El humor vulgar, obsceno y grosero.

Por Pepe Pelayo (Comediante, escritor y estudioso de la teoría y la aplicación del humor, cubano-chileno)
Copyright © Pepe Pelayo. Publicado en Humor Sapiens con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Esta reflexión la hago sin ánimo de sentar cátedra ni de convencer ni descalificar a nadie y menos a un colega en específico. Mi objetivo es compartir un punto de vista, donde quizás haga meditar -sobre todo a nuestro público-, para el elevar algo el nivel de la calidad en el humor que consumimos.

¿Por qué pensé que era importante esta reflexión? Porque con demasiada frecuencia veo a humoristas en videos y en las redes sociales haciendo humor de doble sentido picarón, picante, con lenguajes o imágenes vulgares, groseras, abordando lo escatológico, las palabras obscenas, etcétera, etcétera.

Se sabe que utilizar lo anterior es sinónimo de risa segura. ¿Pero nos hemos preguntado por qué sucede eso?

Hagamos un poco de historia. Por ejemplo, el primer chiste del cual se tiene noticia es uno que varios académicos británicos encontraron. Pertenece a la cultura sumeria y data del Siglo XX a. C. El grabado en la piedra se lee así:

“Algo que no ocurre desde tiempos inmemoriales: una mujer joven que no se haya tirado un pedo en el regazo de su marido”.

También sabemos que las primeras comedias en la Antigüedad, trataban sobre obscenidades, infidelidades, vulgaridades populacheras. Así que es parte del diseño humano. ¿Falta de educación? ¿De cultura? ¿De refinamiento social? ¿O necesidad? ¿Predestinación? Decídalo usted, amiga o amigo lector.

El filósofo argentino-español Mario Satz, tiene una mirada más elevada sobre este aspecto:

“¿Quién dudaría en considerar, a estas alturas, al humor y a la risa como “limpiadores sociales” de primer orden? Bastaría observar hasta qué punto un alto porcentaje de nuestros chistes tienen que ver con lo escatológico, con lo excrementicio, con la vida privada de nuestros esfínteres para acreditar, en los humoristas, aquello que en la sangre realiza el sistema venoso. Sabemos que, fuera de sus vasos, la sangre se coagula, es decir se detiene. Por eso mismo y en oposición a ellos, el buen humor, el gran y noble humor debe ser incruento y piadoso y no paralizar a sus oyentes causándoles pánico o disgusto. Su emblema será el principio del placer, la gracia del bienestar. ("Las vocales de la risa". Editorial Miraguano. 2001. P, 21).

En otras palabras, todo lo que de placer después de sufrir, es bien recibido por el ser humano. Es decir, aguantar un gas en nuestro interior, no poder defecar o hacerlo mucho, dificultad para hacer bien el amor o no poder hacerlo, o cualquier relacionada con lo anterior, o con las partes del cuerpo involucradas. Todo eso si se menciona o sugiere en la vida cotidiana y más en un escenario, libro, dibujo, película, o cualquier manifestación artística, produce risa segura. Porque son cosas no tan graves como la muerte o estar cerca de ella; por ejemplo, padecer de cáncer, sida, esclerosis, alguna dura discapacidad, etc. Ahí cuesta más reírse de eso, porque la lástima al ver a uno mismo o a algún ser querido padeciendo eso o muriendo, inhibe la risa. Pero algo menos trascendental es placentero que venga la risa a "aliviar". A lo anterior se le suma el tema tabú. Desde niños no nos dejan decir malas palabras, como peo, culo, mierda, etc. Entonces que alguien las diga en público nos provoca mucha risa, porque estamos participando en la rebeldía contra una formalidad autoritaria. Y no perdamos de vista que esas necesidades fisiológicas, de reproducción, etc., pertenecen a todo ser humano, nos iguala. En sudar, orinar, defecar, vomitar, eyacular, etc., no hay clases diferentes, todos hacemos lo mismo, por lo tanto, da placer también por ese lado.

Este asunto lo abordó el crítico literario, teórico y filósofo ruso Mijail Bajtín (1895 -1975), con su investigación de la cultura popular.

Él es una figura fundamental, para el que como yo, estudia la Historia del Humor. Especialmente si nos interesa esta inclinación del ser humano a reírse de algo “tan bajo”, como hemos visto. Ojo: a mí me da risa también esas "cochinadas", porque me considero un ser humano como otro cualquiera, obvio. No piense usted, querido lector o lectora, que me las doy de elitista en ese sentido. Lo importante es dónde, cuándo y cómo usar ese gusto populachero en nuestras rutinas humorísticas.

Veamos por encimita parte de la historia de los festejos populares, como el carnaval, donde este tipo de humor tomó auge. Según muchos entendidos, el origen del carnaval se remonta a la antigüedad y existen algunas evidencias de que el pueblo sumerio ya realizaba este tipo de festejos hace 5.000 años. También puede decirse que sus raíces están en las fiestas paganas que se realizaban en honor a Baco, el dios del vino, las saturnales y las lupercales romanas, o las que se realizaban en honor del toro Apis en Egipto. En opinión de los historiadores, después se expandió esta costumbre por toda Europa y los navegantes españoles y portugueses, a partir del siglo XV, la llevaron a América. Ya en estas tierras se fusionaron con las antiguas celebraciones andinas y las de origen africano, que trajeron consigo los negros esclavos. Ojo: todas esta fiestas se relacionan con las borracheras, los banquetes, el baile y el sexo desenfrenado.

Pero detengámonos en los comienzos de la Edad Media, cuando la Iglesia Católica propuso oficializar el carnaval. ¿Objetivo? Que el pueblo hiciera catarsis para que entrara “más preparado” al período de cuarentena destinado a la abstinencia, recogimiento y el ayuno, más oraciones, penitencias, etcétera.

No hay que añadir nada más para entender la necesidad, la importancia del carnaval para un pueblo. Fiesta esencialmente popular entonces. Fiesta con libertad, nos dice Bajtin. Imagínese entonces cuando la Iglesia abrió esa compuerta en la Edad Media. ¿Saben ustedes cuáles eran una de las mayores diversiones en ese entonces? Representar obras teatrales en plazas al aire libre, donde lo grotesco y vulgar imperaba en cada argumento. Una de las actividades favoritas era crear un muñecón con la figura de una autoridad, incluso eclesiástica, y como todo estaba permitido, hacían desfilar por las calles a ese muñecón, mientras el populacho le lanzaba orines y excrementos.

Con el Renacimiento y la importancia de las artes, después con la oficialización de la educación, etc., el ser humano comenzó a darle más relevancia a cosas más “intelectuales”, como juego de palabras, asociaciones de ideas, la inteligente ironía, etc.. Es decir, comenzó a darle importancia a reír para hacer pensar, para elevar el espíritu, pero sin dejar de reír de lo escatológico, de lo vulgar, de los grosero, por supuesto, ya que nunca dejamos de ser humanos, ¿no es cierto? Sin embargo, arrinconamos esa risa para disfrutar de ella solo en ciertos momentos y lugares.

¿Significa que se debe prohibir el uso de palabras obscenas, por ejemplo, en las obras artísticas? ¡No! Porque si aportan al mensaje, al argumento, si están bien justificadas, si no agreden, por supuetso que son bienvenidas.

Lo que sucede es que los humoristas usan y abusan de ellas para obtener esa risa de bajo nivel, por ser risa garantizada, por ser éxito seguro en sus obras, poniendo de nuevo ese humor en primera línea, por encima del fino, del inteligente, del que hace pensar, del que nos eleva el espíritu. Esos humoristas que buscan la risa fácil deben hacerlo en ciertos espacios (centros nocturnos, o en momentos festivos, con alto nivel de alcohol, sin niños presentes, etc., etc.). Pero, lamentablemente lo hacen en eventos culturales, artísticos y hasta masivos. En fin, involucionamos.

Ahora, ¿tienen derecho a hacerlo donde les de la gana? Claro que sí. Si las autoridades del lugar o del medio de comunicación se lo permiten. Porque así son las reglas de la libertad de expresión. Y los que se sientan ofendidos, agredidos, irrespetados, también tienen derecho a demandar a ese humorista según las leyes. Así se comporta uno en democracia.

¿Pero qué podría suceder? Que si los ofendidos por esas vulgaridades, obscenidades y groserías demandan y demandan y no castigan a los humoristas, entonces ellos tratarán de convencer a los políticos para que cambien las leyes, con el objetivo de que sus demandan funcionen.

Eso es fácil que ocurra, claro, pero ojo, podríamos llegar al extremo de las dictaduras, en que reducen al mínimo los temas para hacer humor y así las libertades se acotan hasta desaparecer.

Entonces, como en todo, siempre hay que buscar el equilibrio ideal. Aunque por favor, pase lo que pase, jamás pongamos en juego la libertad de expresión.

¿Cómo combatir ese tipo de humor que en vez de beneficiarnos, sobre todo a los niños, hace que nos volvamos más primitivos? Cuando un humorista explota ese facilismo de mal gusto, cambiemos el canal o el dial; no leamos el libro, la revista; no visitemos ese sitio web; no asistamos a los teatros o escenarios donde se presentan, etc.. Entonces los responsables de programarlos o de publicarlos no lo harán porque saben que les bajará el “rating”. Y los periodistas ignorantes o mediocres no los ensalzarán más. De esa manera dichos humoristas tendrán que cambiar sus rutinas o mantenerse en sus sitios, donde hay un público que disfruta de ese humor tan básico y elemental como cualquier necesidad fisiológica.