Lo ridículo

Pepe Pelayo (Creador y estudioso de la teoría y la aplicación del humor / cubano-chileno)
Copyright © Pepe Pelayo. Publicado en Humor Sapiens con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Un gran amigo llega a mi casa y entrando me dice: “por favor, dame un vaso de agua, compadre”. Y yo le respondo: “no seas ridículo, tu tienes confienza aquí, así que ve a la cocina y sírvete tú mismo”… ¿Hizo el ridículo? No, como categoria dentro del estudio del humor, no; pero popularmente sí, porque se dice así y así se seguirá diciendo.

Otro amigo se me acerca y me comenta: “el sueldo de los maestros en este país es ridículo”… Esta es otra acepción de la palabra ridículo, pero tampoco nos interesa ahora para esta reflexión. Popularmente se dice así y así se continuará diciendo.

A un tercer amigo le hice una broma que no le gustó y me dijo: “me ridiculizaste delante de todos”… Como verbo tampoco nos interesa en este análisis, pero sin dudas, popularmente se dice así y así se va a seguir diciéndose.

Hay más significados de este término, y lo que pido entonces es que nos olvidemos momentáneamente de esas acepciones, para entender mejor el concepto “lo ridículo” desde el punto de vista de nuestro estudio del humor. Después, por supuesto que debemos usar todos los significados populares, porque todos somos seres sociales, ¿no?

Ante todo, vamos a dejar claro que “lo ridículo” está dentro del universo del humor, por tanto es parte de un proceso de comunicación humana, lo que decide que haya una fuente y un receptor, más un proceso subjetivo en ambos puntos. A lo que voy: si lo ridículo surge en una persona (fuente), éste puede o no estar conciente de que hizo el ridículo, pero no nos interesa aquí. Lo que vamos a estudiar es lo que sucede en el receptor, que es donde se produce la risa o sonrisa (condición indispensable para estudiar el concepto dentro de la teoría del humor, ¿no?).

Bueno, pondré tres ejemplos de “ridículos”:

1-Si voy caminando hacia un lugar y al mismo tiempo miro a una mujer con cara de conquistador, empavonado, dándomela de seguro seductor y de pronto tropiezo, hago una pirueta exagerada y poco habitual tratando de recuperar el equilibrio, intentando arreglarlo todo torpemente, entonces ella y los otros que vieron la escena, se reíran. Hice el ridículo.

2-Un hombre toma café en una cafetería que sirve en mesas ubicadas al aire libre. De repente, una ráfaga de viento. Se levantan los manteles, vuelan las servilletas, flotan coquetamente las faldas de las camareras y todos los presente se ríen del hombre. ¿Por qué? Porque es de esos que sólo le salen pocos cabellos en la cabeza, sobre una oreja y se lo deja largos y le echa gel o algo así, para cubrir su calva con ellos, tratando de ocultar su cráneo pelado. Con el viento, los escasos pelos quedaron tiesos y parados. Hizo el ridículo. Pero ojo: no se trata de enjuiciarlo porque hace eso, él tiene el derecho y la libertad de hacer lo que quiera con sus pelos y su cabeza, pero nosotros también tenemos derecho a reírnos de él al ver aquello. Eso sí, si nos reímos, debemos hacerlo sin que él se entere, porque no deseamos ofenderlo, ¿no es cierto?

3-Llega la época de elecciones y un político va a la zona donde fue elegido la vez anterior, para repetirse en el cargo. Sin embargo, no ha ido nunca a ver sus electores desde la contienda pasada, demostrando que no tiene mucha vocación de servicio público que digamos. Entonces se aparece en “su barrio” con decenas de periodistas, cámaras y micrófonos, etc. Comienza con su sonrisa pintada en el rostro a saludar y a abrazar a todo el mundo. Incluso toma en brazos a un bebé y mostrándolo a cámara le da un beso. Es ahí cuando recibe el chorrito de orine del niño, que le empapa parte de la cara y la ropa. Todos los presentes y los televidentes ríen. Hizo el ridículo.

¿Qué hay en común en los tres casos?: la risa que produjo el accidente (el tropiezo, el viento, el orine).

Pero si en el punto “1” el hombre hubiera caminado normalmente, sin aparentar ser el seductor; si en el punto “2” al hombre se le desordenan los pocos pelos de su cabeza, peinados sin intención de ocultar su calvicie; si en el punto “3” el político saluda y toma el niño, porque realmente le interesa y se preocupa por sus electores, ¿hubieran hecho el ridículo? Por supuesto que no. Sin embargo, ¿se hubieran reído también los receptores? Sí, en las dos situaciones de cada punto se hubieran reído los presentes. La cuestión a analizar es el tipo de risa que se produjo. La calidad de esa risa es la clave. Por ejemplo, si alguien normal tropieza y hace aspavientos para no caerse, la gente que lo ve se puede reír, sin dudas. Porque es un hecho humorístico (digámoslo así, para no entrar si es cómico o propiamente humorístico en esta reflexión). Pero si tropieza haciéndose el seductor, haciéndose el conquistador, la risa que produce en los receptores es de castigo, distinta a la que produce un simple hecho humorístico. Es una risa que va cargada con la interna intención del observador, que se dice con placer: “¡me alegro que te haya pasado eso, por hacértelas de…”! Por hacérselas de seductor sin serlo, de tener pelos sin tenerlos, de ser buen servidor público si serlo. En los tres casos una risa de castigo relacionada con la vanidad, el ego, el “hacerte más de lo que eres”.

Eso es hacer el ridículo, aunque se usen todas los significados de la palabra que mencioné al principio. No se trata de algo relacionado con hacer algo “fuera de lo normal”, ni relacionado “con el qué dirán”, ni de “salirse de las reglas”, etc. Repito, está relacionado con la vanidad, el ego.

Y ojo: la risa que produce “lo ridículo” es una poderosa arma de corrección, porque la "carga" de esa risa es muy fuerte.

¿Qué debemos hacer para no caer en el ridículo? ¿Cuál es el antídoto? Por supuesto: la humildad, la naturalidad, ser uno mismo. Y si de pronto uno se da cuenta que está en una situación donde puede hacer el ridículo, entonces lo más aconsejable es confesarlo públicamente, para que todos se rían con uno antes de que suceda. Como se sabe, un remedio infalible es saber reírse de uno mismo.

Termino con la definición de “lo ridículo” que proponemos mi colega Aramís Quintero y yo en nuestro libro “Bienaventurados los que ríen”:

“Lo ridículo es una cualidad que puede provocar placer humorístico, y que aparece marcada por una incongruencia o desproporción que implica alguna presunción o vanidad”.

Si usted no está de acuerdo con dicha definición, hágalo público escribiéndonos y le aseguramos que no hará el ridículo.