¿Humorista que escribe para niños o escritor que hace humor infantil?

Por Pepe Pelayo (escritor, humorista y estudioso de la teoría y la aplicación del humor cubano)
Copyright © Pepe Pelayo. Publicado en Humor Sapiens con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Esta reflexión está basada en mi experiencia. Solo en ella.

Para comenzar, voy a insistir en un punto fundamental según mi criterio. El humor no es un arte independiente. Es más, aún no tengo claro si es un arte. Aunque si lo fuera, sería un arte dentro de otro. En otras palabras, para crear humor hay que crear una de las modalidades artísticas que existe. Por lo tanto, el creador de humor debe primero dominar el lenguaje del humor.

Sabemos que no existe una carrera universitaria donde uno se gradúa de humorista. Existen técnicas y recursos, los cuales se pueden aprender. Por supuesto, su combinación y su ubicación en una obra depende del creador, de su talento y su gusto. Para eso no hay recetas. Claro, no es lo único a tener en cuenta. También hay que aprender y dominar, aunque sea el mínimo (cosa poco recomendable, porque uno debe tratar siempre de dominar el máximo), el lenguaje del arte por donde va a canalizar su creación humorística.

Por ejemplo, yo tuve que aprender lo básico y algo más sobre literatura. Porque si uno no maneja bien la redacción, la concreción de ideas, la descripción, los diálogos, el armar un personaje, la dramaturgia, la originalidad del argumento, diseñar bien las situaciones, manejos de tensiones, el ritmo, más un poco o mucho la corrección de estilo, etcétera, etcétera., no podrá comunicar bien el mensaje humorístico que desea. El otro secreto es escribir, escribir y escribir y con esa práctica llegar al verdadero oficio.

Que esté dirigido a adultos o a niños depende de la complejidad de las ideas, su nivel de abstracción, el vocabulario, las intenciones y otras yerbas.

En mi caso, ¿cómo hacer humor infantil si nunca antes lo hice? Bueno, no es tan así. Todo el humor que he creado y creo aún para adultos, es apto para toda la familia, incluyendo los niños, sin dudas. Eso se demostró durante toda la trayectoria de mi grupo La Seña del Humor de Matanzas en Cuba. A los teatros asistían muchísimos menores de edad. ¿La causa? Nuestro humor era muy blanco, inocente, a veces negro, con absurdos y sorpresas, algo que les encanta a ellos.

El canal Televisión Nacional (TVN) nos trajo a Chile a Aramís y a mí, para escribir la última temporada del programa infantil Pin Pon. ¿Por qué? Porque Jorge Guerra, su creador, nos conocía de la Isla y sabía que podríamos inyectarle más humor a su espacio. Ese fue mi primer trabajo creativo directamente para niños. El segundo fue cuando en 1998 la Productora Nuevo Espacio se ganó la licitación del Fondo del Consejo Nacional de Televisión de Chile con su programa infantil Vigías del Sur, el cual salió al aire en el 2000 y cuyos guionistas fuimos Alejandra Fernández, una talentosa amiga chilena, Aramís y yo.

La tercera fue la vencida. Cuando renuncié como Director de Humor del Área de Entretención de Televisión Nacional, coincidió que pasaba por Santiago mi gran amigo argentino Luis Pescetti, especialista en literatura infantil, humorista escénico y musical y mil cosas lindas más. Pues él fue el que me convenció de que probara con el humor literario para niños, porque yo podía hacerlo bien, según él, y además era una especialidad casi sin competencia en Latinoamérica, me dijo. Hasta me hizo los contactos en varios sellos editoriales.

No era una decisión fácil. Sí, estaba dentro de mi carrera global en el humor, pero debía aprender un nuevo lenguaje: la literatura infantil, ¡y ya había pasado la media rueda! No era edad para aventuras.

Eso de aprender todo de una modalidad nueva para mí, sabiendo que para dominarla se necesitan años y años, era un desafío. Además, tenía que enfrentarme a algunas opiniones que me decían –indistintamente- dos argumentos en contra. Uno, que la literatura infantil tiene menos valor que la literatura para adultos. Por lo tanto, si yo vengo de triunfar en la escena y en la televisión para público adulto, pasarme para un arte menor no era muy aconsejable para mí.

Entonces comencé a leer todo lo que caía en mis manos sobre el asunto y a leer muchísimos libros de literatura infantil, obvio.

Supe que ese debate de si hay diferencias o niveles entre ambas literaturas es muy antiguo. No quiero profundizar ahora al respecto, porque este no es un espacio para analizar ese tema, pero solo diré un dato: la mayoría de los cuentos clásicos infantiles que conocemos (Caperucita, Blancanieves, etcétera), fueron escritos para lectores adultos en sus orígenes y solo con el tiempo se convirtieron en historias para niños. Con esto declaro que para mí no existe tal diferencia. Solo reconozco la literatura buena y la mala. Para nada creo que la infantil sea un género de segunda. Eso es un prejuicio. Y doy otro dato: cada vez más muchos prestigiosos autores de libros para adultos están probando suerte en la literatura para niños. Eso significa que cada vez más el prejuicio pierde terreno. Y se me ocurre esto otro: son muchos los autores para adultos que existen, y que de ese gran número sean unos pocos los que se aventuren en la literatura infantil, solo demuestra lo difícil que es crear libros para niños.

Así que dejé atrás a ese primer argumento en contra.

Lo siguiente que me dijeron es que bajarían “los bonos” de mi carrera, porque hacer humor infantil es un retroceso en ella, ya que el de adultos es más importante, más trascendental, y hasta más difícil de hacer.

Después de reflexionar bien sobre el tema, llegué a lo siguiente:

A los niños les atrae el humor porque se divierten, por supuesto, porque sienten placer. El humor está muy ligado al juego. Y el humor, al igual que el juego, se desarrolla en la imaginación. El juego es una manera de entender y manejar el mundo, los chistes son una manera de entender mejor el mundo y de manejar las reglas que lo rigen y las reglas del lenguaje. Porque para que haya risa tiene que haber un conocimiento mínimo de contexto, de reglas de comportamiento y de lenguaje. Es posible reírse cuando algo se trastoca, porque se ve desde otro punto de vista. Cuando los niños se ríen de un chiste, es que están comprendiendo el mundo y lo logran porque el humor les muestra el mundo desde otro ángulo.

Un chiste encierra una poderosa unidad de sentido, y es por eso que cuando el niño se ríe, se ríe además del placer que le produce darse cuenta que está entendiendo, que comprende, que domina algo. No olvidemos también que el chiste se logra con la mayor economía de palabra y brevedad de tiempo, elementos bien atractivos para el niño.

El sentido de lo cómico, como el sentido estético e incluso el sentido común, se educa a través de juegos de palabras, adivinanzas, disparates, canciones, onomatopeyas, utilizando la fantasía y manejando siempre el lenguaje.

Desarrollar el sentido de lo cómico en los niños, es desarrollarles la creatividad, la inteligencia, la sensibilidad, el sentido crítico, el sentido común. Es hacerlos crecer espiritualmente. Es hacerlos mejores personas. Y asegurándonos de que lo hagan en un medio alegre, sano, festivo, atractivo y placentero.

Reflexionando sobre todo lo anterior me di cuenta de que es muy importante hacer reír al adulto y que eso conlleva un trabajo duro y esforzado, así como también se reciben más reconocimientos. Sin embargo, hacer humor para niños no es muy distinto, pero tiene un incentivo superior: el de saber que estas haciendo futuro, de saber que estás mejorando la humanidad con tu granito de arena. Quizás no se reconozca tanto ese creación como la dirigida a adultos, pero sin dudas, tiene más peso en lo humano, por lo menos para mí.

Por ello, decidí, sin dejar de hacer humor para adultos, comenzar a crearlo para niños.

¿Qué podría pasar? ¿Que al principio mis libros no fueran tan buenos por no tener oficio? De acuerdo, pero también sabía que comenzaba con un mínimo de conocimientos de literatura al ser un fanático lector toda mi vida, al escribir guiones de televisión para programas infantiles y al saber que el humor que hacía en teatro les gustaba a los niños. Además, en mi indagación previa vi que existía literatura para niños y libros para niños, dos cosas distintas, pero muy necesarias ambas. Los libros para niños (solo de chistes, o parodias, por mencionar solo dos ejemplos), no me asustaban, porque me sería fácil crearlos. Y llegar a ser un literato era un desafío, pero agradable. Solo habría que esperar lo lejos o cerca que estaba de serlo en mi primer libro, y trabajar mucho para ir adquiriendo oficio con los años.

Llevo ya 53 libros publicados (47 para niños). Gracias al humor, mis libros han conquistado a muchos lectores infantiles.

Es por ello que la pregunta de si soy un humorista que escribe humor para niños, o un escritor que hace humor infantil, ya no tiene sentido para mí.