El plagio en la creación chistosa

Pepe Pelayo (comediante, especialista en humor y escritor cubano-chileno)
Copyright © Pepe Pelayo. Publicado en Humor Sapiens con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

El humorista argentino-español Darío Adanti, acaba de publicar un artículo muy interesante y simpático. Aquí un par de fragmentos de ese texto:

“Quiero denunciar aquí que el señor Joaquín Salvador Lavado, alias Quino, me ha estado robando mis mejores chistes durante décadas. Y no hablo de su célebre Mafalda, no, hablo de sus chistes recopilados en cualquiera de sus veinte libros publicados de humor gráfico.

Cada vez que se me ocurre un chiste soberbio, aquel que convertirá toda mi obra anterior en meros errores, busco en sus 20 libros de humor gráfico y descubro que dicho chiste ya fue hecho, y de forma mucho más fina y certera, por el mentado señor Quino. Así que aquí dejo asentada esta denuncia. Quizá mañana la justicia tome en cuenta los postulados de la física cuántica y el hecho de que el tal Quino los haya hecho en tiempos anteriores no le sirva como coartada para librarse de ser condenado por plagiar lo mejor de mi obra jamás realizada”.

Muy ingenioso, ¿no es cierto? Pues si cito estos párrafos aquí, es porque se trata de un punto polémico siempre entre los creadores en general y entre los humoristas en particular. Por supuesto, me puso a reflexionar.

Muchas veces hemos escuchado o leído un chiste, o lo hemos visto dibujado o actuado y nos hemos preguntado “¿este chiste yo lo conocía o era uno parecido?”. Sin embargo, aparece original, ya que está firmado por un creador o supuesto autor.

A veces los creadores de humor no tienen escrúpulos y toman un chiste popular, anónimo, y lo hacen suyo, sin señalar que es una recopilación –algo muy válido y necesario también.

Y están los que se aprenden un chiste que hizo o creó alguien y lo cuenta, escribe o dibuja por ahí, como si fuera de su propia cosecha.

Y están los que toman el chiste que les llega por cualquier vía y le hacen una mínima variación, como para justificar el plagio, diciendo que es una coincidencia porque “se parecen, pero no son iguales”.

También sucede que algunos “chistosos” no se apropian descaradamente de la autoría del chiste de otro, pero tampoco dan el crédito del verdadero autor y dejan pasar el asunto y el que piense que es de él, que lo piense, “¡pero que conste que yo nunca dije que era mío!”.

Claro, hay veces que la mente te traiciona. Uno ve un chiste que le gustó y pasa el tiempo y de repente te viene la idea de ese chiste como si fuera original. O también pasa que uno duda si tu idea es original o ya la vio o escuchó; en fin, todo se le enreda en la cabeza.

Voy a contar la siguiente anécdota para ilustrar un poco otro aspecto de plagio, o de supuesto plagio.

En 1985, cuando el grupo argentino Les Luthiers fue a Cuba, después de una de sus funciones, el reconocido humorista Virulo, como Director del Conjunto Nacional de Espectáculos de Cuba, los invitó a una especie de homenaje que les quiso hacer, junto a muchos colegas del país y personalidades importantes. Éramos alrededor de cien personas en La Sala Atril del Teatro Karl Marx. Y Les Luthiers tuvo la amabilidad de hacer varios números de su repertorio allí, fuera de la formalidad escénica que los caracteriza. Fue algo impresionante. Entonces, a Virulo se le ocurrió que nosotros, La Seña del Humor de Matanzas, a un año de nuestra fundación; es decir, siendo aún unos principiantes, deberíamos subir a escena y mostrar algo de nuestro repertorio delante de ellos y de tanta gente “Vip”. Nos pusimos muy nerviosos, obvio. Y se nos ocurrió lo siguiente: Aramís y yo escribiríamos un breve texto improvisado ahí mismo, estilo telegrama (cuando aquello no existían los e-mails), dirigido a Les Luthiers y que lo leyera el actor y humorista chileno Jorge Guerra. Si nosotros, escondidos entre el público, veíamos que los miembros del grupo argentino se reían con el texto, entonces sí actuaríamos, de lo contrario no. Virulo aceptó y Jorge Guerra leyó aquel papelito. Como se rieron bastante, nos vimos en la obligación de actuar. Por suerte, ya que salimos airosos de aquello y significó mucho para nosotros. Entonces, más tarde, hablando informalmente con Marcos Mundstock, uno de los más cómicos miembros de Les Luthiers, yo le digo que si le había gustado el chiste “tal” que pusimos en el telegrama. Y ese gran profesional me dijo que ese chiste lo habían usado ellos en un espectáculo hacía años. Yo quedé paralizado, pensando que ellos creyeron que nosotros los habíamos plagiado (a pesar de que no hacía ni un año que conocíamos a ese grupo). Le pedí disculpas de manera algo torpe y me respondió algo que nunca olvidé: “¡no, no te preocupes, a cualquier tonto se le ocurre el mismo chiste!”

Y después mi experiencia en el oficio le dio la razón.

Conclusión:

-Hay que crear siempre, y tratar de ser original, sin pensar que alguien inventó el chiste antes. “Ya casi todo está inventado”, dicen algunos.

-Hay que ser respetuoso y dar crédito si el chiste es de otro. Me molesta mucho esos que copian con gran frescura mis chistes en Internet y lo reproducen así, sin más ni más, creyéndose con derecho a usar mi creación como si fuera patrimonio de todos. Y ojo, me encanta que se difunda mi obra, que la copien y reproduzcan, pero por favor, que me den crédito, porque logran el mismo efecto y a mí me estimula más continuar creando.

-No hay que plagiar. Y no solo porque no es honesto hacerlo, sino también porque más tarde o temprano te pillan y tu obra se verá muy dañada, porque pondrán en duda el resto de tus creaciones.

En fin, me uno al humorista autor del artículo que mencioné al inicio: cuando me llega un chiste buenísimo, la primera sensación y pensamiento es, “¡por qué no se me ocurrió a mí!”. Pero como no fue así, mi deber es estar agradecido de las genialidades de esos grandes creadores de humor y admirarlos, honrarlos y respetarlos siempre, mientras me esfuerzo por ser cada día mejor en mi creación.