Por una risa de mayor calidad

Pepe Pelayo (Creador y estudioso de la teoría y la aplicación del humor / cubano-chileno)
Copyright © Pepe Pelayo. Publicado en Humor Sapiens con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Hace como dos o tres años estuve trabajando en la televisión de Miami. Me defraudó ver que, salvo un par de excepciones, el humor de buen gusto; el llamado “inteligente” porque hace pensar; el de elaboración artística, ese, casi no existe en los medios de comunicación masivos. Pero tampoco en las artes escénicas, ni en las artes plásticas (poco espacio al humor gráfico). Sólo predomina el humor chabacano, el grosero, el burdo relacionado con lo picaresco y las típicas burlas manchadas de discriminación racial, física, sexual, etcétera. Es la realidad del humor en el mundo latino de Estados Unidos.

Pero en Cuba, país supuestamente distinto al anterior, es parecido el problema. Con dolor, me enteré de primera mano de la degeneración del humor, cuando los humoristas escénicos de alta calidad abandonaron los teatros e invadieron los centros nocturnos, por necesidad, ya que ahí es donde podían cobrar sus honorarios en dólares. Sin hablar de la emigración de muchos buenos colegas. Solo excepciones hacen teatro de vez en cuando y sólo por necesidad espiritual.

En Chile, donde vivo, el panorama es bastante aterrador también. Eso me motivó a escribir esta reflexión.

Por las características de mi trabajo he tenido que viajar a unos cuantos países latinoamericanos y puedo asegurar que, lamentablemente, el paisaje es muy parecido salvo, como siempre, algunos buenos humoristas aislados, que confirman la regla. Incluyo Argentina, siendo cuna de grandes en este campo.

Hace poco, con el objetivo de armar un libro de análisis sobre el humor, entrevisté a 108 humoristas escénicos, gráficos, literarios y musicales, la mayoría de Latinoamérica. Una de las preguntas era sobre este tema y la gran mayoría respondió que en los medios de comunicación el arte del humor de calidad tenía muy poca presencia.

En una de las últimas versiones del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar 2011, se presentaron tres humoristas que el público abucheó. Pero los realizadores del evento habían apostado por ellos, ya que siempre habían tenido éxito. Claro, funciona en otros espacios donde el humor vulgar, o subido de tono, o sobre minorías sexuales, etc., puede hacerse. Hay lugar y gente para todo. Y no es que uno sea beato y rechace ese humor. Yo siempre aconsejo que debemos reírnos de todo y siempre digo que todos somos humoristas, desde los payasos con sus chistes simples, esos humoristas groseros, los que hacen pensar y los clásicos, porque todos hacemos humor para lograr la carcajada, la risa, la sonrisa o la sonrisa interior. Pero entrar en las calidades de cada colegas es otro asunto.

Ojo: el profesional que crea o interpreta ese tipo de humor chabacano puede poseer una gran “vis cómica”, un “ángel” estupendo, como también le llaman; una gracia que no tiene la mayoría de la gente. Cuando le pongo esos adjetivos al tipo de humor que hacen me refiero sólo al contenido. (Aclaro también que la mayoría de esos artistas son buenas personas. Una cosa no tiene nada que ver con la otra.)

Desarrollar el sentido del humor no significa graduarse en la universidad. Pero desarrollar el sentido del humor sí es algo relacionado con lo cultural, obvio. Entonces, ¿cómo vencer a la mediocridad que decide, con tal mal criterio en los medios de comunicación, de qué se debe reír el espectador? No se trata de discriminar al que ríe con los humoristas en los centros nocturnos y en los programas televisivos de las 12 de la noche (mientras sean ingeniosos y no sólo groseros), porque el objetivo es que el público disfrute tanto de ese humor, como el de Chesterton, Twain, Leo Masliah, Luis Pescetti, Roal Dahl, Quino, Boligán, Fontanarrosa, Jacques Tati, Coco Legrand, Woody Allen, La Seña del Humor, Tricicle o Les Luthiers, por poner algunos ejemplos. Lo otro es cuestión de gustos.

Lo que hay que replantearse entonces es: ¿cómo convencer a esos artistas de que decir una mala palabra sin justificación le saca la risa al público con seguridad, pero es un recurso burdo, agresivo y ofende el intelecto? ¿Saben esos humoristas que con ese trabajo facilista están ayudando a la mala fama del humor como género menor? ¿Esos artistas tienen capacidad intelectual para darse cuenta de lo que digo? ¿Cómo darle más protagonismo, más espacio, a los buenos humoristas escritores, gráficos, comediantes, músicos? Pero por otra parte no puedo dejar de mencionar lo más importante: esos malos humoristas existen porque hay un público que consume sus “gracias” y unos productores que se aprovechan de eso.

Por supuesto, una respuesta correcta sería decir que todo se resuelve con una buena educación en nuestros países. Sí, pero de aquí a que los gobiernos la implanten con sus cálculos y negociaciones políticas, tenemos que hacer algo, ¿no? Además, una buena educación no quiere decir sólo una buena instrucción. La buena educación a la que me refiero es la formativa, desde los valores humanos en general hasta el buen gusto en todo. Y eso es una batalla larga y difícil.

¿Qué hacemos entonces?