Yo no soy un cuentachistes. Al revés. No sé contarlos. Los olvido mientras los cuento. Me equivoco. Me lío. Lo mezclo y confundo todo. Lo digo todo mal. Y no tengo ninguna gracia (contándolos; en otras situaciones, tal vez sí).
Sin embargo, sí me considero un humorista. ¿Por qué? Muy sencillo: porque miro (y por lo tanto veo) el mundo como lo mira y lo ve un humorista. El humorismo (o el humor: aquí utilizaré los dos términos indistintamente) es, en efecto, una posición ante la vida –como decía el novelista gallego Wencelao Fernández Flórez (autor, entre otros títulos, de El bosque animado o Las siete columnas)–, casi una filosofía, pero, mejor aún, una mirada; una determinada forma de mirar y, por lo tanto, de ver el mundo. Una mirada diferente, singular, pero no deformada, como si hubiésemos sufrido una enfermedad o un traumatismo en el cerebro o en los ojos. Una mirada deformada no dejaría de ser una mirada limitada y limitante, y la del humor es todo lo contrario: lúcida, clarividente, sabia (porque el humor es una forma de sabiduría). El humorista ve más lejos y más adentro que los demás. Por un lado, su mirada es incisiva y penetrante, como el bisturí de un cirujano. Por otro, tiene vista de águila, un ave que, como se sabe, goza de una espectacular visión a larga distancia. Mira como si lo hiciera a través de unos prismáticos, que amplían la imagen de los objetos distantes. Incluso –como dice el monologuista también gallego Luis Piedrahita–, como si mirara con unos “prismáticos al revés”, que le permiten mirar los problemas no solo a distancia, sino también, y sobre todo, “con distancia”.
Una mirada cubista
Pero hay más: no es solo que el humorista vea más lejos y más adentro que el común de los mortales, es que además es capaz ver simultáneamente todas las caras de la realidad, como un pintor cubista. Porque la realidad es poliédrica, tiene muchas aristas. Y el humorista, como el pintor cubista, lo sabe y consigue verlas todas a la vez con una mirada divergente. Como apunta el médico y ensayista Juan Rof Carballo –gallego también él–, “el humorista lleva a cabo su obra gracias a la camaleónica cualidad de cambiar constantemente de perspectiva, no solo utilizando para describir el mundo y para observarlo un horizonte distinto del habitual, sino llevando a cabo una acrobacia aún más arriesgada: el cambio alternativo y contrapuesto de horizontes”. En palabras de otro español universal –este, de Madrid–, el humorista y comediógrafo Miguel Mihura –autor de la inmortal Tres sombreros de copa–, el humorismo hace posible que, por un instante, nos salgamos de nosotros mismos, demos una vuelta a nuestro alrededor contemplándonos por un lado y por otro, por detrás y por delante, y descubramos nuevos rasgos y perfiles que no nos conocíamos. Esta cualidad nos permite no solo ver la realidad de una manera nueva e insospechada (“la grandeza de lo pequeño y la pequeñez de lo grande”, según el filósofo Celestino Fernández de la Vega –¡gallego, claro está!–), sino también ver por primera vez la realidad toda, como insiste Rof Carballo, y recuperar esas parcelas que el sistema dogmático (las pautas de convivencia, las normas consuetudinarias, el conformismo social) nos hace perder a cambio de darnos la impresión de seguridad. Por eso, otro escritor gallego, Gonzalo Torrente Ballester (Premio Cervantes), puede concluir que el humorismo es un “compromiso con la realidad” y, en consecuencia, “el único realismo”, bien lejos del clasicismo, que actúa sobre ideales, sin comprender que la realidad es grotesca, que lo bello y lo sublime en que el clásico/dogmático escinde la realidad, sin relación entre ellos, son abstracciones, creaciones mentales puras, sin correspondencia en la realidad.
El humorismo, en definitiva, conserva mucho de la capacidad de asombro del niño, de mirar el mundo siempre con ojos nuevos, como si lo viese por primera vez.
(Como verá el lector, este artículo me está saliendo “muy gallego”, porque prácticamente todas las citas hasta ahora corresponden a autores gallegos, pero no es por capricho ni por casualidad: Galicia es –como sabe quien haya profundizado un poco en el asunto– una de las zonas del mundo donde las gentes tienen un mayor espíritu humorístico, y eso que no suelen contar chistes).
Mirar el mundo cabeza abajo
Pero abundemos en esto de la especificad de la mirada del humorista. Como dice Chesterton de Francisco de Asís en su extraordinaria y personalísima biografía del santo, el humorista contempla el mundo como si hiciese una pirueta acrobática que le permitiera verlo cabeza abajo, invertido, como colgando –el mundo– de un hilo, lo que subraya la noción de su dependencia, “porque la palabra depender –apunta el escritor inglés– no significa sino colgar. “Acaso San Pedro viera el mundo de este modo cuando le crucificaron cabeza abajo”, afirma Chesterton, haciendo un paralelismo entre el Pobrecillo y el rudo pero decidido pescador amigo de Jesús. Quien mira y ve así la realidad –continúa el escritor– no puede seguir tomándose en serio las jerarquías y autoridades mundanas, sino que “tendrá siempre algo similar a una sonrisa para con sus superiores”.
Imaginarse al jefe desnudo o como un niño
Esta peculiar mirada cabeza abajo del humorista, como si viera el mundo colgando de un hilo, me hace recordar otras dos formas de mirar que no puedo dejar de asociar también al humorismo. En algún lugar he leído u oído a alguien exponerlas como estrategias propias para superar momentos de intimidación. En el primer caso, ese alguien venía a decir que cuando se siente atemorizado por otro –por timidez, baja autoestima, miedo o lo que sea (pensemos en un jefe gritón, por ejemplo)–, intenta imaginárselo desnudo, y así, al verlo tan expuesto, tan ridículo, no puede sentir ningún temor por él, sino más bien todo lo contrario. Y en el segundo –el que me gusta más–, que cuando se siente intimidado por alguien, intenta verlo como al niño que fue, y de este modo también desactiva el temor, pues ¿quién puede temer a un niño? Pues bien, me parece que estas dos maneras tan desmitificadoras de mirar están en la línea de la que Chesterton atribuye a San Francisco. Retomando lo que dice el escritor inglés del San Francisco que miraba cabeza abajo, quien mira así a su jefe y lo ve desnudo o como a un niño no puede seguir tomándolo en serio, sino que tendrá siempre una sonrisa para con él. Sí, el empleado que, mientras recibe un chaparrón de diatribas de su patrón, se lo imagina en pelota o como un renacuajo de cuatro años, se está intentando defender de él, pero también es un humorista. Al fin y al cabo, el humor es probablemente el instrumento de autodefensa más inteligente y eficaz que existe.
Así mira el humorista, porque el humor es, mejor que una posición ante la vida –que también–, una particular manera de mirarla. Con lucidez, clarividencia, perspicacia. Sabiduría también. Y caridad. El humorista no sabe necesariamente contar chistes, pero sabe mirar.


The perspective of humor
by Félix Caballero
I am not a joke-teller. Quite the opposite. I can't tell jokes—I forget them as I'm telling them. I mess up. I get tangled and confused. I say everything wrong. And I have no grace (in telling jokes; in other situations, maybe I do).
Yet I do consider myself a humorist. Why? Very simply: because I look at (and therefore see) the world the way a humorist does. Humorism (or humor: here I'll use both terms interchangeably) is, in effect, a stance toward life—as the Galician novelist Wenceslao Fernández Flórez (author, among other titles, of “El bosque animado” and “Las siete columnas”) said—almost a philosophy, but, better still, a way of looking; a certain manner of viewing and, therefore, seeing the world. A different, singular gaze, but not a deformed one, as if we had suffered a trauma or illness affecting our brain or eyes. A deformed gaze would still be a limited, limiting way of seeing, whereas humor’s gaze is the opposite: lucid, clairvoyant, wise (because humor is a form of wisdom). The humorist sees farther and deeper than others. On one hand, their gaze is sharp and penetrating, like a surgeon’s scalpel. On the other, it is like that of an eagle—a bird renowned for its spectacular long-distance vision. They look as if through binoculars, magnifying distant things. Indeed—as the Galician monologist Luis Piedrahita says—almost as if through “reversed binoculars,” letting them look at problems not just from a distance, but also, and above all, “with distance.”
A Cubist Perspective
But there's more: it isn’t just that the humorist sees farther and deeper than common mortals—they’re also able to see all sides of reality at once, like a cubist painter. Reality has many facets, and the humorist, just like the cubist artist, knows it and manages to see them all at the same time, thanks to a divergent gaze. As physician and essayist Juan Rof Carballo—also Galician—notes, "the humorist executes their work thanks to the chameleonic quality of constantly changing perspective, not only by choosing a horizon different from the usual to describe and contemplate the world, but also by performing an even trickier acrobatic feat: the alternating and opposed change of horizons." In the words of another universally known Spaniard—from Madrid this time—humorist and playwright Miguel Mihura (author of the immortal “Tres sombreros de copa”), humor enables us, for a moment, to step outside ourselves, to walk all the way around and look at ourselves from both sides, front and back, and to discover new features we never knew we had. This quality allows us not only to see reality in a new and unexpected way ("the greatness of the small and the smallness of the great," according to philosopher Celestino Fernández de la Vega—Galician, of course!), but also, as Rof Carballo insists, to see reality as a whole for the first time and to recover those parts lost to the dogmatic system (those habits, customs, social conformity) that give us the illusion of security. That’s why another Galician writer, Gonzalo Torrente Ballester (Cervantes Prize winner), concludes that humor is a “commitment to reality” and hence “the only real realism,” far removed from classicism which is fixated on ideals and fails to see that reality is grotesque, that the beautiful and the sublime—in which the classicist/dogmatist splits reality—are mere abstractions without any real-world counterpart.
In short, humorism preserves much of the child’s capacity for wonder—to see the world always with new eyes, as if for the first time.
(As readers may note, this article is turning out “very Galician,” since nearly all my quotes so far are from Galician authors—but that’s neither deliberate nor accidental: Galicia is—and anyone who has looked into it knows—one of the regions in the world whose people possess the richest sense of humor, despite not being fond of telling jokes.)
Seeing the World Upside Down
Let’s go deeper on the specificity of the humorist's gaze. As Chesterton says about Francis of Assisi in his extraordinary and highly personal biography of the saint, the humorist looks at the world as if performing an acrobatic somersault, allowing them to see everything upside down, as if—the world—were hanging by a thread, highlighting its dependence, “because the word ‘depend’,” the English writer notes, “actually means to hang.” “Perhaps St. Peter saw the world this way as he was crucified upside down,” Chesterton asserts, drawing a parallel between the Poor Man and the rugged, determined fisherman who was Jesus’s friend. Whoever looks at reality like this, the writer continues, can no longer take worldly hierarchies and authorities too seriously, but “will always have something like a smile for those above him.”
Imagining the Boss Naked or as a Child
This peculiar upside-down gaze of the humorist—as if seeing the world hanging by a string—reminds me of two other ways of looking that also strike me as deeply connected with humor. Somewhere I’ve read or heard someone present them as strategies to overcome intimidation. In the first, the person would say that when intimidated—by shyness, low self-esteem, fear, or whatever (think of a shouting boss, for example)—they try to imagine the other person naked, thus seeing them so exposed and ridiculous that all fear vanishes, and is replaced by something quite the opposite. In the second—my favorite—when intimidated by someone, they try to see the person as the child they once were; thus, fear is neutralized, because who could be afraid of a child? So, it seems these two demystifying approaches are in line with what Chesterton attributes to St. Francis. Echoing the English writer’s portrayal of the upside-down viewing Francis, whoever looks at their boss and sees them naked or as a child can no longer take them so seriously, but will always have a smile for them. Yes, the employee who, while getting berated by the boss, imagines them undressed or as a four-year-old tadpole is not only defending themselves, but also being a humorist. After all, humor is probably the cleverest and most effective self-defense instrument there is.
That's how a humorist looks—because humor is, more than just a position toward life (though it is that too), a particular way of perceiving it. With lucidity, insight, and perspicacity. Wisdom, too. And kindness. The humorist may not know how to tell jokes, but they know how to look.
(This text has been translated into English by Chat GPT)
