Univ. Complutense de Madrid). Es Jefa del Programa de Doctorado en Ciencias de la Educ. en la Pontificia Univ. Católica de Chile, donde es profesora de Filosofía y Castellano.
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Homo Ridens o la necesidad de reír-nos de los profesores

Poner en el tapete de la reflexión una dimensión humana que, mal-muy mal, pareciera ser ajena a la racionalidad, está muy bien.  Más de alguno dirá o pensará que no están los tiempos para el humor y que la risa no se condice con la seriedad que requieren los temas tan complejos que hoy discutimos como sociedad. Quizás si el más difícil, urgente y que nos inquieta sobremanera sea la educación. Son muchas las tribunas y espacios en los que hoy se habla de educación, con más o menos profundidad, con mayor o menor anhelo demagógico, con conocimiento o desconocimiento muchas veces de lo que pasa en el día a día de las aulas. 

Así es muy fácil referir el problema y mirarlo desde el otro lado del microscopio, telescopio o caleidoscopio, según sea la catadura del comentarista. En lo que coinciden todos, no obstante, es eso, estar al otro lado del problema y verlo desde el otro lado, mediados por instrumentos de diferente grado de sofisticación: los índices económicos, las estadísticas sociológicas, el entramado legal de los decretos, en fin… que para gustos, los colores.  Pero no es de eso de lo que comentaré ahora, sino, precisamente, de una mirada interna, una propuesta que mira a uno de los actores clave del triangulo pedagógico que se establece entre un alumno, un saber a aprender y un profesor que media el aprendizaje. Hablaremos, pues, brevemente, de los profesores en tanto homo ridens.

Educación y humor, educación y risa, educación para la risa, educación y chistes. Profesores con humor, maestras con chistes, niños sorprendidos, niños que ríen, finalmente niños que aprenden y disfrutan. Por estas sendas de discusión se mueve Pepe Pelayo con su obra  Gracias por enseñar. Prácticas para educar con humor, de la Editorial Humor Sapiens, que lo saca de sus casillas, en el buen sentido, claro, porque al menos yo, conocía la casilla de Pepito, la de Ada o la de la adorable Lucia Moñitos, sus personajes infantiles.

Gracias por enseñar es uno de esos especímenes textuales muy particulares por su sencillez, pero a la vez profundidad. Que te hace recordar, ver y si la palabra existiera: esperanzar.  Desde la mirada de la formación docente, esa casilla en la que me ubican y por la que estoy ahora comentando este libro, puedo decir que nos hace RECORDAR a quienes nos acompañan en la memoria por tener buen humor, por reír a pito de nada y contagiar un bien estar, un buen compartir, la conexión con el otro simplemente porque podemos reírnos juntos y no pasa nada, o pasa mucho. Tiempos de sobremesa en familia, compañeros de curso y profes, no muchos, con los que era posible reír y -de paso- aprender y, por esto mismo, hoy recordar. La risa es memorable, es decir, construye memoria compartida, y, más aun, tiene la cualidad de reiterar el buen momento, de volver a reír. La risa -gatillada por el buen humor, ese que nos hace ver de otro modo- no se acaba, al contrario, se descubre, se cultiva, se trabaja, se cosecha y se comparte. Es más, se enseña y se aprende. Pero también su contracara: el mal humor, la mueca de fastidio, la palabra de desgano o molestia, el rechazo, la rutina y el no estar ahí… el quedarse fuera, el no sintonizar o mal sintonizar, el aburrirse, el desconectar, el olvidar.

Y pasemos al VER. Efectivamente, Pelayo nos hace ver, en un lenguaje sencillo, cercano y dialogal –me encanta que haya escogido la forma primaria del diálogo para escribir este libro- lo olvidado que está el buen humor y lo relevante que puede ser en un entorno de aprendizaje. Sin afán de teorizar, más con ejemplos y reflexiones que nacen de su experiencia vital en diversos ámbitos, presenta argumentos, casos y situaciones. En constate apelación al lector y a sí mismo teñida, como no podía ser menos, de guiños de humor:

-sí, usted, ponga atención por favor…

-humorable mediador…

-amable y quizá ya cansado y aturdido lector…

Es así que nos deja ver algunos de sus secretos como comunicador. Y he aquí uno de los aportes de este especimen textual, como lo he denominado. Los profesores somos comunicadores, mediadores por excelencia a través de múltiples lenguajes, la palabra el más importante, claro, pero no es el único. Pelayo nos hace mirar esta dimensión central de la profesión: nuestro quehacer es comunicar, compartir, conducir, hacer comprender, dialogar, mostrar a otro, hacer que los otros se comuniquen y aprendan. Y sabemos que el modo en que comunicamos es tan clave como su contenido, en una síntesis de contenido y forma indisoluble si lo que nos interesa es que el otro aprenda. Un profesor o profesora que busca aprendizajes en sus alumnos no solo debiera saber mucho, sino además saber comunicar, saber llegar al otro que tiene en frente y ofrece sus conocimientos, pero también su humor, ojalá su buen buen humor.

El libro refresca las prácticas pedagógicas, pues recupera la naturaleza liviana, simple, alegre y divertida del alumno, y también del profesor, proporcionando una oportunidad para recuperar esta tendencia en la vorágine que es hoy nuestra época, pero, y quizá más importante, para no olvidar que se trata de una predisposición de carácter universal y, por ende, una oportunidad posible para todo el que quiera involucrarse en una forma distinta de enseñar: enseñar con humor.

En un sentido netamente pedagógico, resignifica las experiencias docentes, a través de la evocación de antiguas prácticas que hemos olvidado, ya por ser consideradas “poco serias” o porque han sido remplazadas por elementos más prestigiosos. Pelayo incluye en el proceso de enseñanza/aprendizaje la oralidad, los juegos, la música en el lenguaje y el uso del cuerpo. De algún modo, siembra el germen de la “desautomatización”, ese mirar de otro modo, un despertar de la visión por defecto, es decir, la  aproximación rutinaria al mundo y nos hace ver la potencia y, por qué no decir, el carácter atómico que puede tener el humor en una clase.

Invita a ver la vida de un modo activo, rompiendo los esquemas establecidos, (haciendo chistes) jugando para dar nuevos sentidos a lo común (descolocar, jugar, hacer reír) propone una apertura de miradas, para atreverse a cuestionar roles (profesor serio/alumno pasivo) y así disponerse de mejor forma para el proceso complejo de aprender y de enseñar, quizá incluso más amplio, de vivir.

Finalmente, nos hace esperanzar. Es posible como decía Levinas, postular, con riesgo, sin duda, pero también con valentía, otro modo de ser profesor. Un llegar a los alumnos tocando fibras vitales quizás olvidadas, escondidas, empolvadas, ocultas… la fibra del humor, de la risa, del compartir un buen momento, de posicionarse frente al saber con una disposición lúdica que, como el libro en Lucia Moñitos, de su autoría, puede iluminar un aula triste, autoritaria, de malestar escaso aprendizaje.

Al margen del resultado, Pelayo se arriesga, con precauciones, pero se arriesga. Suena bien hablar de humor, pero proponer una “pedagogía del humor” podría entenderse como paradójico y chocante con las prácticas habituales de enseñar. En ese sentido, es rescatable que quiera abrir camino y que su consigna “la letra entra con risa entra” sea un llamado a los profesores.