¿Por qué pueden ser importantes los libros de chistes infantiles, ya sean escritos o dibujados?

Por Pepe Pelayo (Escritor, comediante, especialista en teoría y aplicación del humor chileno-cubano)
Copyright © Pepe Pelayo. Publicado en Humor Sapiens con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Foto: David Amsler / / CC BY-NC-SA 2.0

 

Los especialistas separan los libros infantiles en dos categorías: “libros de literatura” y “libros para niños”. Los libros de chistes, evidentemente caen en la segunda clasificación.

Unos adultos podrían pensar: “es mejor darle a un niño un libro de literatura, porque si lee poco, que por lo menos lea algo importante”. Y unos padres o docentes hiperserios dirían: “el niño está para cosas más trascendentales y serias, y no para simples chistecitos”. Es real que así piensan muchos. He sido testigo de esas opiniones cuando firmo en las Ferias de Libros o visito centros educacionales.

¡Cuántas veces he visto y escuchado situaciones “antihumor” y “antichiste” relacionada con los libros! Adultos hojeando mis libros de chistes, leyendo uno por encimita y desechándolos “porque no tienen gracia”, o “porque son chistes que no los va a entender su niño”. Cuando es evidente que fue a él al que no le dio risa, debido a que su espíritu infantil es casi nulo. Como sabemos, muchos adultos se creen que lo saben todo y es muy fácil que midan el gusto de los niños a partir de los suyos propios, desconociendo u olvidando por completo el universo de la mente infantil.

Y es un hecho también que unas cuantas personas relacionadas con el mundo del libro y la literatura, incluso especialistas en el tema (no los verdaderos conocedores, que son los lectores, claro está), evitan el uso de libros de chistes (y de “libros para niños en general”). Lo hacen porque prefiren motivar a leer usando otras herramientas “más trascendentales” (“Libros de literatura”), menospreciando o ignorando lo importante que es leer sólo por el placer de reír, y lo efectivo que es el humor en la búsqueda del placer motivador y necesario para acercarlos a los libros.

No me referiré mucho al chiste gráfico infantil, porque están más que demostrado sus beneficios en la Pedagogía del Humor, cuando se usan en clases para aprender un concepto. Además, tiene la ventaja de ser muy apreciado por los niños, acostumbrados al lenguaje icónico que los rodea. Por último, tiene la ventaja de tener dos lecturas, la del texto (si lo tiene) y el de la narrativa visual, algo importante para el niño que aprende también descodificando imágenes.

En fin, no son pocos los beneficios del chiste, ya sea escrito o dibujadio.

Pero es que el humor (y en especial el chiste), siempre ha sido considerado un género menor para muchos. Porque para esos muchos siempre conlleva un matiz (y muchas veces más que un matiz) de superficialidad, ligereaza y hasta de irresponsabilidad. Por lo tanto, utilizarlo para algo tan importante como la lectura y la literatura, o la educación en general, es un “pecado”, una “aberración”, un “grave error”, según lo que sienten ellos, aunque no lo digan así.

No estoy de acuerdo, por supuesto. Y compartiré un poco mi expericnia para intentar demostrar lo contrario.

Comenzaré con una anécdota.

No es difícil encontrarse con niños muy introspectivos, muy poco sociables, muy tímidos. Señalo lo anterior para describir el siguiente caso: una gran amiga mía, bibliotecaria de un colegio, me contó que un niño comenzó a asistir a la biblioteca a diario y calladito sacaba un libro y se sentaba lo más apartado posible de los demás. A ella le picó la curiosidad y un día se sentó junto a él, logrando entablar una conversación menos formal. Así descubrió su timidez, sus miedos, sus limitaciones. En cierta ocasión, al ver que tenía un buen sentido del humor a pesar de sus trancas, le sugirió que leyera mi libro "Pepito, el señor de los chistes". El niño lo sacó en calidad de préstamo. Entonces pasaron varios días y nunca más puso un pie en biblioteca, lo que preocupó a mi amiga, llegando a pensar si hizo bien o no en sugerírselo. Pero una tarde, ella tuvo que hacer una gestión y al atravesar el patio del colegio, estaba el niño parado en el centro de un círculo formado por sus compañeritos y vio que les leía los chistes del libro, haciendo reír a carcajadas a sus seguidores. Mi amiga tuvo que presionarlo para que devolviera el libro a la biblioteca. Ahora el niño es fanático de todos mis libros de Pepito. Yo hinché el pecho de orgullo cuando me lo contó. ¡Un libro de chistes mío había ayudado a ese niño con cierto problema de personalidad! Ya sólo por eso valió la pena escribirlo, ¿no es cierto?

Pero tengo más ejemplos. Voy a copiar aquí un correo electrónico tal y como lo recibí hace más de un año:

Estimado Don Pepe. Hace mucho tiempo que pensé en escribirle esto, y ahora me hice un tiempito para contarle algo que espero le guste. Verá, yo soy Educadora Diferencial y por años he trabajado con niños autistas en la ciudad de Viña del Mar, y un año tuve a un grupo de Asperger (que tienen alto funcionamiento cognitivo, leen, escriben, pero tienen malas relaciones sociales). La cosa es que uno de mis niños, disfrutaba del humor, pero no sabia contar chistes... en realidad lo hacía pésimo!!! y buscando entre los libros que teníamos (que eran bien pocos) encontré a "Pepito, el señor de los chistes". Me lo llevé a casa para leer y ver si me servía, y me reí todo el camino en el metro, entonces decidí que ese niño lo debía leer, y desde ese momento, no le puedo ni expresar como lo disfrutó, recordaba cada chiste, lo leyó más de 3 veces, se lo contó a sus familiares, en fin... un éxito total. ¡Gracias, Don Pepe! es un fantástico escritor y soy gran admiradora de su trabajo. Siempre pongo sus libros en mis listas de lectura para los niños y siempre son un éxito. Un saludo afectuoso.

Por razones obvias, la educadora que me envió el mensaje me dio permiso para publicarlo, pero me pidió no mencionar nombres. 

Poco tiempo después, tuve la suerte de recibir otro correo dentro de esa tónica. Copiaré aquí un fragmento:

Señor Pelayo… Yo tuve un niño muy especial. Se creía perrito y gateaba por la sala ladrando, la verdad, los compañeros no le hacían mucho caso, se escondía en el estante a dormir o llorar. Yo lo atendía como psicopedagoga en el colegio. Él estaba en 3ero básico, pero a penas leía. Tenía dificultades sociales. Nunca hacía las tareas y al final los profesores lo dejaban ser dentro de la sala de clases. Así, hasta que comencé a trabajar con él y empezó a tomar más confianza. Me lo llevaba al aula de recursos para que hiciera algunas tareas y aunque buscaba las actividades más lúdicas, se aburría. Yo no conseguía que se interesara por leer. Hasta que por sugerencia de la misma educadora que le escribió contándole su anécdota, comencé a leerle chistes del libro. Después de eso le encantó tanto que quería hacerlo solo. Nos leía toda la tarde, feliz de la vida. Y aunque leía mal, los entendía perfecto. Lamentablemente, su madre se lo llevó del colegio el año pasado. No podría asegurar si tenía algún síndrome, porque su madre no estaba muy comprometida con su educación.

Aprovecho la ocasión para agradecer de nuevo a esa dos educadoras por contarme sus experiencias y provocarme tanta emoción al leer sus mensajes.

Como es evidente, con estos ejemplos se demuestran los enormes beneficios de un libro de chistes. Ya con lo visto hasta aquí se justifica estar siempre recopilando chistes del folklore oral infantil -y crearlos- para armar un libro, o hacer o buscar libros de humor gráfico para niños.

Pero no nos quedemos solo en lo que le puede aportar a los niños con dificultades. Doy fe de lo importante que ha sido también en la motivación lectora y lograr el hábito lector en niños “que odian leer”.

He escuchado de boca de muchos niños que leer chistes “no es leer”, porque leer es muy aburrido y pesado; en cambio con los chistes se ríen, sienten placer, así que para ellos eso hace la diferencia. Esa fue la causa de que se me ocurriera crear el Programa “Gracias por Leer”, de motivación lectora a través del humor.

Con ese tipo de libros los hago reír, creamos juntos otros chistes tanto escritos como dibujados. Los escritos son de forma fija como “los colmos”, “¿qué le dijo?”, “¿cómo se llama la obra?”, “¿en qué se parece?”, “tantanes”, “ayer pasé por tu casa”, rimas, adivinanzas, trabalenguas, retruécanos y muchos juegos de palabras más. Hago que los lean en voz alta y en silencio, les enseño lectura teatralizada, les cambiamos los finales, practicamos juegos en base a los chistes leídos, etcétera, y después de todo eso, pasamos a libros con historias breves que contengan chistes. Más tarde a libros de relatos más extensos, también con chistes. Acto seguido, los voy llevando a lecturas de libros humorísticos, pero ya sin chistes obvios, y de repente están, sin darse cuanta ellos, leyendo libros de literatura (según su edad, su maduración y sus gustos, obvio).

Puedo decir con orgullo que he conseguido -con esos libros de chistes tan menospreciados-, que muchos niños sean actualmente buenos lectores.

Y por último, para redondear la respuesta a la pregunta que titula estas reflexiones, deseo decirles a todos los adultos que no sólo los niños deben disfrutar de esos chistes blancos, inocentes, infantiles. Los mayores también. Porque no sólo es importante leer y no sólo es importante que mejoren los niños con dificultades, también es necesario y fundamental que se rían en familia, entre amigos, por razones de salud, de higiene mental, de calidad de vida, como pueden ver en este mismo sitio web. Y eso lo brinda un libro de chistes para niños.