¿El humorista es más propenso a deprimirse que otra persona?

Por Pepe Pelayo (Creador y estudioso de la teoría y la aplicación del humor / cubano-chileno)
Copyright © Pepe Pelayo. Publicado en Humor Sapiens con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Si hacemos un breve recuento, nos encontramos con los casos del comediante Robin Williams, el guionista Joseph Bodolai y el cómico Chris Fanti, ambos del famoso programa humorístico estadounidense “Saturday Night Life”. O del emblemático comediante Freddie Prinze que se quitó la vida a los 22 años. O de Richard Jeni y Drake Sather, famosos practicantes del stand-up comedy norteamericano.

Pero no sólo esas tragedias suceden en Estados Unidos, “suenan” más porque tienen más “horas-pantallas”, sin embargo también podemos recordar el caso del brasileño Fausto Fanti, reconocidísimo por formar parte del grupo cómico “Hermes e Renato”. O de los argentinos Jorge Bonino, Julio de Grazia, Maruja Montes, Carlos Parrilla, César Ratti y Oscar Viale; así como de los comediantes Micke Dubois (sueco) y Tony Hancock (inglés), por mencionar algunos.

Y no sólo los que llegan al extremo de suicidarse, sino están también los que admiten públicamente su gran depresión, como el caso de Jim Carrey.

Entonces si nos atenemos a esa lista incompleta, ¿son muchos los humoristas que se suicidan o se vuelven locos o deprimidos crónicos? No creo. Claro, puede parecer que son demasiados, pero eso es debido a la difusión que tienen en los medios de difusión masiva; ya que en realidad no son tantos, si lo comparamos con el enorme número de humoristas que existen en cada país (escénicos, gráficos, músicos, etcétera), vivos o que mueren por otra razón. Y si lo comparamos con los pintores, bailarines, escritores y demás creadores artísticos que les sucede lo mismo, tampoco vemos diferencias. Y si los comparamos con los albañiles, abogados, zapateros y empleadas domésticas, etcétera, menos nos asustaría esa lista.

No se me ocurre ninguna explicación para que los profesionales del humor tiendan a deprimirse más que el resto de los seres humanos. 

Se podría argumentar que al hacer reír tanto se insensibilizan con la risa y la alegría, pero no hay ningún estudio que avale ese teoría. O que su fuente de creatividad es la tragedia que convierte en humor y al estar tanto expuesto al drama, lo arrastra a su vida. les aseguro que esas cosas les podría ocurrir a algún humorista por sus características de personalidad, de formación, pero no es algo común en el gremio.

Me vino a la mente ahora una historia apócrifa enmarcada en el siglo XIX:

Un médico vio que aquel paciente estaba con evidentes signos de depresión y una tensión emocional profundamente asentadas. Entonces recordó que en la ciudad estaban anunciando la actuación del más grande payaso de todos los tiempos y se lo sugirió al paciente como parte del tratamiento. “¿Por qué no va esta noche a ver al gran payaso Joseph Grimaldi?”, le dijo. El rostro del paciente fue cruzado por una repentina expresión de dolor y desilusión. “¡Doctor, si yo soy Grimaldi!”, le respondió.

Es una anécdota, quizás real, pero aislada, no conozco que esas cosas les sucedan con frecuencia a los payasos.

Lo que sí creo es que es muy probable que los humoristas nos hemos ganado la fama de ser “serios” cuando no estamos creando o comunicando humor. Eso sí lo he escuchado mucho.

Pero es fácil de explicar. La gente tiene altas expectativas de reír al toparse con un humorista “en la vida real”. Pero no se dan cuenta de que los humoristas somos seres humanos como ellos y tenemos nuestras responsabilidades, preocupaciones y deberes y derechos como todos. Y no siempre uno está dispuesto a hacer reír al prójimo. Sería inhumano si así fuera siempre. No somos cascabeles, ni hazmereíres a perpetuidad, ni esclavos de la diversión, ni de estar  animando, o amenizando la vida todo el santo día.

Pero además, ser humorista no es sinónimo de risa. Yo, por ejemplo, soy más de sonrisa que de risa. Desde mis inicios profesionales me ha gustado hacer humor fino, no vulgar, no simplón, y eso te obliga a cuidar la forma, por lo que me interesa no conseguir la risa fácil del público contagiada por mi propia risa, prefiero que se rían o sonrían con mi creación. Tampoco me gusta reírme en escena como explicitándole al público que estoy diciendo algo gracioso, como hacen otros colegas. Eso no significa que me ría adrede cuando haga falta. Y fuera del ámbito artístico, he sido un “florón”, un “centro de mesa”, un “payasito” cuando he querido. Pero nada de lo anterior significa que tajantemente soy “serio” como humorista, ni que como tal debo estar siempre dispuesto a hacer reír.

Pienso que para entender mejor por dónde pasa el problema de la depresión –sea una persona humorista o no-, debemos detenernos y hacer una reflexión.

Propongo hacerla a partir de un libro: “La importancia de vivir”, del reconocido pensador y escritor chino Lin Yutang. Ahí él sugiere fórmulas como:

Realidad – Sueños = Un ser animal.

Realidad + Sueños = Idealismo.

Realidad + Humor = Realismo.

Sueños – Humor = Fanatismo.

Sueños + Humor = Fantasía.

Realidad + Sueños + Humor = Sabiduría.

Nos brinda otras en su libro, pero esta última fórmula bastó para provocarme y crear una yo, con el objetivo de esquematizar mejor mis pensamientos, aunque sabemos que nadie se va a poner a vivir el día a día mirando una fórmula escrita en un papelito y llevándola en el bolsillo al supermercado.

Pero insisto, me viene bien para desarrollar algunas ideas. Veamos.

La vida está compuesta por momentos buenos, malos y regulares. Llamémosle feliz al momento bueno. Por tanto, la lógica indica que debemos vivir con el objetivo de estar felices el mayor tiempo posible. Hay quienes piensan que la felicidad consiste en sólo intentar ser feliz. Y también están los que aseguran que los momentos felices son sólo breves espacios de tiempo. Pues aquí no habrá contradicción con ninguna de las dos posiciones.

Por otro lado sabemos que es imposible que alguien disfrute de una vida feliz todo el tiempo, porque la misma vida se encarga de que no suceda. Para eso están los momentos regulares y malos. O lo que es lo mismo: las desgracias, como la llamaremos. Que vienen aunque uno no las llame. Me refiero a: muerte, enfermedades o accidentes de nuestros seres queridos o de uno mismo; o se nos quema la casa, nos roban el auto, perdemos el carnet o la tarjeta de crédito, se rompe el computador o se rompe la cañería del agua en la casa, nos estafa una multienda, nos muerde un perro, nuestra pareja se va con otra persona, el hijo tiene un problema en clases, nos rechazan una licitación, nos echan del trabajo, nos rebajan el sueldo; en fin, muchas pérdidas, frustraciones, fracasos, victimizaciones, molestias, errores que cometemos y un sin números de desgracias más.

Para muchos, el intervalo de tiempo que transcurre desde que nos recuperamos de los estragos que nos provocó la desgracia, hasta que llega la próxima desgracia, es lo que llamamos felicidad. Siguiendo esa lógica, quizás siempre estamos viviendo para evitar desgracias y para salir rápido de la que nos afectó. Por ello quizás nuestro “negocio” está en mantenernos felices el mayor tiempo posible entre una y otra.

Por lo tanto, es obvio que hay que tener una fuerza, una energía enorme, que nos ayude a lograr lo anterior.

Pues aquí es donde aparece un superhéroe: el Humor.

Si uno vive casi siempre triste, o amargado, estresado, enojado, o con cualquier emoción negativa de ese tipo, entonces cuando llegue la desgracia uno se hundirá más y más, y hasta podría llegar a una zona de no retorno como la depresión crónica, la demencia en todos sus grados, el suicidio, o con suerte: con una calidad de vida pésima. Y ojo, esto es lo mismo para humoristas, obreros, estudiantes, campesinos, amas de casa, políticos, científicos, o el que sea.

¿Cómo se evita esa zona depresiva sin retorno? Viviendo en un estado habitual, permanente, de buen humor, de buen estado de ánimo, de buen talante y con el sentido del humor estimulado y desarrollado. Pues el Humor te ayuda a luchar contra la maldita e inevitable desgracia, pero sobre todo te da la energía suficiente para equilibrar lo negativo y volver a la normalidad; sin contar que cuando no viene la desgracia, uno está gozando más la existencia al vivir con alegría, optimismo, positivismo, disfrutando de una buena calidad de vida.

Esos son los momentos felices que debemos buscar.

Pero es muy inocente pensar que sólo con Humor vamos a tener más momentos felices.

Sabemos de gente muy inteligente en matemáticas, política, arte, ciencia, filosofía, etcétera, etcétera, (gente con el coeficiente "CI" muy alto, genios), viven sufriendo, o con calidad de vida pésima, porque no saben vivir, no son inteligentes para enfrentarse a la vida. Ese coeficiente específico tan alto les sirve nada más que para su especialidad. Muchas veces vemos a esas mentes brillantes que no toman buenas decisiones en lo laboral, en dónde vivir, con quién casarse, al escoger un amigo, perjudicando a alguien sin querer, no saber comportarse socialmente, por quién votar en las elecciones, no priorizar los problemas, y un largo etcétera.

Ojo, lo mismo le sucedería a un humorista genial, o a uno del montón, porque –insisto-, este "sayo" le sirve a todos.

Por lo tanto, es evidente que debemos dominar, por ejemplo, el campo de las emociones. La famosa inteligencia emocional, que de tan conocida no me extenderé en ella. Pero que es obvio que debemos controlarlas, para no ser infelices a causa de no darle importancia a algunas emociones, o al revés, por dejarse dominar por alguna de ellas.

Y no olvidemos tampoco la inteligencia espiritual. La que relaciona el espíritu y la materia, la que se ocupa de la trascendencia, de lo sagrado, del perdón, la gratitud, la humildad, la compasión, etcétera. Pero, cuidado, lo espiritual no es exclusividad de lo religioso, porque muchos se confunden y piensan que practicar las leyes espirituales del amor, paz, felicidad, son puras cosas divinas.

Si descuidamos la inteligencia espiritual estaremos creando autómatas. Me gustó esta frase que leí: “El quiebre espiritual se produce cuando todo tiene precio pero ya nada tiene valor”.

También los ateos, los agnósticos, y los religiosos, pueden en teoría pensar y sentir lo mismo, y en la práctica todos pueden aparentar o ser muy espirituales, ya sabemos cómo son los seres humanos. Pero de lo que no cabe duda es que hay que desarrollar esa inteligencia para crecer como seres superiores.

Para terminar, tenemos un factor de mucho peso en nuestra fórmula: lo relacionado con la educación, el aspecto cultural, más la imaginación, la creatividad, el sentido común, el sentido crítico, etcétera., que inciden tanto en cómo vivimos. A todo eso lo llamaremos “Formación”.

Entonces, con la suma de lo expuesto hasta ahora, armo la siguiente fórmula:

Inteligencia Emocional + Inteligencia Espiritual + Formación = Sabiduría

Humor + Sabiduría = Felicidad.

Por ello, un ejemplo de un momento de “felicidad” para mí, es pensar y escribir estas reflexiones.

Pero, en serio, nadie debe intentar vivir regido por fórmulas, aunque si usted hace el ejercicio de reflexionar con todo esto, hasta con el objetivo de tener argumentos para rechazar las fórmulas, estoy seguro de que ganará y avanzará para no quedarse atrás en la “evolución”.

La fórmula mágica de la eterna juventud no se ha inventado; pero fórmulas realistas para lograr la tan ansiada felicidad, sobre todo con el Humor como uno de sus componentes, sí existen. Humor más sabiduría, repito. Ambos conceptos arman un círculo virtuoso.

Conclusión, no hace falta ser humorista para deprimirse. Todos los seres humanos somos propensos a caer en ese pozo. Claro, sin dudas, ver un humorista que no fue inteligente para vivir, que no fue sabio para vivir, porque no profundizó en el estudio y la aplicación de la materia prima de su profesión, es más chocante, ¿no es cierto?