El mexicano Münchhausen | Los hermanos Grimm y la diversión

Ricardo Guzmán Wolffer
Abogado, narrador, poeta, dramaturgo y humorista literario.
El mexicano Münchhausen | Los hermanos Grimm y la diversión

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De los cuentos que han marcado al occidente desde hace un siglo, muchos fueron escritos por los hermanos Grimm (Jacob y Whilhelm). Resulta curioso establecer cómo la difusión de estos textos ha terminado por asimilarlos en América entera, cuando en su momento fueron hechos, entre otros fines, para buscar una identidad nacional en Alemania. Napoleón invadía Europa y los alemanes buscaban diferenciarse de los invasores. Los autores recopilaron entre la gente de edad, rural o de la burguesía, y con su propia familia, pero escribieron con su propio estilo e intención. Querían recuperar esa “riqueza nacional” surgida de la “imaginación poética del pueblo”, según Herman Grimm en el prólogo de la edición española. En la mirada humorística, llama al estornudo risorio el que la identidad supuestamente más alemana sirviera para todo menos para identificar a la cultura alemana con esas historias que hoy tienen distintas aproximaciones, la mayoría totalmente fuera de la intención de los escritores.

Los textos terminaron por hacerse universales. Desde la primera edición, la intención de los escritores fue hacerlos “infantiles”, que en parte se logró por las adaptaciones en donde se han ido suavizando los argumentos originales, como sucede, por ejemplo, con Caperucita Roja, pues en la versión más popular el lobo no se come a la niña, ni le rellenan con piedras el estómago, y hasta puede que ni se muera. Esa gradual reducción de la crudeza se dio desde las primeras publicaciones de los Grimm. El título original era “Cuentos para la infancia y el hogar” publicado en dos volúmenes (1812 y 1815), ampliada en 1857, a los que se conoce más como “Cuentos de hadas de los hermanos Grimm”.

            Entre los estudios de tales cuentos destaca “Morfología del cuento” (1928) de Vladimir Propp, donde menciona la existencia de 31 funciones o constantes, de las cuales no todas deben aparecer en los cuentos maravillosos. Desde la primera, cuando el héroe se aleja de la familia, hasta la última, donde el héroe se reivindica tras castigar al falso héroe y con ello puede matrimoniarse y ascender al trono. A esas 31 acciones corresponden 31 funciones: alejamiento, prohibición, transgresión, interrogatorio, información, engaño, complicidad, fechoría, carencia, mediación o momento de transición, principio de la acción contraria, partida, primera función del donante, reacción del héroe, recepción del objeto mágico, desplazamiento en el espacio entre dos reinos, viaje con un guía, combate, marca, reparación, regreso, persecución, socorro, llegada de incógnito, pretensiones mentirosas, tarea difícil, tarea cumplida, reconocimiento, descubrimiento, transfiguración, castigo, boda. De nuevo la mirada burlona encontrará aquí tela de donde cortar, porque se supone que estos cuentos son simples para que funcionen con los infantes y ahora resulta que son un borbotón de análisis muy sesudo. Y así como hay ciertas acciones necesarias en todo cuento fantástico, que corresponden a una función específica, también hay esferas de acción para cada personaje: el malo (hace el mal, lucha con el bueno, etc.); los personajes secundarios (ayudan al héroe a conseguir el objeto deseado); los auxiliares, de la princesa, del héroe (la búsqueda y el casamiento, entre otros), en contraposición del falso héroe (y sus pretensiones de embustero). Además, los cuentos fantásticos hablan de una carencia con pasos intermedios para llegar a la recompensa. Es una estructura común de los cuentos maravillosos. Quien lea hoy estos textos tendrá problemas para diferenciar lo que entretiene con lo que divierte porque ciertamente son entretenidos estos textos pero la mayoría llama más al horror que al regocijo infantil, que los niños tengan una pulsión cercana a lo mortuorio puede explicarse porque la mayoría de los pequeños no han sido infiltrados con los prejuicios culturales que la muerte conlleva o que el dolor implica. Una de las máximas del humor obscuro es que siempre divierte mientras no le suceda a uno o a alguien que uno quiera. Nos reímos del sufrimiento ajeno precisamente porque no somos nosotros los que tenemos la cara moreteada de las piedras que cayeron por accidente.

            Sin embargo, el análisis doctrinario, como si los cuentos de los Grimm fueran sólo un producto de la cultura germana, casi como una campaña propagandística, deja a un lado el disfrute del lector. Hoy se espera que los niños lean esos cuentos por diversión, más que por formación. Pero en su momento no fue así. Desde la primera edición, “los niños se habían adueñado de los libros y los leían con sus propios ojos” (Herman dixit): entonces se leía a los niños. Son los padres los que se escandalizan ante la rudeza de los detalles. Cierto que podrían identificarse símbolos e intenciones didácticas, moralizantes, en muchos de sus cuentos: de Caperucita Roja se obtiene la lección de la obediencia: el lobo se la come por no obedecer la indicación paterna de no dejar el camino (el buen camino, se entiende). Igual Blancanieves: si hubiera seguido la orden de no abrir la casa de los enanos, la bruja-reina jamás habría podido envenenarla y luego matarla. Se les identifica como textos para público infantil, ante la posibilidad de usarlos para educar a los niños a mantener el orden social. Sin duda es útil enseñarles las bondades de la convivencia y lo reprochable de matar, golpear o hacer sufrir a personas y a animales. Pero se pierde de vista que uno de los atractivos de la literatura es el dolor falso: precisamente, la posibilidad de causar el peor de los dolores o cometer las atrocidades o burlas máximas y continuar con la vida cotidiana, pues todo ese dolor sólo ha sucedido en la imaginación de los lectores. Este es una de las implicaciones básicas del humor, los mecanismos mentales que llevan a la risa sólo suceden en la cabeza del receptor. El caso no puede ser más didáctico: se escriben cuentos para educar y terminan siendo un divertimento no muy claro para los lectores de otras latitudes. Y en el caso de México y Alemania el asunto va más allá: mientras en México seguimos sufriendo las consecuencias de la conquista española, a grado tal que hay políticos que casi revientan las relaciones diplomáticas entre ambos países por la solicitud francamente humorística de los políticos mexicanos que parecen no haber cursado la educación primaria en pedir a los españoles que deben disculparse por lo que sucedió hace medio milenio. Habrá quien lo vea como una tristeza el que desde el poder se perpetúe la edición de que seguimos siendo víctimas de esa acción que hoy nos define, pero otros también lo entendemos como una forma más de revelar la estulticia política que con tal de distraer la atención de los pésimos manejos administrativos es capaz de lo que sea, incluso de hacer sentir a los mexicanos como unos conquistados. Eso es quitarle el trabajo a los narcos que realmente tienen sojuzgados a ciudadanos y autoridades. Pero con los cuentos de Grimm los chicos se divierten incluso repudiando los aspectos más sencillos de la higiene personal: en el original de Blancanieves, la madrastra la envenena al peinarla con un peine emponzoñado, antes de lograr matarla con la manzana infectada. A lo cual, las niñas que no gustan de acicalarse como ordenan las madres impositivas, o que prefieren el juego a la higiene, seguro continuarán leyendo. Habrá algunos, como la historia de Hansel y Gretel, donde podríamos percibir una variante para preservar el orden familiar: la relación de la madrastra y los hijos de la pareja: es la madrastra quien urde el plan para abandonar a los niños en medio bosque, con el argumento de que es mejor que mueran ellos dos y no los cuatro (niños, madrastra y padre). Algunos tratadistas refieren que en el texto original era la madre quien los abandonaba, pero la censura prefirió hacer de la madrastra la malvada, para respetar la figura materna como fuente de bondad. Y eso que en otros cuentos la madre es terrible. Convenientemente, cuando los niños vuelven con el padre arrepentido, la madrastra ha muerto, y entonces sí viven felices para siempre. No es el único caso en que los hijos pagan los pecados de los padres: Rapunzel está en el castillo porque su madre obligaba a su marido a cortar verduras del jardín de la bruja: cuando ésta lo sorprende, le obliga a entregarle a la hija que tendrán y una vez en manos de la bruja, Rapunzel no vuelve a ver a sus padres. La gula de la madre desencadena la tragedia de la hija; con todo y final feliz, son años de soledad y aislamiento.

Se supone que el héroe se transforma en el cuento, pero hay historias, como “el destripaterrones”, donde el personaje central se dedica a embaucar y matar a todo el pueblo. Aunque es el único vivo y es rico, eso sí, tendrá dinero mal habido: no logra una reivindicación moral, Pero embromar a las personas parece ser siempre divertido en el remite de nuevo a los mecanismos del humor mientras yo no sea el defraudado al que los hackers le quitaron sus ahorros por crédulo, puede que nos dé risa que alguien sea tan distraído o francamente tonto como para darle toda su información personal a los actuales pillos que empezaron utilizando a los robots y que ahora no saben cómo apagar esas máquinas.

            Podría culparse a las películas de Walt Disney de rebajar el nivel de muchos cuentos de los Grimm, pero no son los únicos censores. Además, ¿de verdad los niños prefieren la seguridad de los textos sencillos? Es discutible, si se conviene en que puede ser más divertido que la reina mala de Blanca Nieves muera al ser obligada a bailar sobre las brazas ardientes, luego de que Blanca Nieves escupiera la manzana envenenada que milagrosamente ha conservado en la garganta y que arroja cuando el príncipe se lleva el ataúd de cristal para contemplar a esa muerta hermosa en su castillo y por error el féretro cae contra el suelo. Así como en las películas mudas es divertido que Chaplin le tire el sombrero alto a los adinerados, los cuerpos sin vida que no son respetados terminan por ser parte de una broma muy extraña que a algunos les funciona muy bien. En la cada vez más enredada fiesta de los muertos, originalmente mexicana y que ahora se replica en muchos países de maneras insospechadas, las bromas sobre cadáveres y los versos rimados donde se aplica el doble sentido y la chacota vulgar van de la mano con la falta del respeto a la muerte establecida está en el cuerpo de los difuntos. Visto con calma resulta una falta de respeto que haya calaveras vestidas con la indumentaria de representantes de todas las posibilidades sociales. Y esto también puede verse en estos textos pretendidos como infantiles. Si se parte de la base de que el príncipe cree muerta a la envenenada resulta bastante discutible suponer que esté enamorado del cadáver. No se desprenden intenciones más aviesas, pero resulta destacable ese medieval gusto por la muerte en su contemplación. La danza de la muerte que se hizo tan popular en la Europa medieval va aparejada con el contacto de los cuerpos. En todos los bailes los danzantes se sujetan o se rozan en algún momento o durante todo el baile. De ahí a fantasear literariamente con la necrofilia en casos como el de la hermosa casi muerta no sorprende mucho. Es curioso como el otro cuento donde aparece otra Blancanieve (Blancanieve y Rojaflor) casi no es difundido: dos hermanas, distintas, pero compenetradas (juegan, duermen, hacen todo juntas: la madre les inculca –o sentencia- que lo que es de una es de la otra) viven con su madre. Un día de invierno llega un oso y se gana su confianza. Al llegar el verano, el oso se va para esconder sus tesoros de los enanos ladrones. Las hermanas se topan con uno en varias ocasiones, quien las insulta a pesar de recibir su ayuda. Finalmente, el enano se encuentra con el oso, éste lo mata y se convierte en un príncipe, quien se casa con una y su hermano con la otra. Las hermanas casadas viven felices y por mucho tiempo con la madre. Pareciera ser una historia más didáctica sobre la bondad y cómo debe ser premiada, pero resulta menos divertido: no hay muertes humanas.

 Los cuentos de los hermanos Grimm, además, contienen elementos que pueden ser asimilados a mitologías diversas: el lobo de Caperucita resulta una suerte de demonio caníbal. No puede ser un simple animal: le cortan el estómago, le sacan a Caperucita viva y capaz de juzgar qué se siente estar en una oscuridad, lo rellenan de piedras y, mientras, el lobo sigue dormido, sin darse cuenta de la carnicería que ha sufrido. Ningún animal podría tolerar eso, debe ser un ente mágico: un diablo. Si la exageración es otro camino al humor, estos episodios donde sucede lo imposible seguro sacaron varias risas infantiles ante los ojos preocupados de sus padres. También, en la Cenicienta, hay elementos macabros, pues en el texto de los Grimm no hay hada madrina (ese es de Perrault): Cenicienta va a pedir a la tumba de su madre vestido y zapatos para ir al baile del príncipe. Como si la madre fuera un fantasma encarnado en las aves que le colocan las ropas a la doncella. Ese fantasma actúa sobre las hermanastras: al probarse el zapato olvidado, por consejo de la propia madre, una se corta un dedo y la otra parte del talón, para que les pueda quedar el zapato de Cenicienta: cuando pasan con el príncipe frente a la tumba de la madre, los pájaros le advierten al novio de la sangre en el zapato y éste percibe el engaño. Cuando al final se casa Cenicienta, las aves les sacan los ojos a las hermanastras para castigarlas por su maldad. Sin duda es una fantasía, que la madre no abandone nunca a los hijos, pero que llegue a esos extremos de dejar ciegas a las malas hermanastras, va más allá. En este texto, las madres son despiadadas y, de nuevo, son como seres maléficos, más asimilables a demonios, por la crueldad, ya con las propias hijas, ya con las demás; y más reprochable al dejar ciegas a las hermanastras, pues Cenicienta se había casado ya, y el castigo sólo se explica como un regodeo de ese fantasma encarnado en los pajarracos vengadores. Los aplausos literarios se han extrapolado recientemente con la película noruega “La hermanastra fea” (en noruego: Den stygge stesøsteren) de 2025 de la directora Emilie Blichfeldt. La Cenicienta compite contra su bella hermanastra por ser la elegida del príncipe, Pero puesto que ya se trata de una historia más apegada a la versión original, vemos como la hermanastras se corta parte del pie, se interviene la cara de manera muy dolorosa y, ya puesto en la escatología, se come un huevo de tenia para bajar de peso con el contratiempo esperado relativo a que al verse perdida logra expulsar la tenia de manera sobradamente gráfica. En el cine coexistíamos los que nos daba risa lo absurdo del sufrimiento, con los que casi vomitaban ante la imagen de la extracción bucal de un parásito de muy buen tamaño. Y es que en esta película la madre no sólo resulta una mercenaria declarada sino que también disfruta de los placeres carnales, al parecer pagados. Los cuentos de Grimm parecen centrarse siempre en los personajes en los que se desarrolla la acción, pero suele evitarse el análisis sobre las causas de que esos niños hagan lo que hacen.

 En el cuento del enano Rumpelstiltskin estamos ante un ser mágico que pierde sus poderes cuando la reina, quien había prometido darle su primer hijo por la ayuda que le permitió casarse con el rey al engañarlo, adivina el nombre. El enano patea el piso, se parte en dos y muere. Una larga tradición sajona y mística atribuye poderes al hecho de saber el nombre del demonio que enfrentaban los exorcistas: al poseer el nombre del diablo, se tiene control sobre el ser, cuya principal fuerza es estar oculto, de nombre, a los demás. Algo similar pasa en El diablo y su abuela, donde un dragón (clásico escondite del demonio) ofrece ayudar a tres soldados a cambio de que lo sirven por siete años.

Suele decirse de estos cuentos que son de final feliz, como si los lectores necesariamente se identificaran con el personaje central. O que muestran la valentía al enfrentar los peligros de la historia, siempre salvables gracias a la entrega del personaje central. Lo cual no necesariamente es cierto: en muchos textos apenas se percibe la voluntad de actuar a pesar del miedo. Es más un desenvolverse por inconsciencia que por valor. De ahí que muchos críticos de esta expresión literaria le resten valor al establecer que se forjan falsas esperanzas en los lectores, en cuanto a que siempre saldrán victoriosos, lo que ciertamente no corresponde a la vida real, donde lo único constante es la inconstancia en obtener los resultados por los que trabajamos o estudiamos. Y habrá quien logre que estos malos resultados en el fondo de verdad le diviertan al tratar de manejar una realidad que se dice objetiva y donde realmente hay miles de factores que pueden llevar a resultados siempre inesperados. Lo risible es que se intente manejar la vida personal o de otros, cuando lo único constante en la historia humana es la falta de relación entre lo que uno quiere y lo que uno obtiene. Mas que educar a los niños, los textos originales buscaban divertirlos. Una vez más son los padres los que encuentran virtudes no originales en tales textos. Cierto que los cuentos pueden ser formativos y que la mejor manera de educar es mediante la lectura lúdica, pero no se percibe esa intención en todos los textos de los Grimm: algunos concluyen con una máxima, pero no todos.

Los cuentos de los hermanos Grimm, con todo y la censura editorial y paterna, no dejan de divertir por evocar situaciones imposibles, pero que nos son cercanas. Por algo los recordamos más de dos siglos después de su inicial publicación. Hoy lo risible no es solo advertir que de identidad alemana apenas se establece que se desprenda de los textos, sino el cuidado en suavizar la violencia original de estos textos y mirar con una risa nostálgica aquellos tiempos donde los niños no eran tratados como pequeños cristales a los que el viento puede fraccionarlos entre dolores agónicos.

 

 

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The brothers Grimm and fun
by Ricardo Guzmán Wolffer

 

Of the stories that have shaped the Western world for over a century, many were written by the Brothers Grimm (Jacob and Wilhelm). It is interesting to see how the spread of these texts has resulted in their assimilation throughout the Americas, although at the time they were originally created, among other purposes, to seek a national identity for Germany. Napoleon was invading Europe, and the Germans wanted to distinguish themselves from the invaders. The authors gathered tales from older people, the rural population, or the bourgeoisie, as well as their own family, but wrote with their own style and intention. They sought to recover the "national wealth" that arose from the "poetic imagination of the people," as Herman Grimm states in the prologue of the Spanish edition. From a humorous perspective, it is ironically amusing that the supposedly German identity served for everything except identifying German culture with these stories, which now have various interpretations—most of them completely outside the authors’ original intentions.

The texts became universal. Since the first edition, the authors' intent was to make them "children's stories," which was partially achieved through adaptations that progressively softened the original plots, as with Little Red Riding Hood—for in the most popular version, the wolf does not eat the girl, nor is his belly filled with stones, and he might not even die. That gradual toning down of harshness started with the earliest Grimm publications. The original title was "Stories for Childhood and Home," published in two volumes (1812 and 1815), expanded in 1857, now commonly known as "Grimm's Fairy Tales."

Among studies of these tales, Vladimir Propp’s “Morphology of the Folktale” (1928) stands out, noting the existence of 31 functions or constants, though not all must appear in every wonder-tale. From the first, where the hero leaves the family, to the last, where the hero’s redemption punishes the false hero and enables marriage and ascension to the throne. To those 31 actions correspond 31 functions: departure, prohibition, transgression, interrogation, information, deception, complicity, villainy, lack, mediation or transitional moment, initiation of counteraction, journey, first donor function, the hero’s response, reception of the magical item, displacement between two kingdoms, guided travel, combat, marking, repair, return, pursuit, rescue, arrival in disguise, false claims, difficult task, accomplished task, recognition, exposure, transformation, punishment, wedding. Again, a mocking view can find plenty to poke fun at here, since these stories are supposed to be simple for children—and now they are the subject of elaborate analysis. Just as some actions are necessary in every wonder-tale, corresponding to a specific function, there are also spheres of action for each character: the villain (commits evil, fights the hero, etc.), secondary characters (help the hero obtain the desired object), helpers (the princess, the hero—search, marriage, etc.), contrasted with the false hero (and his deceptive goals). These fantastic tales speak of a lack, with intermediate steps toward reward. It’s a common structure of wonder-tales. Anyone reading these texts today may struggle to differentiate entertainment from fun, as these tales are certainly engaging, but most tend more toward horror than childlike rejoicing, and children’s morbid curiosity for death can be explained by the fact that most little ones have not yet absorbed the cultural prejudices around death and suffering. One of the axioms of dark humor is that it is always enjoyable as long as it doesn't happen to oneself or someone we care about. We laugh at others' suffering precisely because it is not ourselves who are bruised by falling stones.

However, doctrinaire analysis—as if Grimm tales were solely a product of German culture, almost like a propaganda campaign—leaves aside the reader's enjoyment. Today, it is expected that children read these tales for fun, not instruction. But this was not always so. From the first edition, “children had taken over the books and read them with their own eyes” (Herman dixit): at that time, the tales were read to children. It is parents who are shocked by the stories’ harsh details. Certainly, symbols and didactic or moralizing intentions can be identified in many tales: in Little Red Riding Hood the lesson is obedience, as the wolf eats her for not following her father’s instruction not to leave the path (the good path, of course). Similarly with Snow White: had she obeyed the order not to open the dwarfs’ house, the witch-queen could never have poisoned or killed her. These are identified as children's texts, with the possibility of being used to teach kids to preserve the social order. Of course, it is useful to teach lessons about community and why it’s wrong to kill, strike, or hurt people and animals. But it is overlooked that one of the attractions of literature is false pain: precisely, the possibility of causing maximum suffering or committing atrocious acts and jokes, yet continuing with daily life, since all that pain occurs only in the readers’ imagination. This is one of the basic implications of humor; the mental mechanisms that cause laughter happen only inside the recipient’s mind. This example couldn't be more pedagogical: tales are written for teaching yet turn into entertainment that isn’t entirely clear for readers elsewhere. And in the case of Mexico and Germany, the matter goes further: while Mexico continues to suffer the aftereffects of Spanish conquest—to the extent that politicians nearly rupture diplomatic relations between the two countries by making frankly humorous demands that the Spanish apologize for events five centuries ago, apparently forgetting grade-school history—there are those who see it as tragic that those in power perpetuate the idea of being victims of an event that now defines us. Others might see this as another revelation of political folly, capable of anything to distract from poor administration—even making Mexicans feel like conquered people. That is taking away the job of the narcos, who really do keep citizens and authorities subdued.

But with Grimm’s tales, children have fun even while rejecting the simplest aspects of personal hygiene: in the original Snow White, the stepmother poisons her with a toxic comb before finally killing her with the infected apple. Thus, girls who dislike grooming as their controlling mothers insist, or who prefer play to hygiene, will surely keep reading. There are stories, like Hansel and Gretel, which can be read as containing a variant for family order: the relationship between stepmother and the couple’s children—in this version, it is the stepmother who arranges to leave the children in the woods, arguing that it is better for the two of them to die rather than all four (children, stepmother, and father). Some scholars suggest that in the original version, it was the mother who abandoned them, but censors preferred to make the stepmother the villain, to preserve the mother’s image as a source of goodness. And in other tales, the mother is quite terrible. Conveniently, when the children return home to their repentant father, the stepmother has died, and then they live happily ever after. Nor is it the only case where children pay for parental sins: Rapunzel is in the tower because her mother forced her father to steal vegetables from the witch’s garden; when caught, he must give the witch their unborn daughter, and once in the witch’s hands Rapunzel never sees her parents again. The mother's greed leads to the daughter's tragedy; even with a happy ending, years of loneliness and isolation unfold.

The hero is supposed to be transformed in fairy tales, but there are stories like "The Turnip-Top," where the central character tricks and kills the whole town. Though he is the only survivor and rich, his money is ill-gotten: he achieves no moral redemption. Yet tricking others always seems amusing—relating again to humor, since as long as I am not the scammed one who lost savings to hackers, it might make me laugh that someone was so distracted or foolish as to hand over all their personal data to today’s crooks, hackers who started with robots and now can’t turn off those machines.

Walt Disney movies might be blamed for toning down the level of many Grimm tales, but they are not the only censors. Also, do children really prefer the safety of simple texts? It’s debatable, considering it could be more entertaining for the wicked queen in Snow White to die by being forced to dance on hot coals, after Snow White spits out the poisoned apple she miraculously kept in her throat and ejects when the prince takes the crystal coffin to admire the beautiful dead woman in his castle and the coffin accidentally falls to the ground. Just as in silent films it’s fun when Chaplin knocks off the top hats of the rich, lifeless bodies that aren’t respected end up as part of a very strange joke that works well for some. In the ever more tangled festival of the dead—originally Mexican and now copied in ways unimaginable in many countries—jokes about corpses and rhymed verses full of double meanings and crude banter go hand-in-hand with disrespect for death itself. Calmly considered, it is disrespectful for skeletons to be dressed as every social type imaginable. And this can also be seen in these texts supposedly aimed at children. If we start from the premise that the prince truly believes the poisoned girl is dead, it’s rather odd to suppose he is in love with a corpse. No sinister intentions are evident, but that medieval fascination with death as spectacle stands out. The "danse macabre," popular in medieval Europe, went hand in hand with contact between bodies. In every dance, dancers touch or brush past each other at some point or throughout. So literary fantasies like necrophilia in cases such as the nearly dead beauty are not surprising. Curiously, the other tale featuring another Snow White (“Snow White and Rose Red”) is rarely encountered: two sisters, different but close (they play together, sleep together, do everything together—their mother teaches—or commands—that what belongs to one belongs to the other), live with their mother. One winter, a bear arrives and wins their trust. When summer comes, the bear departs to hide his treasures from thieving dwarves. The sisters encounter a dwarf on several occasions, who insults them despite their help. Eventually, the dwarf meets the bear, who kills him and is revealed as a prince, marrying one sister while his brother marries the other. The sisters live happily for a long time with their mother. It seems to be a more didactic tale about kindness and deserved reward, but is less entertaining—there are no human deaths.

The Brothers Grimm’s stories also include elements that can be compared to different mythologies: the wolf in Little Red Riding Hood becomes a kind of cannibalistic demon. He cannot be just an ordinary animal: they cut open his stomach, pull Little Red Riding Hood out alive and capable of judging what it feels like to be in darkness, then fill the wolf with stones, and while he continues sleeping, unaware of the butchery he’s suffered. No real animal could tolerate that; it must be a magical entity—a devil. If exaggeration is another path to humor, these episodes where the impossible occurs surely drew out lots of childhood laughter under the watchful eyes of their parents. In Cinderella, there are macabre elements as well, since in the Grimms’ version there is no fairy godmother (that is from Perrault): Cinderella asks her mother’s grave for a dress and shoes to attend the prince’s ball. As if the mother were a ghost embodied in the birds that place the clothing on the maiden. That ghost acts on the stepsisters: when trying on the lost shoe, one cuts off a toe and the other part of her heel, on her mother’s advice, to try to fit Cinderella’s shoe; as they pass with the prince in front of the mother’s grave, birds warn the groom about the blood in the shoe and he notices the deceit. When Cinderella eventually marries, the birds peck out the stepsisters’ eyes to punish their wickedness. Without a doubt, it is a fantasy, the idea that a mother never abandons her children, but these extremes, of leaving the wicked sisters blind, go beyond. In these texts, mothers are ruthless and, again, resemble evil beings more akin to demons, due to their cruelty both to their own children and to others; and even more reproachable is leaving the stepsisters blind, since Cinderella is already married and the punishment only makes sense as a kind of malevolent delight from that ghost embodied in vengeful birds. Literary acclaim has recently been extended with the Norwegian film “The Ugly Stepsister” (Norwegian: Den stygge stesøsteren) from 2025 by director Emilie Blichfeldt. Cinderella competes with her beautiful stepsister to be chosen by the prince. Because this version stays close to the original, we see the stepsister cutting part of her foot, getting her face painfully operated on, and to add to the scatological tone, swallowing a tapeworm egg to lose weight, ultimately graphically expelling the tapeworm when she thinks all is lost. In theaters, some people laughed at the absurd suffering, while others nearly vomited at the graphic image of the parasite being removed orally. And in this film the mother isn’t just a declared mercenary but also seems to enjoy paid carnal pleasures. Grimm’s stories seem always to focus on the characters driving the story, but rarely do we analyze the reasons those children do what they do.

In the tale of Rumpelstiltskin, we are faced with a magical being who loses his powers when the queen—who had promised him her firstborn in exchange for help to marry the king—guesses his name. The dwarf stomps his foot, splits in two, and dies. A long Saxon mystical tradition attributes powers to knowing the name of the demon confronted by exorcists: possessing the name of the devil means controlling the entity, whose main power lies in being unknown by name to others. Something similar occurs in “The Devil and His Grandmother,” where a dragon (classic demon’s hideout) offers to help three soldiers in exchange for service over seven years.

These tales are often said to have happy endings, as if readers necessarily identify with the main character or that they display courage in facing the story’s dangers, which are always overcome thanks to the protagonist’s sacrifice. But this is not necessarily true: in many texts, one barely perceives any real will to act in spite of fear. It is more a result of unconscious action than true bravery. That’s why many critics devalue this literary expression, saying it instills false hopes in readers that they will always prevail, which is certainly not the case in real life, where the only constant is inconsistency in the outcomes for which we work or study. Some may actually find fun in bad outcomes in truth, as they attempt to navigate an “objective” reality where thousands of factors can lead to unexpected results. What’s laughable is trying to manage one’s, or others’, lives when the only constant in human history is the disconnect between what we want and what we actually get.

Rather than trying to educate children, the original texts were mostly intended to amuse them. Once again, it is parents who find virtues in these texts that were not part of the originals. It is true that stories can be formative and that reading for fun is the best way to learn, but not all Grimm tales show that intention: some end with a moral, but not all.

Despite all editorial and parental censorship, the Grimm Brothers’ stories never cease to amuse by evoking impossible situations that remain close to us. That’s why we remember them more than two centuries after they were first published. Today, what is funny is not only noting that their “German identity” is barely detectable, but also the effort expended to soften the original violence in these tales and looking back with nostalgic laughter to those times when children were not treated as fragile crystals that could be shattered by every passing gust of pain.

 

(This text has been translated into English by ChatGPT)

Copyright © Ricardo Guzmán Wolffer. Publicado en Humor Sapiens con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.