El humor de los directores de La Seña del Humor de Cuba

Luis Pescetti (Escritor, músico y humorista literario, escénico y musical / argentino)
Copyright © Luis Pescetti. Publicado en Humor Sapiens con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos.

Hay muchos tipos de humor, una de las tantas diferencias es si se hace humor desde el poder o a pesar del poder. Aramís y Pelayo, su grupo: La Seña del Humor, no eran quienes dictaban las reglas.

Cuando uno no es quien dicta las reglas, puede elegir hacer un humor que busca ganarse favores o congraciarse con el poder de turno, un humor que se arrima y busca sentirse protegido, aún a costa de lo que para uno puede ser humillante. Sin embargo, ellos, el único favor que buscaban era el del público, y tampoco a costa de complacerlo con lo que fuera.

Hacer humor si uno no es el que dicta las reglas, y si tampoco quiere hacer lo que sea con tal de que la gente se ría, tiene sus riesgos. La sala se puede quedar vacía poco a poco, pueden cerrarte espacios de difusión y de trabajo. No era lo que ocurría con ellos. Las salas se llenaban, la gente se reía a mandíbula batiente, eran muy solicitados. Tal era así que podríamos afirmar que avanzaban contra las reglas, a pesar de ellas. Eran una programación, buenamente obligada. Su fama no se debía a que apoyaban ninguna causa especial, ni a un fenómeno de promoción. ¿Por qué lo hacían y qué encontraba el público en ellos?

Creo que algo más que un momento de diversión. No se trataba de ir al teatro a olvidar los problemas, sino de hacerlo para recordar que somos personas. Y con esto no quiero ponerlos como héroes, porque por suerte no lo eran ni necesitaban serlo. Describo el núcleo de su encuentro con el público y, así como ellos, el de tantos buenos actores y grupos. El secreto es el mismo: hay quienes hacen chistes para olvidar los problemas, y cuando los hacen nos dicen: “Riámonos un rato, porque los problemas seguirán ahí”; y hay quienes hacen chistes para denunciar los problemas, para que los inconvenientes no nos transformen en alguien que no somos. Que un día nos miremos al espejo y digamos: “Yo no era éste”, o bien: un día nos encontremos con un viejo paisaje familiar y nos preguntemos en quién nos hemos convertido, deslizándonos, sin advertirlo.

En la sala, durante los juegos y la risa, hay un tipo de humor, no todos, un tipo de humor que hace que nos riamos y nos recordemos al mismo tiempo. Ese pequeño momento de placer y de triunfo en el que somos grandes, somos niños y seres sin edad, es la apuesta que vale la pena, el riesgo, y la de satisfacción más plena.

Esos fueron el Pelayo y el Aramís, la Seña del humor, que conocí. Un estilo que tenía inteligencia mezclado con candor e ingenuidad; algo de absurdo, abstracto con algo de fibra popular, y trabajo: ensayos, guiones, buena música; que implicaba riesgos y no era complaciente con eso que erróneamente se llama: “lo que el público quiere”.

Vladimir Propp, en su análisis estructural del cuento popular, habla de uno de los momentos, que pueden aparecer en un relato: “desenmascarar al falso héroe”. Esa es, precisamente, una de las funciones de cierto humor: desenmascarar (al falso héroe, al falso discurso, y al falso triunfo).

La gente aplaudía eso que tiene que ver con la vitalidad, pero también con la dignidad. Agradecía la risa y ser tratados como personas, como historias individuales, con fracasos que no humillan (salvo que necesitemos esconderlos). Y cuando admitimos todo eso recién entonces es posible la esperanza. Eso es lo que creo que les agradecían.

 

(Nota del Editor) Este artículo sirvió de prólogo al libro "Bienaventurados los que ríen" de los autores Aramís Quintero y Pepe Pelayo, publicado por la Editorial Humor Sapiens.